Culiacán. Sin.- El plomo marcó la madrugada de este domingo en la colonia Las Cupias, un rincón de la sindicatura de Villa Benito Juárez, Navolato, donde la violencia tiene memoria corta y pasos largos.
Eran cerca de las 02:00 horas cuando el estruendo de los disparos dejó a tres hombres tendidos sobre el suelo, con la vida escapándoseles entre la tierra y el asfalto. El tableteo de las armas detonó las alertas. Familiares y vecinos se movilizaron en el caos de la noche para auxiliar a los heridos, trasladándolos de urgencia a las clínicas de la sindicatura en un intento desesperado por burlar a la muerte.
No hubo milagro. Adolfo “N”, de 47 años de edad, y José Antonio, de apenas 21, exhalaron su último aliento minutos después de ingresar a urgencias. El tercero, cuya identidad quedó bajo reserva y el misterio de las sábanas hospitalarias, fue llevado bajo código rojo a un nosocomio de Culiacán, donde los médicos solo pudieron certificar su deceso poco después de su ingreso.
En la escena del crimen quedaron los casquillos calientes, la sangre fresca y el perímetro cercado por la cinta amarilla de una Fiscalía General del Estado que llegó a contar evidencias cuando el daño ya estaba hecho.
Pero la cuota de sangre de esa madrugada no se había cerrado en los campos de Navolato. Apenas unas horas después, cuando los primeros rayos del sol comenzaban a calentar el asfalto de la carretera internacional México 15, el horror cambió de escenario.
Eran las 08:20 de la mañana cuando conductores que pasaban el kilómetro 24+100, justo un kilómetro adelante de la caseta de cobro de Limón de los Ramos, avistaron un bulto humano a la orilla del camino, a la altura de la comunidad de La Campana, al norte de Culiacán. Se trataba de un hombre joven, de entre 25 y 30 años, abandonado como un desecho de la guerra urbana.
El cuerpo reflejaba el rigor de la crueldad: las manos esposadas a la espalda, una bolsa de plástico negra que le cubría la cabeza y el torso, y múltiples heridas de proyectil de arma de fuego que evidenciaban el tiro de gracia. Vestía pantalón de mezclilla negro y tenis a tono, pero el detalle que rompía su anonimato estaba grabado en su piel: un tatuaje con la figura de un as en el antebrazo derecho, una marca que ahora sirve de guía en el Servicio Médico Forense para quien busque reclamar sus restos.
En el acotamiento quedaron los cartuchos percutidos de fusil largo, la firma de una ejecución sobre el terreno. Al sitio llegaron los uniformados de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana para resguardar el hallazgo, abriendo paso a los peritos en una mañana de domingo en Sinaloa donde la muerte, otra vez, madrugó primero.
Redacción/LaPared