No nos han expulsado de ningún paraíso.
Siempre hemos estado afuera
Josep María Esquirol
La penúltima bondad. Ensayo sobre la vida humana
El engaño no reside en quién firmó la orden de arresto, si el gobierno Federal o el Estatal; tampoco en la inusual circulación, el día previo al tiroteo en Culiacán, de un comunicado de la Secretaría de Educación Pública, del Gobierno Estatal y del Comité Estatal de Protección Civil, recomendando la suspensión de clases en «todos los niveles y modalidades educativas» en el municipio de Culiacán, ante la presencia de una «zona de baja presión» que auguraba, según diversos partes meteorológicos, apenas unas lluvias esporádicas. Sabemos que el 17 de octubre por la tarde no hubo lluvias en la capital de Sinaloa, lo que puede revelar cierta premeditación, conciencia previa, indolencia también, al disfrazar el advenimiento de la violencia con chubascos aislados y nubes esporádicas. Tampoco me parece que el engaño, la mentira o la traición aniden, a día de hoy, como un asunto de novedoso descubrimiento, en el seno de las organizaciones políticas, los gobiernos en sus diversas instancias, las instituciones de administración y ejecución de la justicia en Sinaloa o en México: ahí, sin duda, siempre ha prevalecido la mentira. En cambio, me parece que el engaño está en la sorpresa, en el tantas veces citado, desde que ocurrieron los sucesos del jueves pasado, «punto de inflexión» en el que el Estado mexicano «demostró su debilidad frente al crimen organizado».
Creer que los tiroteos del jueves 17 de octubre ponen de manifiesto «como nunca antes» que el gobierno mexicano ha sido superado por el narco es, más que inocencia, ignorancia y negligencia de la historia reciente de Sinaloa y del país. Hace más de veinte años que el crimen organizado superó al Estado mexicano. Hace más de veinte años que el narcotráfico demostró que no tiene límites ni en su capacidad de producción económica ni en su capacidad militar ni en las diversas formas de seguir alineando a sus filas a un número enorme de personas que, con o sin oportunidades en el mundo laboral legal, y por las razones más diversas, han conformado una suerte de Estado paralelo, con sus propias leyes y sus propias capitales, que no obedece ni considera al Estado «oficial» que, se supone, gobierna en México. Hace más de veinte años que la ciudad de Culiacán no es nuestra, hace más de veinte años que Ellos se la quedaron.
El constante mantra «Somos más los buenos», es apenas un consuelo, un modo de renegar y de distanciarse de esos «bárbaros» que son los sicarios, los narcos, los buchones. Pero solo funciona como un rezo, como un deseo que se repite dos, tres, cuatro veces, y luego se olvida y ya nada importa porque, a fin de cuentas, la influencia económica, política y cultural del narcotráfico y la corrupción está presente en todos los aspectos de la vida cotidiana: desde las escuelas privadas donde los hijos de los allegados al narco están por encima de los profesores, hasta los negocios que lavan dinero y que producen una burbuja de economía comercial en Sinaloa, boyante y de clase media-alta con aires de nueva aristocracia, pasando por el despampanante crecimiento y «modernización» de la ciudad en los últimos quince años. No, no «somos más los buenos». El engaño es ese. El engaño es creer que esto no iba a volver a pasar. Hago hincapié en volver a pasar, porque tampoco es la primera vez, tampoco es novedad, y es mentira que nunca antes habíamos intuido la capacidad bélica del narco. Lo hemos sabido siempre, y decidimos vivir con ello, al lado de nuestras casas, fingiendo que no pasa nada.
Que las decisiones del gobierno federal tanto en la detención como en los posteriores acontecimientos fueron equívocas, tampoco es novedad. Numerosas detenciones de capos del narcotráfico, de bandas de secuestradores y extorsionadores, y de políticos corruptos han salido indemnes de su encontronazo con el sistema judicial mexicano. Este es el país cuyo gobierno ha asesinado estudiantes públicamente desde el año 1968 hasta el año 2014. Este es el país en el que un candidato a la presidencia es asesinado en medio de un mitin político rodeado de miles de personas. Este es el país en el que el incendio de una guardería mata a 49 niños, y donde se administra una falsa quimioterapia a menores enfermos de cáncer, y donde se asesina a más periodistas que en todo el continente y casi más que en cualquier país del mundo. Es el país que sufriendo la xenofobia estadounidense, sea germinada por Donald Trump o por cualquier otro, ejerce la xenofobia hacia los migrantes centroamericanos en general, o haitianos en particular durante los años posteriores al terremoto que destruyó su país, o incluso el país que ejerce la xenofobia contra sus propios connacionales, tratando a las comunidades indígenas como esclavos en los campos agrícolas y en las ciudades maquiladoras. Es el país en el que a Javier Valdés le metieron en el cuerpo doce disparos en el mediodía de la ciudad que hoy se escandaliza porque el «gobierno se vio superado por el narco». Es el país en el que Sandra Luz Hernández o Marisela Escobedo, madres que buscaban justicia para un hijo desaparecido y una hija asesinada, fueron a su vez asesinadas a plena luz del día, con total impunidad. Es el país a cuyo gobierno el alzamiento zapatista ya había puesto de rodillas, y las crisis económicas, y el gobierno de Estados Unidos, y los Cristeros, y casi todos los cárteles del narcotráfico desde Tamaulipas hasta Michoacán y las organizaciones que trafican armas y las que trafican personas y las que trafican influencias (¿o ya hemos olvidado la imagen del director de OHL México, José Andrés de Oteiza, en una suerte de intenso reclamo al por entonces gobernador del Estado de México y después presidente de la república Enrique Peña Nieto?).
La humillación, como una surte de letra escarlata nacional, es el arma del temor y la crítica en estos días recientes para todos los bandos políticos, para todas las ideologías y creencias. Es intolerable, dicen muchos, la humillación a la que se sometió el gobierno federal. Y lo dicen como si no recordaran la forma en que Trump habla del muro y de México y de los mexicanos desde que inició su administración; o aquella vez en que los grupos delictivos, en una situación muy parecida a la de este jueves, sitiaron quince municipios de Jalisco después del arresto de uno de los capos del cártel local; o aquella vez en que el presidente Vicente Fox, obligado por «quién sabe qué fuerzas», echó de una Cumbre de Las Américas a Fidel Castro diciendo por teléfono aquel famoso «Comes y te vas», que fue grabado y luego difundido, para magnificar la humillación internacional. O acaso hay que recordar que después de días de buscar a una niña «desaparecida» como por arte de magia la encontraron a los pies de su propia cama, donde habían dormido ya, acompañando a los padres, algunos parientes cercanos, y donde el cuerpo de la pequeña apareció destrozado a golpes. O ¿no es humillación el número de mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, o en el Estado de México, o en todo el país: 9 mujeres asesinadas cada día? ¿No es humillante el despojo de las mineras canadienses, la contaminación de los acuíferos, los derrames tóxicos, la especulación de las constructoras o que sean los familiares de los desaparecidos quienes deben formar brigadas de búsqueda en la sierra, en el desierto, en el monte, destapando fosas ilegales y recuperando osamentas para tratar de encontrar a sus seres queridos? Nunca ha sido nuestro este país, nunca ha sido nuestra esta ciudad.
El Estado paralelo que ha consolidado el crimen impone normas que acatamos silenciosamente: no vayas por ahí, no salgas a tal hora, así es como debes comportarte durante un tiroteo, así es como debes comportarte ante una llamada de extorsión. ¿No es humillante el asesinato de líderes sociales, ambientalistas, defensores de los más básicos derechos humanos? ¿No es humillante lo de los «daños colaterales» de Felipe Calderón, o los pueblos arrasados y destruidos por los sicarios, abandonados porque ahí ya no se puede vivir o las marchas en Culiacán contra la aprehensión y extradición del capo del cártel de Sinaloa? ¿No es humillante el recordatorio, cada fin de año, el 31 de diciembre a la medianoche, del potencial festivo del armamento que tienen en sus casas los narcos, los buchones, los punteros de la ciudad que durante un par de horas disparan al aire sin importar que al día siguiente nos despertemos con tres, cuatro o quién sabe cuántos muertos y heridos por esas «balas perdidas»? Este es el país de las humillaciones diarias. El engaño es que parece que lo olvidamos cada día.
El «crimen organizado» opera de la misma manera que el «moderno Estado mexicano»: una hidra, una entelequia: se le corta una cabeza al animal y ya hay diez más reclamando la capacidad de mandato: una forma de la dictadura o del totalitarismo, de la burocracia sin rostro que manda y obedece y ejerce como si estuviera por encima de cualquier ciudadano. Detrás no hay nadie, siempre hay una sucesión que empieza de nuevo la historia, como si de un manotazo se borrara el pasado con todas sus heridas.
Es verdad que puede ser significativo descubrir de dónde vino la supuesta orden de aprehensión o de extradición del hijo del capo y quién planeó un operativo tan descuidado. Incluso sería importante saber si la reunión que el gobierno estatal de Quirino Ordaz Coppel (inútil por todos lados frente a los problemas de la región, pero tan inútil como todos sus predecesores) mantuvo con la DEA y representantes del gobierno de Estados Unidos, y en la que se presume la intención de solicitar que Sinaloa fuera retirada de la lista negra de lugares a los que el gobierno de aquel país insta a sus ciudadanos a no visitar por el notable riesgo de seguridad, si esa reunión, pues, por lo demás mantenida por un gobernador que a la vez es empresario hotelero, tuvo algo que ver con los sucesos del pasado 17 de octubre. Y sin embargo, si se logra descubrir el entramado, si es que existe, detrás del día tan terrible, ¿cuánto tiempo tardaríamos en olvidarlo, tal y como se han olvidado tantos otros hechos determinantes de la historia criminal y corrupta de este país?, ¿qué otro acontecimiento de proporciones infernales vendrá después a ocupar el lugar de «punto de inflexión» de este u otro gobierno?
Humillación nacional es, en muchos medios de comunicación, uno de los principales encabezados. Etimológicamente, la palabra «humillar» nos remite a «arrastrar por la tierra». Sin embargo es interesante notar que el término comparte raíz con una palabra que mucha falta nos hace al hablar de la historia reciente de Culiacán y de México: «humildad». Ambos vocablos vienen de «humus», que no es otra cosa que el lodo fundacional que hace al ser: lo «humano» es ese «humus», es la tierra en la que hemos de poner los pies: «humilde» es el que puede ser «humillado», el que es, o puede ser, aplastado hasta la tierra. No me refiero aquí a la acepción errónea o cristiana que convierte a la humildad en una virtud. Me refiero a que somos los humildes en tanto que somos los humillados, y como tales deberíamos saber qué tierra es esta que besamos en la humillación, qué historia es esta que construimos y borramos y reescribimos, qué pasado abandonamos y cuáles son los negligentes principios que nos hacen ver un revelador «punto de inflexión» cada día, al dar la vuelta a la esquina, en cualquier noticia del periódico, sin considerar que ese paraíso que creemos haber perdido este jueves 17 de octubre del año 2019, es un paraíso falso en el que nunca hemos vivido. Hace décadas que nuestro lugar es este desierto, este espacio desheredado; hace mucho tiempo que lo perdimos y que nos perdimos en él.
En todo caso nos queda otra cosa diferente que no es la presuntuosa recuperación de aquel paraíso robado: nos queda, si es que podemos ponernos de acuerdo, como no ha sucedido hasta ahora, reconocer que nada es nuestro, que tenemos la cara y el cuerpo arrastrados por el suelo, que Ellos ya ganaron hace mucho tiempo y que si queremos hacer algo al respecto hemos de partir desde este pozo en el que estamos, empezar un camino desde esta oscuridad, porque un comienzo basado en el imaginario paraíso perdido no es otra cosa que un castillo en el aire.
La tendencia generalizada que empuja a la búsqueda de culpables, a la asignación de responsabilidades, a la exposición y a la expiación, si bien no es estéril del todo, se convierte en un modo de evadir la mirada, desconectarse del lugar en el que estamos, no mirar hacia la tierra en la que nos encontramos humillados, como sucede tantas veces después del asesinato de cualquier persona, en Culiacán, por ejemplo, cuando se esparcen los murmullos que criminalizan a la víctima preguntando ¿en qué andaría metido?, ¿qué andaba haciendo en esos lugares?; o como cuando, después de un feminicidio, la marabunta de ineptos culpabiliza a la víctima señalando su vestimenta o la pertinencia de su comportamiento según reglas sociales de la más variada inopia. La culpabilidad de los otros se convirtió, en este Estado Paralelo en el que sobrevivimos, en el modus vivendi que parece necesario para no volverse loco ante el casi interminable desfile de cuerpos muertos, decapitaciones, violaciones, desapariciones, abusos de todo tipo. Siempre el mal es algo que le sucede a los otros, por su culpa o la de alguien más que no soy yo, porque soy un ciudadano honesto y bueno y esas cosas terribles no le pasan a la gente buena. Pero sí pasan. Y lo sabemos. Y podemos demostrarlo.
A veces me pregunto cómo es posible que después de todo lo que ha pasado en Culiacán, la ciudad parezca imperturbable y su capacidad de recuperación se ofrezca como un misterio gozoso de resistencia comunitaria. Pero no es así, no hay recuperación, hay un constante olvido: quien dice que esta violencia no se había vivido antes, no recordará tal vez los años 2008, 2009, 2010, ese tiempo de decapitaciones, lanzagranadas, desmembramientos y tiroteos por toda la ciudad, o cuando secuestraban estudiantes de la Facultad de Medicina, en mitad de una reyerta, para llevarlos obligados y amenazados a atender a los heridos del bando criminal. O cuando en la época de cosecha se secuestran campesinos para trabajar en los campos agrícolas del narco, o cuando los clanes internos del cártel de Sinaloa entraron en guerra y sembraron de cenotafios la ciudad y las carreteras, o cuando vinieron los Zetas a pelear el control del territorio y quedó la sierra sembrada de fosas. Esa tierra, la de esas fosas, es el «humus» en donde nos humillamos.
Creer que el jueves 17 de octubre Culiacán fue una ciudad sitiada por el crimen organizado es vivir en el engaño: hace décadas que la ciudad está tomada por Ellos; ese día, simplemente, volvieron a recordárnoslo.