Crónica | Jorge Iván Chavarín | Matanzas, la Atenas perdida del Caribe

Por Jorge Iván Chavarín

Me han dicho que en La Habana no se camina, se baila. Cuba es la isla más grande de las Antillas, rodeada por otras de menor tamaño que, a su lado, parecen sus lágrimas. Su adjetivo de prohibida quedó atrás hace muchos años, ahora se ha convertido en uno de los puntos más recurrente para los viajeros. El sello rosado en los pasaportes es indispensable para que entren los Magallanes modernos. Un país de corte socialista donde puedes encontrar una cuba libre con Coca cola a un precio tres veces mayor que con el refresco local: “Tu Cola”.

Lamentablemente en nuestra cartografía interna solo somos capaces de difuminar La Habana y Varadero, dos zonas turísticas con mucha belleza que roban protagonismo a otros espacios igual de impactantes; recorrer las ciudades y pueblos cubanos en un taxi ilegal, fingiendo ser un estudiante de medicina de intercambio, ha sido una de las experiencias más alucinante que he tenido como travel. Desde Playa Ancón hasta las Playas de Santa María, pasando por la trova de Cienfuegos y Trinidad, mi preferido fue el poblado de Matanzas, una comunidad cercana a Varadero, caracterizada por poseer aguas vírgenes de color esmeralda, árboles envueltos en llamas y decenas de puentes esparcidos entre los tres ríos que golpean duro antes de desembocar al Atlántico.

Matanzas es una Atenas perdida en las Antillas, me dijo Jorge Cardenal, un amigo poeta que me había invitado a conocer su hogar. Jorge sirvió como un Virgilio mulato que después de terminar su turno en la boticaria más antigua de Latinoamérica me presentó los callejones de su ciudad. Galerías y talleres de arte junto al rio San Juan donde éramos saludados por artistas locales, la mayoría de ellos escultores que podían pagar sus proyectos con la venta de café y licor a turistas. Cuando hay suerte un europeo que gustó de nuestro expreso se atreve a comprar alguna obra, me explica y luego me mostró que para eso colocan mesas al exterior e invitan amigos músicos a tocar. Lo turistas llegaban picados por la curiosidad. Presumieron que la unión de artistas matanceros era más fuerte que la de otras partes del mundo: No ganamos mucho, pero somos felices, todos los días esculpimos, pintamos o escribimos. La gente viene, observa nuestro arte y bebemos juntos. Cada día hay una fiesta y extranjeros que sorprender con nuestro espíritu.

Para llegar a un destino en Matanzas es casi obligatorio el pase por alguno de los puentes. Nuevos o viejos. Metal o madera. Con historias de suicidas o con historias de primeros besos. Nunca repetimos puente. Una imprenta manual donde hombres giraban rodillos enormes, manchados de tinta que corroe por todos lados: Ahí nacen los libros de la editorial Cristal, es la que publica a todos los poetas locales, me dijo Cardenal. Rollos de papel que se cortan en guillotinas. Me fueron regaladas veinte plaquetas de distintos poetas, incluida La isla que flota y Narciso jorobado, de mi amigo.

El teatro Sauto poseía su alta gama de artistas, siendo el guitarrista Andrés Segovia el único que reconocí en una de las fotografías en blanco y negro distribuidas en la pared de invitados ilustres. En la plaza centro Comimos una pizza con aceitunas negras, el queso apestaba y era agrio, y helado de fresa sobre pan dulce. Regresamos a tomar unas cervezas con los amigos artistas que ya bailaban al ritmo de las percusiones, cubetas pintadas de verde y azul.

La noche terminó en una de las playas que se ocultaba entre árboles.  Ya había fogatas de locales. Compramos una botella de ron casero y cerveza Bucanero a uno de los vendedores que llegaban con carros de supermercado. Hicimos nuestro fuego con ramas secas, usaron un aceite que se dejó devorar por el fosforo con facilidad. Se compraron palomitas y semillas de girasol a otro vendedor. Quedábamos cinco de la tertulia junto al rio. La tradición es terminar los festejos junto al mar, me aclaró Comenzal. Hablaron del barro, la pintura, el papel, el ladrillo y demás cosas con las cuales ellos trabajaban. Yo solo escuchaba mientras las fogatas se expandían por la playa como luciérnagas. Mi amigo declamando un poema a su hija que se fue a Miami. Otra botella. Un sonido de guitarra tocando a lo lejos. La brisa del mar que nos golpea la frente. Anécdotas de la vida en la unión soviética. El golpear de las aguas esmeraldas con las rocas. Anécdotas de la vida en Rumania. Las risas de los amigos y el rechinar de las llantas del carrito que nos trae botellas de ron.  Los tres ríos que se pierden en el mar y la boca de la noche devorando un pueblo donde la gente camina descalza y escucha una música lejana que nunca se extingue.

 

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Jorge Iván Chavarín (Culiacán, 1991). Egresado en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Autónoma de Sinaloa y de la Escuela Normal de Sinaloa. Ha participado en distintos cursos y talleres con escritores como Élmer Mendoza, David Toscana y Federico Campbell. Ha publicado cuentos y ensayos en revistas regionales y nacionales como Terrario, Akáes, La Sombra, Fricciones y Timonel. Becario Interfaz en el programa Los signos en rotación en 2016 y beneficiario del Programa de Estímulos a Creadores del Estado de Sinaloa en 2017-2018. Fue partícipe en la antología de cuento Todos los nombres cuentan y de Libro Negro. Narrativa de no ficción. 

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