La siguiente es una crónica realizada por Manuel Aceves en base a una historia relatada por Juan Diego Macías. Forma parte de un proyecto de colaboración en el que se narran historias reales de interacción entre la policía y la criminalidad de nuestro estado, en la que los personajes siempre están al filo de la navaja.
El comandante Dionisio de la Cruz se convirtió en leyenda esa noche en la que el lugarteniente del cártel lo sometió de espaldas contra el suelo y le asentó una fría pistola en la cabeza.
— ¡Ya te cargó la chingada! — Fue su sentencia antes de jalar el gatillo.
El tambor de la pistola crepitó…
Al hijo del mafioso se le metió entre ceja y ceja darle piso al policía y durante casi tres días sus sicarios lo estuvieron buscando para cumplir la orden. La consigna también llegó a comandantes municipales quienes de manera solidaria le advirtieron a de la Cruz que se anduviera con cuidado.
—Nos pidieron tu cabeza, quieren que te pongamos, vale más que te peles, viejo—, le avisaron como quien regala un poco de ventaja antes de iniciar la cacería.
Fueron tres días de angustia que no dejaban en paz al policía, mal dormía con una pistola .45 debajo de la almohada pero sabía que de nada serviría contra los fusiles AK-47 de sus persecutores.
—¿Me voy al gabacho)?, ¿Le pido quebrada en su casa a mi tío Mike? ¿Qué chingados hago? —, le sacó ampollas a la cabeza de tanto rascar.
Se quedaba en la casa de su novia, pero viendo el riesgo ésta buscó un pretexto para despacharlo.
—Antes de este problema yo estaba pensando pedirte un tiempo, no me lo tomes a mal pero llevo rato viendo a otra persona—, le dijo de sopetón e hizo de aquel desorden un caos incontrolable. Ahí fue cuando todo valió madres. Bien dicen que el muerto y el arrimado a los tres días apestan, y éste arrimado ya apestaba a muerto.
¿A dónde va un hombre con el corazón roto? ¿Qué camino debe seguir?: China Palace, su restaurante favorito.
Fue una galleta de la suerte la que alentó al comandante, ésta y el papelito macuarro que le recomendó afrontar sus problemas y no escapar de ellos. Quienes creen en la suerte, sostienen que las condiciones de vida pueden depender del destino o de la utilización de amuletos o elementos como esa golosina que sabía a cartón. Para él, fue como un mensaje divino y supo entonces lo que debía hacer, comenzó con un par de llamadas, contactó a ex policías retirados, buscó las ubicaciones más frecuentes del capo que lo estaba buscando y en menos de dos horas ya sabía en qué casa de seguridad encontrarlo.
Llegó a mitad de la noche lluviosa haciéndose notar entre los pistoleros que custodiaban la reja de una casa estilo mediterráneo en medio de la colonia Loma de Rodriguera.
—Soy Dionisio de la Cruz, quiero hablar con tu patrón—dijo de golpe sin bajar la mirada y con una expresión sombría. El cielo relampagueó.
Uno de los maleantes soltó una carcajada y tomó el radio matra para avisar:
—Viejón, no va a creer quien acaba de llegar… es el tango que andamos buscando, cayó solito a la boca del lobo el pariente.
Varios pistoleros salieron al encuentro, registraron al policía, le pusieron una golpiza exprés y se lo llevaron al patrón como si fuera un trofeo que ellos mismos hubieran conseguido.
El narco de camisa brillosa, cadena de oro, pantalón bombacho y barba de candado comenzó uno de esos interrogatorios llenos de afirmaciones no comprobadas que por lo regular resultan ser falsas.
—Te sientes bien chaca, policía, te crees mucho cabrón —, fue la primera de éstas.
De la Cruz negó con la cabeza, intentó con los labios pero los tenía cocidos a madrazos.
—Tráiganle agua, denle algo cabrones, quiero que hable. Me lo dejaron más jodido que a un violador de pueblo, abusones pónganle un pase pa que se aliviane—, ordenó el mafioso soltando una carcajada.
Uno de los pistoleros tomó al policía por la cabeza, obstruyó una de sus fosas nasales y llevó el polvo blanco hasta la que se encontraba libre.
—Respira hondo, inhala, cabrón—le ordenó.
De la Cruz fue invadido por una oleada de sensaciones que nunca había experimentado, era la primera vez que entraba en contacto con la cocaína y la euforia hizo que olvidara el dolor que su cuerpo le reportaba.
—Ahora sí, papacito, ya estás listo para hablar, me vas a explicar por qué chingados le pegaste a mi hijo.
—Su hijo es un culón—, respondió el policía de golpe.
El narco no esperaba esa respuesta. Su reacción fue darle un cachazo con la pistola.
—Me saliste muy huevudo, policía. ¿Traes paro de arriba o quien chingados te crees que eres eh?
—No traigo paro, compa, no me atengo a nadie. Yo no soy culón como su hijo, supe que me andaba buscando y aquí me tiene.
La dopamina acumulada hizo de las suyas en el cerebro del policía y puso más valiente que de costumbre.
— ¿Por qué chingados le pegaste a mi hijo? ¿Ya me vas a decir?
De la Cruz escupió sangre, luego respondió:
— A su hijo le hice un paro esa noche. ¿No le contó ni madres, verdad?; el morro andaba bien atravesado quemando llanta y haciendo desmadre en el Tres Ríos. Traía dos plebitas bien drogadas en la camioneta, para colmo menores de edad. Lo habían atorado los de la Policía Militar y les pedí quebrada de revisarlo primero. Le encontré dos cuernos de disco, un chingo de cargadores y perico en la guantera, ¿sabe que le dije a los guachos?
El narco frunció el ceño y permaneció en silencio.
—Le pedí el paro, les dije que el morro era mi ahijado, que me dieran quebrada de llevármelo a su casa, le pegué unas cachetadas delante de ellos pa hacer más creíble el cuento, pedí un taxi pa las niñas y luego me llevé a su hijo a la barandilla pa que durmiera tranquilo. Nadie lo molestó, nadie le puso cola, en cuanto estuvo sobrio pedí que lo dejaran ir.
Los pistoleros se pusieron serios, en el fondo vitorearon que alguien por fin le dijera al patrón la clase de lacra que era su hijo. Al narcojunior le gustaba humillar policías y sus pistoleros estaban casi seguros de que hubiera preferido ser detenido que cacheteado por uno.
El malandrín pidió un pase de coca para procesar la versión del policía e hizo una llamada.
— Necesito que te vengas en chinga, vamos a darle piso a este pendejo —. Se sonó la nariz.
De la Cruz permaneció sentado y sin moverse, lamentó hacer caso de una galleta china. Se imaginó como se vería su cadáver tendido en un paraje solitario al día siguiente: un bulto a un costado de la carretera si bien le iba. Tenía claro que si a los narcos se les antojaba lo dejarían enterrado en una fosa recóndita. Sus ojos se ofuscaron por una neblina densa pero en realidad era un efecto provocado por la pérdida de sangre y las contusiones que los sicarios le habían causado.
Experimentó una suerte de viaje astral viéndose desde el exterior: un cuerpo mancillado, un despojo en manos de los narcos, un cabrón sin suerte al que su novia había cambiado por otro, ¿desde cuándo estaría saliendo con ese güey? ¿Quién sería el compa? ¿Estaría diciendo la verdad o puro rollo pa tumbarse la barra? Nada de eso importaba ya.
—Dicen no quieres a los narcos, que no te gustan los sobornos, que eres muy especialito, ¿Por qué dejaste ir a mi hijo, entonces? ¿Qué intención tenías? ¿Ponerle cola?, el interrogatorio cobró un aire más rígido.
— No, amigo, ya le dije. A su hijo nadie le puso cola, honestamente lo hice más por mí que por él. Yo tenía prisa por sacar el turno rápido, no podía enredarme en un aseguramiento. ¿Usted sabe lo que es llenar un informe policial?, son más de 8 hojas de puras pendejadas; la hija de mi novia tenía fiebre y ella llevaba rato marcándome para que le comprara unos medicamentos. Cuando eres policías navegas entre el deber y las necesidades de tus seres queridos, esa es la verdad. No quise enredarme y pensé que un malandrín libre no le haría daño a nadie.
El narco permaneció pensativo y luego cambió el rumbo de la conversación.
— Eres un buenazo, cabrón, pero saliste muy picudo y eso no es bueno para un policía. ¿Llevas mucho con la morra?
La pregunta desató una pausa incomoda. Luego vino la respuesta como si el lugar se hubiera vuelto una sesión con el psicólogo.
—Llevábamos tres años juntos, pero vio la lumbre muy cerca y me terminó. Que según ya me andaban pedaleando la bicicleta, que ya traía otro bato de reserva—, confesó el policía agachando la cabeza. Los guaruras intercambiaron miradas y sintieron compasión por el hombre que minutos atrás habían torturado.
—¿La querías? — cuestionó el jefe de plaza.
— Un chingo, señor. Pero bien dice el dicho: Es mejor perder amando, que no haber amado nunca.
—¡Ah, chingado! Me saliste poeta, cabrón— dijo el capo riendo.
Ambos rieron envueltos en la bruma de la fatalidad. De pronto el silencio se vio interrumpido por el rugido de un motor y llantas quemándose en el asfalto. El hijo del narco llegó a la casona patinando la troca como ya era su costumbre, se bajó bien alterado y se dirigió hasta donde estaba su padre. Cortó cartucho. Al llegar al punto donde se encontraba el policía espetó.
—Ahora si ya valiste madre, pinche policía.
Su padre hizo una seña al más puro estilo de un director de cine reclamando detener la escena.
— Espérate cabrón, espérate, a este bato me lo quiebro yo. Dame tu pistola.
— ‘Apá pero…, intentó cuestionar el narco junior.
— Pero nada, ¿me vas a contradecir?
— Yo soy el ofendido jefe, lo más propio es que yo me lo chingue.
—¿Entonces me vas a contradecir?
— No apá, pero pa’ eso me habló ¿no?
— Fue mi última palabra, al bato me lo quebró yo.
El capo entregó la pistola de su hijo a uno de sus hombres y luego sacó un revólver plateado. Era su favorito. Sometió de espaldas a la resignada víctima, quien seguía pensando en las ironías de la vida, el amor y el desamor. De pronto esos pensamientos se disiparon como una nube rosa cuando sintió el arma en su cabeza.
El capo titubeó y aquello resultó extraño hasta para sus pistoleros quienes habían atestiguado en múltiples ocasiones la frialdad con la que arrancaba vidas.
—¿Estás seguro que lo quieres muerto?, le preguntó a su ansioso hijo.
— Jálele jefe, lo quiero bien muerto — respondió con una expresión sádica en el rostro.
— ¡Ya te cargó la chingada!
Jaló el gatillo.
Basto un segundo para que la vida entera le desfilara a de la Cruz por la memoria. El corazón latió presuroso, tembló por inercia y pegó un brinco con el crepitar del tambor del revólver. De pronto notó que no había sangre, tampoco ese olor a pólvora y carne quemada que suele inundar el ambiente al recibir un balazo. Estaba vivo, más que nunca, experimentando una serie de emociones que se lo confirmaban. El arma no tenía balas.
— ¿Qué pasó? ¿Qué pasó?, apa, cuestionó molesto el narco junior.
— Pasa que eres un pendejo y ahorita mismo te vas a disculpar.
Por inercia el narco buscó su pistola entre la ropa, pero ya no la llevaba consigo.
—¿Me estás desafiando? —, cuestionó el capo para luego soltarle una cachetada.
—A un padrino se le respeta y de ahora en adelante cada que veas a este hombre te le vas a cuadrar, así le vas a decir: padrino porque eso es. Este bato te salvo de los guachos y tú de mal agradecido lo quieres muerto. Ahorita mismo te me disculpas, te pones a sus órdenes y me lo dejas en paz.
Manuel Aceves es jefe de Información de Luz Noticias zona centro de Sinaloa y es colaborador de TDN Noticias, televisora de Argentina. Ha sido corresponsal de Grupo Radio Fórmula, freelance de RioDoce, periodista televisivo en Meganoticias, trabajó en el periódico Noroeste y ha colaborado en La Pared Noticias, Reporte 18, Radar Sonora, Códice de Baja California, NN Noticias, entre otros, en coberturas de nota roja, temas sociopolíticos, locales, de carácter nacional e internacional.