Nueva York / Culiacán.- El silencio reverencial que por casi cincuenta años se guardó en las brechas del Salado, las fincas de El Álamo y las cañadas más profundas de la Sierra Madre Occidental se mudó de golpe a la sala 8D del tribunal federal en Brooklyn. Ahí, donde los reflectores de la justicia estadounidense reemplazaron el amparo del monte y la sombra del sombrero, Ismael “El Mayo” Zambada García firmó la última página de su libreto.
Nacido en la humilde comunidad rural de El Salado —el poblado perteneciente al municipio de Culiacán que se convertiría con las décadas en el bastión inexpugnable y centro de operaciones del narcotráfico sinaloense—, Ismael empezó desde abajo. Fue criado entre la tierra seca, la siembra de temporal y la pobreza del campo, trabajando en su juventud como agricultor y canalero en las obras de riego de la región.
De esos caminos de tierra y brechas de El Salado emergió el joven campesino que terminó tejiendo la red financiera y operativa más poderosa del hemisferio: el cerebro, negociador implacable y pilar histórico del Cártel de Sinaloa. El único capo de la vieja escuela que ostentaba el mito de no haber tocado una sola celda en medio siglo irrumpió en la audiencia convertido en la estampa viva de la decadencia: un anciano de 76 años profundamente mermado, arrastrando la pierna derecha, apoyado pesadamente en el hombro de sus abogados y vistiendo la mermada piyama gris de recluso federal.
El hombre por cuya cabeza el gobierno gringo ofreció hasta 15 millones de dólares —aquella recompensa astronómica de la que la plebe y los corridos norteños presumían en las letras del grupo Escolta de Guerra alegando que el capo “se la gastaba comprando un caballo”— soltó un doloroso quejido que se escuchó en toda la sala al intentar acomodarse en la silla.
Quedó frente a frente con el juez Brian Cogan, el mismo magistrado implacable que años atrás mandó a pudrirse en la cárcel a su antiguo socio, Joaquín “El Chapo” Guzmán.
El clímax de la jornada se dio cuando el legendario Señor del Sombrero pidió permiso para hablar. Se caló con torpeza unos lentes de lectura y, con un par de hojas arrugadas temblándole entre los dedos, leyó un mensaje con voz áspera, marcando la primera vez en toda su vida que soltaba una palabra de cara a la luz pública sin el tamiz de la clandestinidad.
Dijo sentir un profundo pesar por las familias devastadas por las décadas de fuego que demandó el negocio del narcotráfico y pidió disculpas a los hogares atrapados en esa vorágine, antes de rematar con una frase que cayó como losa de concreto sobre ambos lados de la frontera: “Sé el dolor que las acciones cometidas por el negocio que encabecé causaron en miles de familias. Pido perdón a todas aquellas personas y hogares afectados. Hoy me doy cuenta de que en esta guerra nadie gana, todos perdemos”.
La respuesta del sistema no tardó ni un minuto: el juez Cogan dejó caer el mazo dictándole cadena perpetua sin derecho a salir jamás a respirar aire libre, además de clavarle una orden de decomiso por 15,000 millones de dólares, el equivalente al caudal acumulado durante medio siglo de mover toneladas de cocaína, metanfetamina, heroína y fentanilo hacia el mercado norteamericano.
La pugna por la celda final: ¿el quirófano o la sombra de Colorado?
Pero tras el ceremonial del juzgado, la verdadera tiradera entre la defensa y los fiscales de la FEDS se libró por el destino final del capo. Conscientes de que el acuerdo para evitar la pena de muerte ya llevaba escrita la condena de por vida, la plebe de abogados de Zambada volcó todo su pleito en evitar a toda costa que lo manden al infierno de hormigón de ADX Florence, el penal de súper máxima seguridad en Colorado donde el aislamiento total quiebra la mente de cualquiera y donde se consume su antiguo socio.
Los defensores le arrimaron al juez un abultado expediente médico argumentando que el viejo ranchero está sumamente deteriorado de salud, achacándole achaques graves de la edad, diabetes, problemas crónicos y movilidad reducida, por lo que suplicaron que sea enviado a un centro hospitalario-administrativo de alta seguridad donde lo tengan con suero y médicos a la mano.
Sin embargo, los fiscales federales se mantuvieron tercos y duros en el estrado. La fiscalía le alegó a la corte que ni anciano, ni cojo, ni enfermo se le puede dar trato de seda al hombre que tejió la red criminal más poderosa desde las tierras de Sinaloa, pues su pura sombra y su palabra siguen moviendo fichas y levantando la marea en la sierra.
El juez Cogan tomó nota de los achaques expuestos por la defensa pero dejó en claro que la pelota no está en su cancha: la decisión de mandarlo a la enfermería penal o enterrarlo en el aislamiento total de Colorado quedó enteramente en manos del Buró Federal de Prisiones (BOP), organismo que en las próximas semanas definirá en qué rincón de Estados Unidos se apagará definitivamente el legendario líder que un día salió de El Salado.
Redacción/LaPared
