Exclusiva | LaPared El mito del comando y la sombra del ejecutor solitario: Diez segundos que acabaron con la vida de 4 mujeres en la Miguel Hidalgo

Culiacán, Sin.- Nota exclusiva de LaPared.— En esta ciudad, el miedo tiene una narrativa establecida. Cuando el estruendo de las ráfagas revienta el aire del centro, la mente colectiva dibuja de inmediato el mismo escenario: un convoy de camionetas blindadas, hombres con equipo táctico y un despliegue de guerra. Por eso, tras la masacre en la calle Miguel Hidalgo, el rumor corrió como fuego: “Fue un comando”, decían. Pero la realidad, grabada en el frío segundero de la noche, es mucho más siniestra. No hubo ejército. Solo hizo falta un hombre para sentenciar a cuatro mujeres en diez segundos.

La llamada de la muerte

Eran pasadas las siete de la noche del lunes 27 de abril cerca del Mercadito. Entre Ignacio Aldama y José García Granados, el flujo de la ciudad apenas comenzaba a ceder. De pronto, una figura se desprendió de la penumbra. No bajó de un vehículo a toda velocidad; llegó caminando, cruzando la calle con una naturalidad que hiela la sangre.
Vestía playera negra, pantalón de mezclilla y una gorra que le sombreaba la mirada. Lo que definía su silueta era un gesto aterradoramente cotidiano: llevaba una mano pegada a la oreja, sosteniendo un teléfono celular en lo que parecía una conversación fluida. No venía escondiéndose; venía acechando a plena vista, usando la simulación de una llamada como el camuflaje perfecto para su letalidad.

Ejecución a una mano

Frente a una veterinaria, las víctimas descansaban afuera del local. El hombre no alteró el paso ni soltó el teléfono de su oreja. Con la mano libre, llevó el brazo a su cintura y extrajo el arma que traía fajada por dentro del pantalón. Sin interrumpir su charla, sin bajar el celular, abrió fuego.
Las dos mujeres sentadas en la banqueta, Sara Elizabeth y Teresa Amador, cayeron en una fracción de segundo bajo el plomo. Pero el tirador no se detuvo. En un movimiento coordinado y mecánico, giró el tronco y disparó hacia la camioneta Ford Ranger blanca estacionada a unos metros. Todo esto mientras seguía pegado al teléfono, como si el acto de matar fuera un ruido de fondo, un trámite burocrático en su conversación.

El remate: Piedad cero

Aquí es donde la teoría del “comando” se desmorona frente a la precisión del asesino solitario. Tras los disparos iniciales, el sujeto no buscó la huida. Con la misma parsimonia, cruzó la calle y se dirigió directamente al vehículo para concretar la sentencia.
Se plantó frente a la ventana del copiloto de la Ranger. Del otro lado del cristal estaban Karely e Itzel, madre e hija de 41 y 22 años. El tirador se acercó al vidrio y, a quemarropa, descargó los proyectiles finales para rematarlas. Se aseguró, con la mirada puesta en el interior de la cabina, de que no quedara rastro de vida. Fue una ejecución doble, a centímetros de distancia, terminada con la misma frialdad con la que se cuelga una llamada.

El regreso a la nada

Terminado el trabajo, el hombre de la playera negra guardó el arma y se alejó con el mismo paso tranquilo con el que llegó. No hubo llantas rechinando ni gritos de huida. Se fundió de nuevo con las sombras del centro de Culiacán, dejando atrás una escena que la ciudad atribuyó a un batallón, cuando en realidad fue la obra de un solo ejecutor que ni siquiera necesitó las dos manos para borrar a una familia.
Hoy, la Miguel Hidalgo guarda un silencio pesado. La gente ya sabe que no fue un ejército. Fue una sombra con un celular en la oreja y el alma vacía.

En Culiacán, la muerte ya no necesita despliegues; le basta con diez segundos y una llamada telefónica para detener el tiempo para siempre.

Redacción/LaPared

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