En Culiacán, el aire no se respira, se empuja. Es una masa densa, cargada de una tensión que se siente en la nuca y de un calor que parece querer derretir el pavimento. Aquí, donde las paredes suelen hablar de promesas electorales vacías o de advertencias que nadie quiere leer, un grupo de ciudadanos ha decidido que el silencio es la única respuesta digna.
Borrar el cinismo, barda por barda
Culiacán, Sin.- Abel Jacobo no buscaba ser un héroe, solo quería dejar de ver la misma basura visual de siempre. Compró una cubeta, dos rodillos y empezó una labor que hoy suma a 60 voluntarios. No hay una agenda política; su lucha es contra el escombro que los partidos dejan atrás.
Han ido borrando los fantasmas de campañas que nadie pasó a recoger: desde bardas viejas del PAN hasta las pintas de “Es Claudia” que quedaron desvalagadas desde 2021. Es un castigo al cinismo de los “adelantados” que inundan la ciudad con sus nombres pero jamás regresan con una brocha para limpiar su rastro.
“A diferencia de ellos, nuestros recursos son limitados”, dice Jacobo.
Cada gota de pintura sale del bolsillo del vecino, una moneda a la vez, para quitarle el rostro a los que ya se fueron y a los que se quieren quedar a la fuerza.
Un oasis en territorio de guerra
Pintar de blanco en Culiacán hoy no es un acto estético; es una declaración de autonomía. En un entorno marcado por la sombra de la violencia y la incertidumbre de no saber qué pasará en la siguiente esquina, ver una barda limpia es como encontrar un respiro.
Es una forma de decirle a la estructura política y a quien sea que pretenda ser dueño de la calle: esta barda no les pertenece; nos pertenece a nosotros, los que la caminamos.
El sol que no perdona
Pero la labor es física y es brutal. No hay tregua bajo el sol de Sinaloa, que castiga con más de 40 grados y convierte el mango de la brocha en un fierro hirviente que ampolla las manos. El vapor sube del asfalto caliente, el sudor quema los ojos y el polvo se pega a la garganta seca. A esa temperatura, el esfuerzo agota el doble, y el riesgo de estar expuesto en la vía pública pesa en el ánimo tanto como el plomo del mediodía.
Al final de la jornada, los voluntarios guardan sus botes vacíos con la espalda molida y la piel encendida.
Se retiran en silencio, dejando atrás muros que ahora son espejos de luz en medio del caos. Saben que el alivio es frágil; que mañana el sol volverá a caer como lumbre y que la tensión seguirá ahí, agazapada.
Pero por hoy, han ganado. Han demostrado que, aunque la realidad queme, todavía hay manos dispuestas a sostener el rodillo para que el blanco aguante un día más.
Redacción/LaPared