EDITORIAL 9
Si Jesús Aguilar Padilla decretó que la violencia era algo normal en Sinaloa, su sucesor en el Gobierno del Estado, Mario López Valdez la acaba de “santificar” como una tradición, ya que es tradición que nuestra entidad tenga una alta actividad delincuencial.
Sí, por tradición.
Del Sinaloa donde solo los flojos tienen hambre, a ese otro estado en donde en el discurso oficial “se vive en paz y tranquilidad”, sin contar los más de 6 mil muertos que en menos de un sexenio nutren los panteones y los desaparecidos que no existen porque no aparecen por ningún lado. Esa es pues la vida discursiva de los gobernantes.
(Por tradición, debemos decir, ocurren hechos como el de la noche del 16 de agosto, en que un joven fue baleado cerca de la base de Cruz Roja solo porque no se dejó rebasar por un vehículo. Por tradición, desde luego, las madres de los desaparecidos que andan cavando fosas a la cruda intemperie para encontrar a sus hijos.)
Pero si al menos no es como dice el gobernador López Valdez, que los delincuentes no salen de Los Pinos o de Palacio de Gobierno, se le olvida aclarar que es precisamente de la estructura del Estado de donde surge la omisión, la complicidad y la corrupción, que alimenta al crimen organizado y sus catástrofes sociales.
Ahí tiene usted, estimado lector, también a un presidente de la República incapaz de dimitir por los actos de corrupción que fueron exhibidos con la Casa Blanca; al contrario, antes de un gasolinazo pide perdón antes que firmar su renuncia, y luego se queja de las “malas noticias”, como si le tocara a los medios de comunicación inventar la realidad que nos asedia.
Habría que recordarle también al jefe del Ejecutivo estatal que el narcotráfico violento tiene sus raíces en el entramado que hizo con los hombres del poder. La hidra no se inventó solo en los hogares, sean funcionales o disfuncionales. Se planeó en los sótanos del anquilosado sistema político mexicano.
Ahí tienen a ex gobernadores como Leopoldo Sánchez Celis, quien de acuerdo con historiadores fue uno de los mandatarios que logró casi “institucionalizar” el narco, no solo alentarlo, y personajes como Antonio Toledo Corro, señalado muchas veces también de complicidades indecibles.
Aquí la historia parece no juzgar a nadie, y la democracia solo parece existir como una parafernalia que continúa perpetuando la impunidad.
Testimonios como el de la señora Mirna Nereyda Medina Quiñones –publicados en este número- nos deben sacudir y reflexionar hasta dónde la imbecilidad institucional es más disfuncional que un hogar con un par de padres violentos y desquiciados.
Las Rastreadoras de El Fuerte son ese vivo testimonio de que el Estado solo sirve como administrador del dinero del pueblo, no para establecer mecanismos legales de paz y justicia.
Ahora después del “levantón” de Jesús Alfredo Guzmán, hijo del Chapo, Malova a priori señaló que no se incrementará la de por sí desatada violencia en el estado. ¿Pero que no llevamos ya toda una tradición de criminalidad y violencia en esta tierra, en donde los inocentes mueren en el fuego cruzado?
Así el timonel en medio de la tormenta.
Publicado en el número 9 del impreso de LA PARED que circula en puestos de revista en Culiacán*
