Inspirado en la obra de Charles Bukowski
Vine a tirarme aquí porque dicen que por estos caminos tiran a los muertos. Estuve coqueteando con la muerte mientras todos alrededor se ahogaban en una burbuja de lloriqueos hostiles. Me cansé del mundo y él se cansó de mí. Nunca era mi día, ni mi semana, ni mi mes, ni mi año. Ya ni de mi cabeza era dueño. Chingada madre. Por eso vine a estos matorrales a morir.
Caminé por los senderos olvidados, de finito polvo y piedras filosas. Miré soles nacer y lunas desaparecer, y un sinfín de nubes actuando como transeúntes. Uno se cansa de caminar sin llegar, sin tener derecho siquiera a morirse y a la ves de morir cada día y renacer hecho una piltrafa. Cuando miré mis pies descalzos, hinchados y grises de tanto caminar, pensé que no valía la pena tanta malograda aventura. Aún me quedaban cigarros pero no lumbre. Esperé sentado toda la mañana, descansando mi cuerpo, hasta que pasó un arriero y me regaló su caja medio llena de cerillos.
Supo que me quería morir cuando vio mi cara demacrada, el yugo, mis labios agrietados, la mirada cansada de mirar, los cachetes hundidos y enmontados de una maleza blanca sin rasurar, la piel palidezca y mi nariz anhelando ese salto de segundo a segundo en el que dejará de respirar.
Al ponerme de pie miré un gran árbol y me nació decir, Allí es buen lugar para morir. Él dijo algo de la cobardía y rogó que subiera a un burro, pero le negué hasta el agua.
—Si usted se quiere morir, tiene el derecho a decidirlo, morirse no es como el nacimiento, pero ahí le encargo que no lo vaya hacer en los matorrales de su espalda porque son de mi compadre.
—No se preocupe, lo haré en ese fresno solitario, me daré fin bajo el encanto de la luna, quien brillará de verme entregado a ella, pensando en que soy un regalo para su desgastados sol que me descubrirá muerto y brillará con todas sus ganas por tamaña sorpresa, junto a los cerillos de cabeza negra que me regaló y los inexistentes delicados sin filtro, ya fumados, y esta mochila que contiene el valor de mi vida que no ha de dar cobijo emocional mientras uno piensa en abrirse la panza con la piedra más picuda, y servir como tocino sus intestinos a los buitres que estarán dormitando en el árbol toda la noche, esperando el banquete que me considero.
—Eso sí da qué pensar
—Mañana venga, ya estaré muerto pero va encontrar un dinerito –le grité pero quién sabe si me escuchó.
Lo cierto es que yo morí hace cuatro o cinco días, cuando saqué mi capital del banco y la mujer se negó. Hasta llegué a decirle a la Chavelita que no se apendejara, que lucrara con mi muerte; ella no sabía qué significaba lucrar. Vio el dinero y se le escapó la mirada, pensó en su cocina económica, en una televisión de pantalla plana, pero pronto volvió en sí para decir sin inmutarse que no se acostaría conmigo.
—Son cien mil pesos, en mi casa están las escrituras y mi testimonio –le repetí–, donde la hago heredera de todo, sólo si me da un hijo y no me encuentran muerto en unos días. Si esto pasa, le dejé la responsabilidad de firmar algunas cosas a la funeraria, con una remuneración mínima. Piénselo, nueve meses de embarazo y sale de pobre.
De momento pensé que diría que sí, pero poco a poco se le borró la sonrisa, seguramente al imaginar estas barbas blancas pasearse por sus músculos vaginales enloqueciendo su universo. La muy pendeja no quiso, entonces agarré camino y me declaré muerto, yo, Carlos Tirado, amigo de nadie, víctima del aburrimiento y la desentonación del encanto, que teniendo todo este dinero en mi mochila pude volar y navegar y morir, irme a la Muralla China, conocer dónde se inventó el pensamiento, hacer una nueva vida en una región pacifica del caribe, invertir en una carreta de tacos y conocer una verdadera mujer y vivir diez años más, decido entregarme a mi propio auto exterminio.
Bajo las nubes que confundía con el humo de tabaco, unos zopilotes merodeaban en lo alto, desde las montañas me leían la mente. Por vez primera escucho las percusiones de la naturaleza, grillos, ranas, el viento y los gritos de toda la humanidad que viaja como ánimas en el aire a través del eterno circular de las horas.
Estas cosas se hacen sin pensar, hallé una piedra larga y roñosa, la encajé en mi ombligo y jalé.
No pude explicar mi falta de dolor. Introduje los tres dedos del medio y como quien abre un ascensor, abrí mi estómago para mostrar la noche a mis adentros vírgenes de luz; después conocerían el sol. Me restregué las manos con la aspereza del piso, tomé un cigarro y prendí uno de los últimos cerillos
Jamás usé los billetes, qué pendejo no seré, ojalá el arriero regrese y saque adelante a su familia con lo que encuentre. Comenzaba a sentir pulsadas esquizofrénicas y algunos delirios corporales y del susto comencé a rellenar mi panza con los billetes, total, me costaron cuarenta años de obrero, y yo que no sabía qué responder cuando me preguntaban cuánto valía mi vida. Hay gente que responde mil millones o algo parecido, qué buen chiste. Yo estoy orgulloso de estos rostros multiplicados de Ignacio Zaragoza, valerosamente manchados con mi sangre, obtenidos con litros y litros de sudor, bajo el sopor de las desveladas y olores fétidos de píes.
No podría hacer menos con ellos que usarlos para rellenar mi cuerpo metáfora de cementerio capital, con una neblina gris de tabaco rondando en el pecho de lado a lado. Eran las vísperas del amanecer. Desde el abismo, al fondo de mí mismo, supe que un delgado pájaro negro se posó en mi rodilla, parecía un cuervo bebé pero no era más que un chanate, avanzó en mi dirección suavemente, el pico enorme se abrió más y más y me envolvió hasta no saber más de mí.
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Julio Zatarain es licenciado en Ciencias de la Comunicación y ha participado en diferentes cátedras y diplomados de literatura. Ha publicado cuentos en el libro Ráfagas de nombres (El Colegio de Sinaloa, 2014) y en la Revista Timonel, impresa por el Instituto Sinaloense de Cultura . En el 2018 publicó dos cuentos: uno en el libro Cuentos desde la orilla, editado por Andraval Ediciones y el Instituto de Cultura de Mazatlán; otro en Álbum Negro (ISIC, 2018). Actualmente se desempeña como músico y maestro. Durante el periodo 2017–2018 fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA).
© Escena de la película Bajo el volcán, de John Huston.