Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez *
“Cuando una persona ha significado mucho en nuestras vidas, para bien o para mal, y se ha ido, no debemos tratar de encerrarla en el olvido, porque el olvido tiene una puerta que se abre cuando menos lo esperamos y nos lanza los recuerdos como caballos salvajes que nos patean el alma”, escribió la escritora mexicana Claudia Celis, en su novela Donde habitan los ángeles.
El olvido es imposible en el caso de Don Héctor Stone Haro; más bien es nostalgia, el sentimiento más apreciado de nuestros recuerdos, y los recuerdos son eso: remembranzas de hechos o situaciones que anidan en el alma, refugiados en el corazón más que en la memoria, que surgen y surcan los vientos en el eterno juego con el tiempo entre el pasado, presente y futuro.
El escritor y sociólogo chileno William Osorio Nicolas escribió: “Había noches en que su recuerdo entraba por la ventana, se acostaba en mi cama y me acariciaba los pensamientos hasta quedarme dormido. Había noches en que dormía con su ausencia y soñaba profundamente con su recuerdo”.
Quizás por eso, el jueves 26 de noviembre de 2015, su hija, la Dra. María Guadalupe Stone de Díaz Simental, colocó en la solapa del traje de su padre la insignia de la Federación de Universitarias de Sinaloa, A.C. (FUSAC).
Emocionada se quitó el pin para prender el alfiler en el saco de Héctor Stone, a la altura de su corazón, en una noche de unión familiar. La pequeña pieza metálica no era decorativa sino que mostraba un logro: el reconocimiento de esa fraternidad de profesionistas, que no hubiera sido posible sin la intervención de un padre ejemplar que le sonrió a su hija tiernamente en el vestíbulo de El Colegio de Sinaloa, con la satisfacción del deber cumplido.
En ese abrazo que se dieron estaba el cariño de María Elena Aguilar Pereyra, la madre ausente de los primeros hijos de Stone y que había adelantado su partida un viernes 23 de mayo de 1975. Estaba Elena Pereyra Whaley, la abuela “Nelly”, la primera doctora de la familia. Ambas se encontraban en ese pin emblemático colocado a la altura del pecho del señor Stone.
El 22 de febrero cumpliría 87 años de edad don Héctor Stone Haro, pero con la placentera sensación de ese pin en la solapa, con el amor de su familia y su esposa Elisa Balderrama, su espíritu decidió viajar, pleno de satisfacciones, antes de esa fecha a la eternidad.
Hombre trabajador, entusiasta, empresario y político, como funcionario público fue titular del Registro Público de la Propiedad; presidente y pionero del Patronato de Bomberos; presidente del PRI con Don Ernesto Ortegón, y aspirante a la alcaldía de Ahome junto con Polo Infante, Rubén Félix y Esteban Valenzuela. También fue delegado de Tránsito y Transportes de Guasave, donde le tocó poner los primeros semáforos.
Sin embargo, su mayor éxito en la vida fue ser un padre ejemplar y sólido pilar, el tronco de en medio, en la formación de doce hijos. Lupita Stone fue la segunda de la primera prole de nueve. Esa noche, con la presencia del orgulloso patriarca, recibió en su decimoquinta edición, la Medalla al Mérito Universitario “Sor Juana Inés de la Cruz”, que otorga la FUSAC por su desarrollo profesional y académico.
DE UN ÁRBOL BUENO SALEN FRUTOS BUENOS
“De un árbol bueno salen frutos buenos, uno es lo que su familia vale”, dijo Lupita Stone al remontarse a sus orígenes en una familia numerosa donde, aun en la estrechez, siempre reinaron en abundancia la generosidad y la alegría.
Don Héctor y María Elena decían que al ser tantos no habría herencia que alcanzara, así que el único legado de sus hijos sería la educación universitaria. “No tuvimos mucho pero sí lo necesario”, comentó.
Elena Pereyra Whaley, la abuela “Nelly” por la vía materna, que vivía enseguida de su casa, se graduó en la Ciudad de México en 1932 como médica obstetra cuando era impensable que una mujer siquiera estudiara secundaria.
“Tengo –recordó- su título en mi consultorio, la vimos trabajando sin descanso, inclusive hasta el día de su muerte”.
La influencia callada y dulce de la abuela “Nelly” penetró en el subconsciente de Lupita Stone y probablemente por eso, eligió el camino de la medicina.
Un recuerdo triste es cuando su mamá, María Elena Aguilar Pereyra, murió siendo muy joven, dejando a Don Héctor Stone viudo, con la responsabilidad de sacar adelante nueve hijos sin esposa, sin el apoyo de una madre.
Ante ese escenario, Lupita le dijo a su papá, cuando cursaba el segundo año de medicina, que dejaría la carrera para ayudarle a cuidar a sus hermanos.
Don Héctor Stone guardó silencio y respiró profundamente. De repente, le pidió a Lupita que preparara su equipaje y subiera al auto.
– Acompáñame, le dijo.
Era pleno verano en Los Mochis. Lupita vestía short, camiseta y sandalias, solamente alcanzó a tomar su bolsa y sus lentes antes de subir al vehículo.
Platicando de esto y de lo otro, se dio cuenta que su padre se dirigía a la carretera.
“Pensé: ha de querer ir a ver a su hermana a Guasave. A mi tía Blanca”, recuerda. Lupita renegaba por las fachas que llevaba.
Don Héctor finalmente le respondió:
– En Culiacán te arreglas. El avión a la Ciudad de México sale tarde. No te quejes.
Lupita protestó: le dijo a su padre que sería muy difícil para él hacerse cargo de todos sus hermanos menores y que ella le tenía que ayudar.
El rostro de Héctor Stone lucía tranquilo cuando volteó a verla con una mirada cálida y serena, pero firme.
– Los padres son para los hijos, pero en este momento los hijos no son para los padres, le contestó:
– Todo estará bien, no tienes por qué preocuparte -dijo-, tu deber es estudiar, prepararte, seguir tu camino. Yo veré cómo le hago, es mi problema. No quisiera que una hija o un hijo mío truncaran sus estudios por esto; ya me las arreglaré. No deseo que te quedes en Los Mochis, acaso trabajando en un banco, o en cualquier lado y sacrificando tus ilusiones por estudiar medicina. Adelante y cuídate, mijita.
Nunca olvidaría Lupita esa enseñanza y la profunda generosidad de su padre que ese día la llevó, en contra de su voluntad, al aeropuerto de Culiacán para que ella siguiera su destino.
Tiempo después Héctor Stone y Elisa Balderrama se enamoraron. Fue una amiga y una segunda madre para sus hijos a los que les dio, según recuerda Lupita, dos hermosas hermanas.
Lupita Stone y Víctor Manuel Díaz Simental se conocieron en el Centro Médico La Raza cuando ambos hacían la especialidad, en esa época de sueños y desvelos de estudiante. Ella otorrinolaringología, él neurocirugía. Un año después se unieron en matrimonio y tuvieron tres hijos quienes al casarse, los hicieron abuelos de seis preciosos nietos.
El sacerdote, ingeniero químico, doctor en historia e investigador universitario Sergio Ortega Noriega, decimotercer miembro del Consejo del Colegio de Sinaloa, recién fallecido, fue maestro de Lupita en la preparatoria del Colegio Mochis, amigo y consejero durante toda su carrera. Como presbítero ofició el matrimonio entre Lupita Stone y Víctor Díaz, luego bautizó a sus hijos y estuvo presente en su familia hasta los últimos días de su vida.
Por supuesto, eso no hubiera sido posible sin la intervención de Héctor Stone, en ese eterno juego con el tiempo, que como ya mencionamos, es la esencia entre el pasado, presente y futuro, y esa frase que Lupita nunca olvidaría cuando el avión despegó rumbo a su destino:
“Los padres son para los hijos, pero en este momento los hijos no son para los padres”.
POR AMOR A LOS VIEJOS
Ese juego del tiempo y ese “hubiera” que acompaña los insospechados actos de la vida, hizo que Lupita Stone se interesara por especializarse en atender la salud de los adultos mayores, débiles, olvidados y en ocasiones, abandonados a su mundo de soledad.
Médica cirujana egresada de la Universidad La Salle con certificación en la especialidad de Otorrinolaringología por el Consejo Mexicano de Cirugía de Cabeza y Cuello, Lupita Stone eligió un nuevo camino profesional: estudiar la vejez.
Cuando el doctor Víctor Díaz fue secretario de salud en la administración del gobernador Renato Vega Alvarado, Lupita Stone tuvo la oportunidad de compartir el trabajo voluntario con la señora Juana María Carrillo de Vega, Noemí Ales Gatti y Clarissa Haberman.
“Si no hubiesen incluido a la Secretaría de Salud en el Programa de Atención a los Ancianos, no habría logrado hacer nada de lo que he hecho; por primera vez tenían a quien acudir, un canal por el cual manifestar sus múltiples y tremendas necesidades nunca escuchadas”, recuerda.
Fue cuando, con el fin de recuperar la sazón de la familia sinaloense, fue realizado el libro “Las Recetas de la Abuela”. Con la exitosa venta de ese libro se pudieron atender algunas de las muchas necesidades de los ancianos.
Luego vino el sueño de un Centro de Cuidado Diurno para los ancianos que se quedaban solos en su casa y la señora Juana María Carrillo de Vega hizo realidad ese anhelo creando la primera instalación de este tipo para Sinaloa, de la cual fue directora fundadora Alba Luz Vizcarra, y que ahora ha continuado con la Lic. Ana Cristina Olivera Jones.
Nace el libro “Llegar bien a la Vejez” como una respuesta a las vivencias de familias sinaloenses que desean saber cómo tratar a sus viejos y al mismo tiempo envejecer bien.
Cuando el doctor Víctor Díaz es ratificado como secretario de salud por el gobernador Juan S. Millán, la señora Lupita Pietsch de Millán invita a Lupita Stone a continuar en el Voluntariado en la atención de los ancianos. Ante estas nuevas experiencias, escribe el libro “De visita en el asilo”, organiza cursos de capacitación gerontológica y un diplomado con duración de un año al que asistieron 250 médicos, enfermeras y trabajadoras sociales, entre otros logros.
Se integra a diversas asociaciones como la American Geriatric Society, la Asociación Mexicana de Gerontología y Geriatría en Sinaloa, fundando la Asociación Gerontológica y Geriátrica de Sinaloa, A.C. y la Asociación Alzheimer Sinaloa, A.C., las cuales preside hasta la fecha.
Trillas, una editorial mexicana con difusión internacional, publica el libro “Llegar bien a la Vejez”. En una importante etapa de su vida, asume el reto de impartir cátedra en la Universidad La Salle y en el Colegio Chapultepec. Actualmente, participa en la lucha contra el Alzheimer; su impacto en la familia y en la sociedad son los temas de su próximo libro.
A LA MEMORIA DE HÉCTOR STONE HARO
Luego de tantos caminos recorridos que tuvieron el mismo origen, el primer “hubiera” quizás sería: si Héctor Stone no hubiera subido a su hija al avión para que siguiera su destino, nada sería igual. “Papá, te amo” fueron las palabras con las que la doctora Lupita se despidió de su padre, Héctor Stone. El cuerpo de Don Héctor fue incinerado. Sus cenizas reposan y sus recuerdos perduran. Este miércoles, jueves y viernes, 13, 14 y 15 de enero, es la celebración de misas en su memoria en la Iglesia de Santa Inés a partir de las 18:00 horas. No hay nada más triste que el último adiós, pero quien ha sembrado y cosechado amor, participa de la gloria y el descanso eterno. Es tiempo de soñar profundamente con su recuerdo.