Ataúd y mediodía | “Regresión” de Jorge Luis Almaral

Cuando era niño solía tener miedo de una caricatura. Esta en si no era el problema. Ver los créditos era lo que me aterrorizaba. Escuchar esa canción, ver esas imágenes. El simple hecho de acordarme provoca escalofríos por todo mi cuerpo. Recuerdo que cuando escuchaba el dibujo animado, corría a cambiarle de canal, sabía que consecuentemente si me quedaba a verla, terminaría viendo el final de esta y presenciaría esa secuencia cinemática que tanto me asustaba.

¿Por qué estoy contando esto? Sucede que últimamente no he podido dejar de escuchar esa canción en mi cabeza. Cierro los ojos y las imágenes de los créditos de esa caricatura surgen de vuelta. Incluso, ha comenzado a afectar en mi vida diaria. He comenzado a mirar por la comisura de mi ojo siluetas acercarse a mí, formas muy familiares a aquellas criaturas. No he parado de oír el coro de la canción como susurro detrás de mis pensamientos. Parece que no puedo evadir hablar de esta caricatura si quiero continuar hablando del tema.

Su nombre es Conde Pátula, es una sátira simplona que trata de un pato vampiro que es vegetariano o algo así; en sí de miedo no tiene nada, de hecho recuerdo que me entretenía, y justamente por eso me apresuraba tanto a cambiarle de canal. Ya que si me descuidaba podía quedarme viéndola y cuando menos me lo esperaba tendría enfrente de mí sus créditos. Y es que aunque estos parecen inocentes, la canción a pesar de que es juguetona, dejaba un mensaje muy claro: si algo te asustaba, si algo se te aparecía, era la manifestación de él, en el contexto de la caricatura naturalmente nos referíamos al conde Pátula, el protagonista. Pero para mí era algo más bizarro, pues las imágenes que aparecían parecían recortes de personas en movimiento, no concordaban con el estilo de la caricatura, lo que le sugería a mi subconsciente algo mucho más siniestro. ¿Y si la canción no habla en realidad del conde Pátula? ¿Qué tal si está advirtiendo sobre algo más? Solo pensarlo me eriza los bellos de los brazos.

Esto probablemente hubiera quedado como una anécdota curiosa sobre mi infancia, si no fuera por cierta noche en la que mi papá decidió que era momento de ayudarme a encarar ese miedo. Recuerdo que me tomó de la mano y me sentó a un lado de él en la cama. Vimos el show hasta el final. Cuando llegaron los créditos recuerdo haberme paralizado mientras veía algo inexplicable. Era otro final. En este, se mantenía el mismo estilo que en el anterior, tenía incluso la misma canción. Pero las apariciones eran distintas; un niño sostenido por un adulto que al cambio de la música parecía poseído y extendía sus brazos hacia la cámara buscando tomarla, una mujer en un vestido de noche de espaldas que después volteaba mostrando una sonrisa que sugería locura y una mirada de desesperación, un hombre vestido de manera elegante cruzando un pasillo visto desde arriba que al quitarse el sombrero revelaba ser un esqueleto y, una estatua de una monja rezando que al caer un trueno comenzaba llorar mientras movía los labios simulando cantar la última estrofa “debes implorar, de suplicar, que nunca te aparezca”. Recuerdo que estaba temblando, confundido pero sobre todo completamente horrorizado. Cuando por fin terminó, vi a mi padre muy relajado decirme, mientras sonreía con los ojos entre cerrados, que no había nada que temer, que solo era una caricatura. No sé qué me resultó más inquietante, el cambio de la secuencia de créditos o la gran tranquilidad de mi padre. Lo cierto es que ese final jamás lo volví a ver. Cuando hablo con otras personas que conocen la caricatura parece que nadie ha visto esta versión alternativa y mi padre, no recuerda esa noche.

Con el paso de los años, la canción dejo de asomarse en mi cabeza. De vez en cuando aparecía por mi memoria y a pesar de que me provocaba el mismo sentimiento de temor que de niño, eventualmente se iba y continuaba mi vida. Esto fue así hasta hace una semana. Estaba en una reunión con unos amigos y a alguien se le ocurrió hablar de caricaturas de nuestra niñez. Ya saben, este tema siempre lleva a los mismos comentarios de siempre: el intro de los Thundercats, la carga homoerótica de He-Man, la ultra violencia de Tom y Jerry, el diseño de los Halcones Galácticos, las parodias de Animaniacs, el bizarro humor de Ren y Stimpy, la genialidad de la serie de Batman, las frases de los Tiny Toons. Pero justamente alguien hizo esa observación, que siempre hablábamos de las mismas caricaturas. Y fue cuando comenzamos a esforzarnos más, y tarde o temprano, salió al tema el Conde Pátula, rápida e inconscientemente expresé con desdén que no me gustaba, eso hizo que habláramos de otra cosa, pero no evitó que se quedará presente en mi cabeza el resto de la velada. Al llegar esa noche al departamento, no pude evitar buscar en youtube los créditos de esa caricatura. Me convencí que lo hacía para comprobarme que lo había superado. Solo para descubrir que todavía me daba escalofríos. No pude dormir esa noche. Cada vez que cerraba los ojos podía ver el final alternativo repetirse una y otra vez, cada vez más vívido, cada vez menos difuso. De hecho, me sentía tan inseguro que terminé marcándole a mi madre, obviamente no le dije que tenía miedo, pero hablar con ella me tranquilizó lo suficiente como para soportar el resto de la noche.

Después de ese día las cosas no han sido fáciles. Me he sorprendido prendiendo todas las luces de la casa. Se me hace ridículo admitirlo pero, el miedo a la oscuridad ha vuelto. Extraño a mis padres, no me siento seguro en la casa, me causa mucha ansiedad cruzar el pasillo que va a mi cuarto, la ventana que está ahí es muy grande y siento que hay algo detrás de ella observándome. ¿Qué locura no? Quizás solo es paranoia, que es lo que me decía el otro día cuando un señor de sombrero me pidió la hora y yo casi doy un salto hacia atrás cuando descubrió su cabeza. Obviamente, no era un esqueleto. Pero la verdad es que caminar por la ciudad de noche me está resultando muy complicado. Desconfío de los transeúntes, no porque tenga miedo de ser robado o algo así, tengo miedo de que no sean lo que aparentan por fuera. Llevo cuatro noches que no duermo bien. Me acuesto y titubeo por horas para apagar la luz. Y cuando lo hago, me cubro con mi sabana y cobertor, me acurruco y uso el celular hasta que me vence el sueño.

Por supuesto que no he hablado con nadie sobre esto. No quiero que piensen que soy un cobarde que le tiene miedo a una caricatura. Y justamente es la misma razón por la cual no he invitado a nadie a quedarse conmigo. Digo, todavía tengo dignidad. Pero mentiría si dijera que no me vendría mal que mis papás vinieran de visita, ya estuviera en su casa si no fuera porque mi trabajo no me lo permite. Que hablando de la oficina, la verdad es que entre más pasan los días más le encuentro parecido a la secretaria de mi jefe a la mujer que aparece en el final alternativo. Yo sé, yo sé, ya a este punto estoy predispuesto a encontrar similitudes de manera inconsciente, son demasiadas coincidencias para ser tomadas en serio.

Todo hasta la tarde de hoy era controlable y dentro de los confines de mi imaginación. Y es que esta tarde al regresar del trabajo, una calle en mantenimiento (por culpa de las lluvias) me hizo desviarme de mi ruta habitual, y tomar una calle por la que no me muevo. En el primer alto por semáforo en rojo volteo a mi izquierda y noto una iglesia pequeña. Levanto la mirada. Y la veo. La maldita estatua de la monja llorona justo arriba de la entrada de la iglesia. Se me cayó el mundo en ese momento. Sentí como mi piel bajaba de temperatura y se erizaban mis bellos, mi corazón se aceleraba y dentro de mi cabeza, un gran deseo de gritar. De pronto me pita un carro, lo que me ayuda a escapar momentáneamente de mí. Aceleré. Y seguí acelerando. Ahora más consiente que nunca de que si no me apuraba, llegaría a mi casa ya que se ocultara el sol. No quería abrir esa puerta si la oscuridad era lo que me esperaba en esas habitaciones. No quería tener que prender las luces de noche. Pero eso fue lo que pasó. La lluvia apretó y provocó un embotellamiento. Llegué a mi casa una hora más tarde de lo habitual. El edificio estaba oscuro, silencioso. Estaba tronando y yo corriendo por las escaleras porque el elevador dejó de funcionar. En cada descanso de las escaleras asomaba la cabeza para que no me tomara de sorpresa lo que sea que pudiera esperarme en el punto ciego. Solo tres pisos, me repetía en mi cabeza mientras daba zancadas para subir más rápido. Cuando al fin llegué, abrí la puerta con cuidado. Vi hacia adentro de mi casa. Estaba invadida por la penumbra, titubeé un poco pero metí mi mano para buscar el interruptor de la sala y prendí la luz, luego me armé de valor, y prendí todas las luces. Me metí a mi cuarto y puse música en el celular. Siento que esto no es normal, pero creo que yo también le he dado mucha rienda suelta. Justo cuando estaba mi canción favorita, truena y detrás del trueno se va la luz. Me quedé a oscuras en mi cuarto. Quité la música. No soy un niño, yo no le tengo miedo a la oscuridad, y no necesito que mi mami esté conmigo para sentirme seguro. No hay nada acechando en la oscuridad y yo estoy a salvo en mi casa. Esos ruidos que suenan fuera de la casa es solo basura que es arrastrada por el agua. Esos llantos agudos, no son más que el viento atravesando por las ramas de los árboles. Y sobre todo, ese bulto que se ve al fondo del pasillo que da a la sala es solo la sombra de algún tiliche que dejé fuera de lugar.  Si, lo acabo de confirmar gracias a un trueno. Es solo una caja de paquetería que dejé en la sala. Es el colmo, estoy aquí sentado con mis rodillas casi en mi cara en la esquina de mi cama repegado a la pared. Soy un adulto, tengo que encarar mis miedos. Iré a la sala. Solo tengo que atravesar el pasillo. No es tan lejos. No está tan oscuro. La ventana no me da miedo. No hay nada detrás de ella, ni siquiera tengo que asomarme. Solo necesito cerciorarme de que no haya nada fuera de lugar en la sala. Qué bueno que mi teléfono tiene buena iluminación. Nada fuera de lugar al parecer. Un momento, que es ese ruido. Suena como si rasgaran la puerta. Seguramente una rama. No para. De hecho, parece más intenso. ¿Qué está pasando? Esta noche se está volviendo cada vez más estresante. Puedo escuchar alguien llorando detrás de la puerta. Los rasguños no paran. ¡No! Solo es basura y viento. Basura y viento. Debería de llamar a la policía. Calmado, calmado. Se han detenido los ruidos y los rasguños. ¿Ves? Solo es la lluvia. Acaban de golpear la puerta. No voy a quedarme averiguar. Me voy a mi cuarto. Le llamaré a mi mamá, si ella sabrá que hacer. Me acabo de encerrar en mi cuarto. No entra la llamada. En mi cabeza no para de repetirse la canción una y otra vez. 4% de batería en el teléfono. ¿Porque tenía que escuchar música? No entra la llamada. Mami, ¿dónde estás? Tengo miedo. Escuche algo en el pasillo. No entra la llamada. Papi, no quiero estar solo. Vengan por mí. Se apagó el celular. Estoy totalmente a oscuras en mi cuarto. Mami, papi, tengo miedo. Por favor, vengan por mí. Tengo miedo. No quiero que se me aparezca. Escucho rasguños en las paredes. Por favor, no me dejen solo esta noche.

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Jorge Luis Almaral es desarrollador de videojuegos y escritor. Formó parte de la antología Festín de muertos. Antología de zombies mexicanos que editó Océano.

© Imagen de la serie Count Duckula (Conde Patula)

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