Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez
Antiguas tradiciones extranjeras y mexicanas, que rinden culto a la muerte, se mezclan en un mosaico de emociones y colores entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre.
El Halloween es la versión americana de la noche de Samahin, cuando según los celtas la puerta que separa el mundo de los vivos y los muertos se abre: los difuntos regresan.
La noche del 31 de octubre los espíritus de los muertos encarnan en los vivos en rituales de dulces y colores, calabazas huecas que engañan a los demonios, veladoras, luces, sombras y perpetuidad.
El 1 de noviembre, el Día de Todos los Santos, se recuerda a los angelitos, a las niñas y niños que perdieron la vida, y el 2 de noviembre, se celebra el Día de los Fieles Difuntos.
Entre la religiosidad y el paganismo, la “Dama de la Muerte”, “La Catrina”, es una figura emblemática respetada y temida.
El culto a la muerte, de origen prehispánico en México, se manifiesta en las “calaveras” literarias y los altares tradicionales con bebidas alcohólicas, fruta, pan de muerto y retratos de difuntos.
Las ofrendas florales en los cementerios adornan las tumbas iluminadas por veladoras.
Estos días los muertos conversan con los vivos, salen a las calles, inundan las plazuelas y se presentan con una sonrisa, incluso en hospitales, para brindar por la eternidad.
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