Por Manuel Aceves
Desconozco las razones que motivaron la salida del General Genaro Robles Casillas de la SSP; ignoro si esto obedece a movimientos en las altas esferas del poder; si hubo coacción de grupos facticos o bien, si fue una decisión inminentemente personal.
No pretendo especular y tampoco engancharme con el tema. En realidad el presente texto no busca contestar esas preguntas que muy probablemente se estarán planteando algunos grupos ciudadanos y que serán recogidas por la opinión pública en las próximas horas. Lo que aquí suscribo no lo hago en mi carácter de reportero sino más bien como un testigo de la lucha de Robles Casillas y los suyos contra el coloso de la violencia arraigado en Sinaloa.
Advierto de nuevo que no pretendo calificar si los resultados fueron buenos o malos, me considero un crítico de la estrategia de seguridad pero en esta ocasión sólo me remitiré a lo que considero nobles intenciones de un General jalisciense por dejar algo bueno durante su paso en Sinaloa.
Aunque la opinión pública lo proyectó como un hombre retraído, solitario y encerrado en su oficina, lo justo es contar la verdad y exponer la parte que me tocó atestiguar durante los 9 meses que trabajé bajo su mando en la Secretaría de Seguridad Pública.
La primera ocasión que me tocó cubrir un aseguramiento siendo reportero de la Dirección de Comunicación Social de la SSP, conocí la otra cara del General: a ese Robles Casillas en medio de un campamento clandestino camuflado por la maleza, un territorio agreste en las inmediaciones de Bachigualatito, en Culiacán. Una guarida arrebatada a un grupo de sicarios. En ese punto, el General caminaba entre los agentes y soldados como uno más, llevaba la indumentaria de policía, chaleco antibalas y armas para defenderse en caso de un posible atentado.
Dirigía a sus tropas, daba instrucciones y supervisaba el área como buen estratega. Me tocó verlo muchas veces así: en ocasiones en tierra, a veces abordando un helicóptero para supervisar una zona de crisis, movilizando al personal, portando ametralladoras y casco de neopreno pero también lo miré en la otra faceta: usando otras armas, la de la razón y el dialogo, cabildeando con diputados, funcionarios y otras autoridades, acudiendo al Congreso, preocupado por demostrar excelencia y disciplina en sus acciones.
Es difícil mantenerse firme e intachable en medio de un mar de corrupción y sangre, pero al final creo que Robles se va con la frente en alto. En lo personal, noté sinceridad en su preocupación por mejorar las condiciones de seguridad en Sinaloa y también fui testigo de su frustración cuando se enfrentaba a factores adversos.
Llevó en sus hombros la responsabilidad de pacificar un estado donde bien te matan por una pistola, por 5 mil pesos o por meterte en una nómina mafiosa. ¿Se puede?; como si así fuera, como si un hombre pudiera cambiar el estado de cosas, también asumió el peso de la opinión pública.
Intervino en la problemática de Villa Juárez y logró pacificar ese territorio que estaba marcado por el dominio de grupos criminales, así lo hizo también con la extracción de hidrocarburo en la zona norte de Culiacán y puntos colindantes con Navolato, cerrando completamente el negocio que se había convertido en redituable.
Fueron muchas las victorias y también los tropiezos. A pesar de los sinsabores por ser juzgado prematuramente, el General se mantuvo firme. A raíz de ello, comprendí la admiración y respeto que le tiene el grupo de militares que lo respalda, ese que lo arropa y que no dudo estaría dispuesto a dar la vida por él, eso se llama lealtad y honor, cosa que hoy en día escasea y que ni siquiera muchos de los grandes mandatarios tienen.
El General Casillas siempre fue un secretario de puertas abiertas, dispuesto a escuchar, educado y cortés. Visionario, amante de la fotografía y con dominio en la materia, hubo ocasiones en las que dejó con la boca abierta a los propios creativos del departamento de Producción Audiovisual de la Dirección de Comunicación.
Admirador del buen periodismo y enemigo de las plumas vendidas o entregadas a intereses mezquinos, por eso hubo algunos que le tiraron hasta por debajo de la lengua.
Sin duda su salida traerá cambios en la estructura de seguridad de Sinaloa ya que muchos de sus hombres de confianza habrán de seguir sus pasos, estoy seguro que al más puro estilo de los violinistas del Titanic, muchos lo harían con solemnidad aunque el banco estuvieran por hundirse.