Martín Durán
El Doctor Feis soñaba con un vagón de trenes y una radiante pinta que viajaba por todo el país y llegaba a la frontera con su firma. Le hacía ilusión que su mensaje vagaría como su imaginación para trazarlo con el aerosol y el movimiento de las manos.
A los 15 años se vino a Sinaloa proveniente de Tijuana, y con una camarita fotográfica en las manos se dio a la tarea de retratar los vagones del tren en la vieja estación de Culiacán, en donde el tráfago de los ferrocarriles es incesante y el paso de los inmigrantes deslumbra, como hormigas insomnes que se acurrucan sobre el pesado metal de la máquina de hierro.
“Fue en Tijuana donde me comenzó a gustar mucho el graffiti, siempre me gustó ver los tags que hacían”, cuenta este joven de 27 años.
Hace 12 años, en Culiacán todavía podía observarse pintas de graffitis por muchos lados, sobre todo en el emblemático Puente Negro. Una actividad clandestina que atrapó al Doctor Feis.
Él también formó parte de esa horda de graffiteros que se conformaban con dejar su tags, o su firma, en algún muro, en algún vagón de tren, en un sitio en donde la imaginación y las alturas complicara el trabajo de manejar el aerosol.
“Cuando terminé de fotografiar, también me fui a los vagones de la estación, era una actividad que se tenía que hacer de noche”, narra.
Hace 11 años, en la ciudad pudo verse por primera vez el apodo de El Doctor Feis, pero en ese tiempo no eran figuras tan elaboradas ni buscaban nada más que el simple hecho de existir como una forma rebelde, una forma de transgresión. Pero el Feis, plebes, dice que quería algo más allá.
El camino del arte urbano
De modo que un día de sus 19 años, en busca de nuevas expresiones, El Feis tomó el rumbo de la Ciudad de México sin mucha idea en la cabeza, pero con la intuición de aprender Arte, con mayúscula.
Así, intentó ingresar a la escuela del Instituto Nacional de Bellas Artes y de la UNAM pero no logró un promedio.
“Quería entrar a Bellas Artes o a la UNAM, pero al no poder entré a muchos talleres, fui a simposium, a exposiciones de graffitis, y de hecho siento que aprendí más en los talleres”, refiere.
En la Ciudad de México estudió el arte muralista pero en el contexto del arte urbano, y ahí aprendió con profundidad que no solo se trata de tags, de simples pintan que contaminan las ciudades.
“Regresé del DF con la perspectiva de hacer más murales del tipo social, algo que para la gente que lo vea represente algo, que mueva a la conciencia”, asegura este joven mientras bebemos unas cervezas en la cantina El Guayabo.
Se unió entonces a grupos de artistas, como hoy con sus amigos pintores, e inició a dar talleres en las colonias populares de Culiacán.
La narcocultura culichi
“Los jóvenes en las colonias están muy transminados por el narcotráfico, pero cuando se dan cuenta que el arte urbano les sirve, que no es solo rayar paredes sino que se puede ganar dinero, y además expresar un sentir, cambian de forma de pensar”, comenta.
En los barrios, dice, ha dado clases a chavos de entre los 13 y 19 años de edad, la mayoría chicos que viven de cerca la crudeza del crimen, la halconeada y la música violenta de los narcocorridos.
“Primero cuando me acerco a ellos trato de atrapar su interés, pero la verdad es en la práctica donde se sueltan, despiertan, cuando ven las pinturas que vamos a usar, cómo hacer trazos”, refiere.
En el tutelar también le ha tocado impartir talleres, y El Feis ha descubierto que cuando de verdad hay un incentivo, los jóvenes se transforman de apáticos a voluntariosos para realizar murales diversos.
“Hasta te mandan a la chingada en el tutelar, pero es como en todos lados, cuando ven el resultado del primer mural les impresiona y se les despierta la imaginación, luego participan más, quieren conocer más; eso es lo que pretendo, que despierten su imaginación”, cuenta este joven tatuado.
En todo este asunto, apunta, tiene que ver el sentido de pertenencia de los chicos atrapados en ese mundo. Están ahí porque no conocen más, porque eso les tocó vivir.
“Yo siempre en lo que hago lo que trato es tener sentido de pertenencia a través de la memoria, y eso trato de trabajar con ellos”, añade.
El artista viajero
El Doctor Feis (dice que ya no reconoce su nombre de pila como Cristian, si andan por la calle nunca le llamen Cristian porque no reconocerá este nombre), ha viajado por ciudades del país para realizar sus murales. No es un buen negocio, pero al menos da para vivir y tomarse unas chelas con un pollo frito en El Guayabo.
Sus murales pueden verse en Oaxaca, en la Ciudad de México, en Puebla, Querétaro, Sonora y Baja California Norte.
Ahora, 11 años después, El Feis ha descubierto que con el arte urbano se puede alejar a los jóvenes de los vicios, porque aprenden que su tiempo en lugar de invertirlo en la vagancia, lo pueden hacer creando. Y no sé, quizá el Feis tuvo suerte, tampoco se convirtió en un vago; al menos no en un vago cualquiera. A veces lo veo creando murales y otras veces, como hoy, bebiendo con fruición unas cervezas en el calor creciente de marzo.