Ataúd y mediodía | “La otra tumba” por Hernán Arturo Ruiz

Hubo un tiempo en el que mamá y yo visitábamos al abuelo en el panteón. Ella con un ramo de flores y una bolsa con veladoras, mientras que yo arrastraba una escoba y un balde lleno de agua.

—Tú barre las hojas y quémalas en aquella esquina —mamá repartía el ramo de crisantemos entre los dos floreros de granito. Después tallaba con un trapo todo el azulejo hasta dejarlo reluciente. Encendía las veladoras, un cigarro y se quedaba viendo el lugar donde yacía su padre. Yo no lo conocí, y mamá muy poco, pues él murió cuando era una niña de cinco años—. Siempre que llegaba del trabajo me pedía que le quitara las botas y los calcetines, trato de acordarme de su rostro, pero lo veo borroso, distorsionado. Lo único que tengo presente es su voz.

Era lo mismo todo el tiempo. La historia de cómo una tarde le avisaron a mi abuela que una camioneta lo atropelló en el camino a La Cofradía de San José, y  las horas que mamá tuvo que esperar con una tía que no dejaba de asomarse a la ventana y repetirle: Pobrecita, mi niña, tan chiquita, tan tierna. Y ella sin entender por qué le decía esas cosas, por qué no regresaban sus papás para llevársela a la casa. Hasta que al otro día, luego de esperarlos en la sala y quedarse dormida con los ojos hinchados por las lágrimas, le dijeron que tenía que ser fuerte ahora que su papá se había ido al cielo. Al contarme eso le daba una profunda calada al cigarro y se reía mirándose las manos.

—¿Tú crees que yo iba a ser fuerte a los cinco años? Ni siquiera sabía de qué chingados hablaba tu tío José. Porque fue él el que me dijo, no tu abuela, ella ni siquiera se acordaba de mí en esos momentos.

Nunca tuve una respuesta para eso. Lo único que se me ocurría era verla en silencio y levantar los hombros con un gesto comprensivo. Después ella seguía. Siempre seguía:

—No me acuerdo de su cara, por más que lo intento. Sé cómo era por las fotos, pero no es lo mismo. En el velorio ni siquiera me permitieron asomarme al ataúd. Yo necesitaba saber que era cierto, que mi padre estaba acostado en ese lugar aunque no entendiera bien por qué.

Sus ojos se clavaban en la tumba. Su mirada tenía una carga de odio que nunca supe a quién iba dirigida. Sí a mi abuelo por morirse tan temprano, a ella por no recordarlo claramente o a su propia madre que un día le juró: Por la virgen santa, hijita, que no voy a olvidar a tu papá, que lo llevaré clavado siempre en mi memoria, y sin embargo, una tarde apareció del brazo de otro hombre, lista para rehacer su vida. Después de eso la dejó en casa de tía Olivia para que terminara de criarla. Al llegar a ese punto encendía las veladoras con lo último que le quedaba del cigarro y luego de aplastar la colilla en la tierra húmeda encendía otro. A nuestro alrededor casi nunca había nadie, era la parte más vieja del panteón en donde la tierra ya había se había tragado varias tumbas. Sólo les quedaba visibles un trocito de concreto o una cruz llena de óxido. Mamá terminaba la historia justo en el momento en que se vino a la ciudad a continuar sus estudios universitarios, después me pedía que recogiera todo para irnos.

—Ya nos vamos, papito lindo, nos vemos pronto, ¿sí? —su voz era delgada cuando se despedía, como si volviera a tener cinco años.

Muchas veces, antes de iniciar la marcha hacia la salida, enterraba los dedos en la tierra y decía: ¿Papá, papito? ¿Puedes ver mi mano? Soy yo, tu hija. Luego de unos minutos se levantaba y Ahora sí, Manuel, vámonos que ya es bien tarde.

La casa que teníamos era lo único que le quedó a mamá luego del divorcio. Eso y una pensión que cada quince días mi papá depositaba. Además de ese dinero iba por mí a la escuela de vez en cuando y no hubo navidad en la que no me mandara algún regalo, pero nada más. Los consejos, los permisos, los regaños, todos iban por cuenta de mi madre y a veces de la abuela que nos visitaba los domingos. Recuerdo haberla visto desde la ventana bajar del taxi con bolsas llenas de verduras y pescado para hacer ceviche. Por muchos años mamá no quiso saber nada de ella. ¿Para qué le iba a hablar? ¿Para reprocharle el abandono? ¿Para decirle que lo mismo hubiera dado que se muriera también en el camino a la Cofradía de San José? Sólo pudieron reconciliarse cuando se enteraron que serían madre y abuela respectivamente. La vieja cuidó de nosotros los primeros meses de mi nacimiento: a mamá le cambiaba las gasas de la cesárea, le enseñó a bañarme, a preparar mi biberón, y cuando dije mis primeras palabras volvió con su marido. Luego papá se fue de la casa. Desde entonces ahí estuvo mi Nana Luz cada domingo, lista para curtir el pescado y picar las verduras con su hija y con su nieto.

Una mañana mamá me dijo que iríamos a cenar con sus tíos, los hermanos de mi abuelo. Me obligó a cambiarme de ropa varias veces hasta que quedó satisfecha. Ella se probó un vestido, dos trajes y una falda larga, pero al final optó por una blusa holgada y un pantalón de vestir.

—¿Pasa algo? —le pregunté cuando íbamos en camino, pues encendió un cigarro mientras manejaba y según ella, nunca fumaría en aquel auto que tanto le costó.

—Nada, Manuel, es que no trato con ellos desde hace tiempo.

—¿Y por qué nos invitaron a cenar, es cumpleaños de alguien?

—No. Según que quieren hablar conmigo sobre la tumba de tu abuelo —luego murmuró algo que no pude entender.

El lugar donde sería la cena era la casa de tío Ricardo, el más grande. Cuando llegamos él y tío José tomaban vino en la entrada. Los dos tenían el cabello gris y bigotes a la Pancho Villa. Yo los había visto pocas veces y no recordaba lo mucho que se parecían al hombre del retrato colgado en la habitación de mamá.

—Mira, Ricardo —tío José se paró frente a mí y me vio con una sonrisa—, cómo se parece este cabrón a mi hermanito, vele nomás la pura frente.

Antes de terminar de hablar me dio un abrazo y el tío Ricardo apenas y se tomó la molestia de saludarme con un ademán.

—Pásenle, Olga, en la sala están Olivia y la Maru—indicó con voz rasposa.

Adentro nos esperaban dos mujeres mayores. Ambas con el cabello pintado de rojo. Cuando vieron a mi madre la abrazaron efusivamente y a mí me saludaron con sonrisas agrietadas.

—Ya vieron cómo se parece al Grillo—tío José me dio una palmada en el hombro—. ¿Cuántos años tienes?

—Trece, tío.

—Hijo de la chingada, hasta la pinche voz.

Mamá me pasó una mano por el cuello. Tenía la cara roja y unas perlitas de sudor en la frente. Los otros tíos se habían ido a sentar a la mesa, a excepción de la Maru que fue a apagar la estufa. Nosotros los seguimos. Se sirvió el pollo y comimos en silencio. Desde mi lugar se podía ver la sala del tío Ricardo, los libreros llenos, las fotos de él y su familia en playas y lugares nevados.

—¿Y los niños y Amelia, tío? —dijo mamá de pronto.

—Andan con mi suegra —respondió él sin apartar la vista de su plato.

—Ah —mamá picaba los restos de su pollo y me veía de vez en cuando animándome a comer.

Al terminar, las tías Olivia y Maru levantaron los platos y se pusieron a lavarlos. Tío José y Ricardo le pidieron a mamá que saliera con ellos al porche y yo me quedé sentado en el comedor.

—¿Vas a la escuela, Manuel? —me preguntó tía Olivia.

—Sí, en la secundaria Independencia.

—¿Ahí? —la Maru volteó con una mueca de asco— ¿No es donde le encontraron a unos niños cuchillos en las mochilas hace poco?

—No sé —mentí, aquellos niños eran mis amigos: el Monono, el Arko y el Michel— No me enteré de eso, tía.

—Pues esta Olga que mal se deja ver teniendo en una escuela pública a su hijo, Fabián se me muere si lo saco de la Católica.

Ya no supe cuál de las dos dijo eso y honestamente no me importó, pues mamá volvió del porche con los ojos brillosos y la cara todavía más roja que cuando llegamos. Me tomó bruscamente del brazo.

—Ya es hora de irnos.

—¿Olguita, hija, estás bien? —tampoco supe quién hizo esa pregunta.

Cuando subimos al carro mamá temblaba. Los tíos José y Ricardo nos veían desde la acera con gestos duros y las ancianas nos hacían ademanes para que volviéramos.

—¿Qué pasó, que te dijeron?

Ella iba en silencio, pasándose la mayoría de los semáforos en rojo. Al llegar a la casa yo tuve que apagar las luces del carro y ponerle los seguros. Mamá se metió a su habitación y pude escuchar durante un buen rato sus sollozos. Varias veces le toqué la puerta, pero no me respondió. Sin embargo, casi a las doce de la noche fue a mi cuarto y se acostó conmigo.

—¿Sabes lo que me dijeron tus tíos?

—No. ¿Qué?

—Que quieren sacar a mi papá de su tumba, que van a arreglar el terreno para los suegros de Ricardo, que se los debo después de todo el apoyo que me dieron.

Sentí que un ardor intenso me recorría el estómago.

—¿Apoyo? Pero si nunca nos han dado nada, apenas y los conozco porque ni siquiera nos visitan.

—Pues como ellos me dieron el dinero para venirme a estudiar a la ciudad dicen que se las debo. Pero cabrones, querer cobrármelo así, sacando a mi papá de la tumba, a su propio hermano. Son unos hijos de la chingada, con todo el dinero que tienen y quieren precisamente ese lugar.

En cuanto me di cuenta de que lloraba la abracé. Los focos estaban apagados, apenas y podía ver su silueta a un lado de la mía.

—No se los voy a entregar, así tenga que darles mis ahorros para saldar mi deuda. Pero a mi papá no lo saco de ahí y ellos deberían pensar lo mismo. Ellos que nunca se preocuparon por la única hija de su hermano. Al contrario, hacían como que no me conocían cuando iba de visita al pueblo. En los años que viví con tu tía Olivia fue como si no viviera con nadie, a todos les daba igual si yo comía, si me enfermaba o si necesitaba útiles escolares, hasta a tu abuela, que en ese tiempo estaba muy a gusto disfrutando de su nuevo matrimonio—su voz se quebraba más con cada palabra— Toda mi infancia estuvo llena de soledad y lástima, porque aunque nadie me lo dijera en la cara,  yo sé bien que al verme lo primero que la gente pensaba era: mira, ahí va la niña que no tiene padres, pobrecita, ahí va esa que anda sola por la vida. Y ahora esto. El único acto de amor que tuvieron fue darme dinero para que me viniera a la ciudad, luego se vinieron ellos y tampoco a aquí les importó buscarme —hubo un silencio largo, afligido, creí que se había quedado dormida, pero siguió— Si les guardo algo de cariño, de respeto, es porque en ellos corre la sangre del hombre que me dio la vida, porque apenas así sé que alguna vez tuve papá.

El cuello de mi pijama estaba húmedo por sus lágrimas. Le pedí que se tranquilizara, que ya veríamos la forma de hacerles entender que mi abuelo se quedaría en su tumba. Mamá me abrazó con fuerza. No dejaba de llorar, de maldecir a su familia. Entonces me di cuenta de que yo también lloraba. De que en mi cara las lágrimas de ambos se habían unido y ya no supe dónde terminaba su tristeza y comenzaba la mía. Los desprecios que tuvo que vivir, las humillaciones de sus tíos hijos de puta, de mi abuela a la que en ese momento odié y me dije que no le abriría la puerta el próximo domingo. Ya, mamita, olvídate de ellos, de todos, no los necesitamos. Poco a poco su llanto se fue haciendo débil, hasta que sólo quedaron suspiros y un lamento torpe y apagado.

Al día siguiente la encontré tranquila haciendo el desayuno. Me sirvió un par de huevos estrellados y una pila de hot cakes.

—¿A qué hora te levantaste, mamá?

—Como a las cinco fui al baño y ya no me pude dormir —le puso azúcar a una taza de café y se la llevó a los labios.

—¿Y qué estuviste haciendo?

—Pues limpié la estufa, el horno y mientras lo hacía pensé mucho en lo que me dijeron tus tíos —hizo una pausa para tomar un hot cake de mi plato—. Creo que sí les voy a dar la tumba.

Antes de que le preguntara cualquier cosa me dijo que el tío Ricardo no dejaría de molestarla hasta que se la diera, que había decidido por su salud psicológica, esas fueron sus palabras, que era el momento perfecto para ver de nuevo a su papá. O al menos lo que quedaba de él.

—Primero lo veré de pies a cabeza, luego me lo voy a llevar a un panteón más bonito y cercano a la casa, el San Marcos, ya ves que parece como si fuera de los Estados Unidos —dijo con los ojos brillantes de emoción.

—Sí, mamá, pero, ¿entonces dejarás que el tío Ricardo gane?

—Que hagan lo que quieran él y mis otros tíos, a mí lo único que me importa es que me voy a reencontrar con mi padre.

La vi tan decidida. No se parecía en nada a la mujer de la noche anterior. Incluso la noté más alta, llena de seguridad y pensé que si los de su pueblo la miraban por la calle en ese momento, no recordarían que era la misma niña que una vez anduvo sola por la vida.

Esa misma semana inició los preparativos para la exhumación. Arregló los papeles, pidió un préstamo para comprar el nuevo terreno y por más que las tías Olivia y Maru le rogaron, no aceptó el dinero que tío Ricardo le ofrecía.

—No seas tonta, hija, con esos diez mil pesos le haces algo bonito a tu papá —le dijo la abuela el domingo que fue a la casa.

—Si les agarro ese dinero luego me van a pedir la otra tumba y lo que quiero es no tener trato con ellos, por eso hasta los trámites de movilidad los haré yo, no volveré a deberles nada —después de comer ceviche los tres nos pusimos a ver un álbum de fotos, sólo había una del abuelo, llevaba el pelo largo y una escopeta en la mano.

—Siempre iba a cazar venados a la Vinorama, me encantaba verlo tan greñudo —musitó la abuela mientras le pasaba una mano temblorosa a la figura en blanco y negro.

Fue un miércoles cuando mamá me sacó de la escuela para que la acompañara a la exhumación. En el panteón estaban los cuatro hermanos de mi abuelo, dos primos que nunca apartaron la vista de sus celulares y tres albañiles. A las diez y media comenzaron. Quiero que derriben todo, fue la orden del tío Ricardo. Mamá lloró cuando vio que partían el azulejo. Entonces pensé que les diría que mejor no, que había cambiado de idea, pero se quedó callada, viendo fijamente cómo destruían la tumba de su padre. A las doce apenas habían quitado la plancha de concreto. El calor era insoportable. La Maru se fue con los primos y a las dos regresó sin ellos. ¿Aún no terminan? Puso la cara de asco, como si tuviera un pedazo de mierda entre la nariz y el labio superior. Mamá y yo nos sentamos en el sepulcro de un estudiante que, según la placa, había muerto durante la lucha por la autonomía universitaria. Tío José se acercó a nosotros después de un rato y nos dio una botella de suero.

—Si quieres vete a descansar, mija, esto va pa largo.

—Gracias, pero quiero estar aquí hasta que termine todo —su voz era firme y rencorosa.

A unos metros de nosotros crecía una pila de tierra. Los tres albañiles escarbaban ferozmente, deteniéndose sólo para darle tragos a sus cocas, que corrieron por cuenta del tío Ricardo. A las tres hubo una pausa. La Maru nos invitó a una cocina económica cercana al panteón. Cuando volvimos los albañiles ya habían dejado caer de nuevo las palas sobre la tierra endurecida. Mamá encendía un cigarro tras otro y miraba el interior del hoyo que se había formado.

—Yo creo que aquí le vamos a parar —dijo uno de los albañiles limpiándose el sudor de la cara con la playera renegrida—, ya deberíamos haber dado con el ataúd, o no está aquí o lo enterraron bien profundo y ya es bien tard…

—No, ¿cómo que ahí le van a parar? —mamá tiró el cigarro casi completo y caminó hacia el hombre—, si es porque ya están cansados yo les ayudo.

—Olga, por favor, deja que termine de explicarse —tío Ricardo habló con voz ronca.

—Pues es que ya estamos aquí, ¿y si llueve? Por favor, señor, deme eso, yo les voy a ayudar.

El tipo la vio dudoso, pero al final le dio una pala y mamá se metió a la fosa. No seas ridícula, Olga, salte de ahí te va a picar un alacrán, decía la Maru supuestamente angustiada y tía Olivia: Mija, no seas terca, mañana le siguen por favor. Ella hacía como que no las escuchaba y yo callado, sin poder mover un músculo para ayudarle. La vi golpear varias veces la tierra, dio un pujido por cada golpe, ha como pudo sacó algunos terrones y raíces hasta que soltó el mango de la pala y se fue para atrás. Un albañil alcanzó a detenerla antes de que cayera al suelo. Estaba roja. Quise meterme pero el tío José dijo que me hiciera a un lado. Entre él y dos albañiles la sacaron de los hombros y la llevaron a una banca de piedra algo apartada. Fui detrás de ellos con un dolor en la boca del estómago.

—¡Olga, despierta, hija! —las voces de las tías eran un mismo chillido, agudo y suplicante.

—Ya, ya, tráiganme una botella de agua y una coca de la bolsa negra que tengo allá, a esta mujer se le bajó la presión por el calor y el esfuerzo —ordenó tío Ricardo dándole a mi madre varios golpecitos en las mejillas y en la frente.

 Me puse a un lado de él. Mamá hacia ruiditos, abría y cerraba los ojos y yo con un nudo en la garganta. Quise acercarme más, pero la Maru me empujó cuando volvía con la botella de refresco. Le dieron unos tragos, mamá tosió, un poco de agua en el cuello y en la frente, Así les ponían en el rancho a los peones cuando se caían de calor, dijo tía Olivia. Quería quitarlos de ahí, decirles: Ahora sí se preocupan por ella pendejos, y juro por Dios que estuve a punto de hacerlo pero alguien gritó que ya habían dado con el ataúd, que iban a empezar con la fumigación y mis tíos se fueron apurados a la tumba.

—¿Qué dicen? —la voz de mamá era débil, lejana. Le puse una mano en la espalda.

—Que ya encontraron a tu papá, mija, lo van a sacar ahorita —respondió tía Olivia.

Al oír eso mamá abrió los ojos completamente y me pidió que le ayudara a levantarse. No seas terca, Olga, te vas a desmayar otra vez, le advirtió la Maru. Pero no le importó y puso los brazos en mi hombro. Caminamos despacio hasta la fosa. Los albañiles pasaban debajo del ataúd carcomido unas cuerdas para después levantarlo.

—A ver, Manuel, agarra ese extremo y jala con fuerza —me pidió tío José.

Esperé a que tía Olivia se quedara con mamá y entonces jalé junto con ellos las cuerdas hasta que poco a poco el ataúd salió. Le faltaban algunos pedazos, la Maru dijo que cuando lo compraron era blanco, y antes de dejarlo caer en la superficie se desfondó liberando huesos y polvo. Todos nos hicimos para atrás y nos cubrimos nariz y boca excepto mamá, que se quedó mirando los restos de su padre esparcidos por el suelo con los ojos bien abiertos.

—Olga, vente para acá.

—Mijita, hazle caso a Ricardo.

Mamá se agachó con dificultad, tomó el cráneo de mi abuelo y lo acercó a su rostro. Caminé hacia ella poco a poco, pues en ese instante sentí una necesidad sincera de conocerlo también. La calavera era café claro y le faltaba la mandíbula.

—Mira, Manuel, este fue mi padre, aquí tenía sus ojos ¿ves? Grandes, grandes y esta era su frente —dijo mientras la besaba.

—¡Por Dios, Olga, eso está lleno de bacterias! —gritó tío Ricardo.

—Deja eso ahí, ahorita van a traer las bolsas para echarlo —la Maru hablaba desde la banca de piedra.

Mamá no les respondió. Con la calavera en la mano vio los otros restos: lo que alguna vez fueron sus brazos, la camisa que aún conservaba su color azul, el saco raído, los calcetines llenos de huesitos. Así que este era tu padre, por el que tanto has llorado, la razón por la que según tú te ha ido tan mal en la vida, me dije sin atreverme a tocar nada. El tío José le pidió de nuevo que dejara la calavera en el suelo y un albañil se acercó con un saco gris en la mano. Entonces ella se levantó tomando también la mandíbula y un calcetín. Entre la Maru y el tío Ricardo le bloquearon el camino, pero mamá los empujó con fuerza: Déjenme, tardé treinta años para volver a verlo, y se fue hacia una tumba distante. La seguí.

—¿Estás bien, mamá?

—Sí, mi vida, ve, tiene los dientes bien alineados. Su sonrisa era preciosa, ahora me puedo acordar muy bien. Ahora sí le veo la cara.

Acariciaba la calavera, luego los huesitos del calcetín y se reía al verlos tan pequeños. De pronto la voz de tía Olivia nos sobresaltó a ambos. Estaba detrás de nosotros, con un pequeño cofre de madera en la mano.

—Mija, rápido, echa el calcetín aquí, para que te lleves algo de tu papá, ahorita van a venir tus tíos por la calavera.

Mamá ni siquiera lo pensó, vio para todos lados, y además del calcetín, acomodó la mandíbula y los huesos más chicos. Después la tía metió el cofre en su bolso y se fue sin decirnos nada. Efectivamente, los demás llegaron con el saco que ya se veía repleto y pidieron la calavera, mamá la vio por última vez, le dijo te amo y la depositó con cuidado junto a las otros pedazos de su padre.

Esa misma noche tía Olivia fue a la casa. Llevaba el cofre en el regazo, cargándolo como si se tratara de un ser vivo. Se encerró con mamá cerca de dos horas. Traté de escuchar pegado a la puerta y luego a la ventana, pero sólo pude distinguir algo sobre una fiesta en La Cofradía y un parquecito. Al salir, ambas tenían los ojos rojos e hinchados.

—Mira, hijo, en ese armario vamos a tener siempre un poco de tu abuelo.

Yo sonreí con dificultad. Me erizaba la piel saber que en casa tendríamos los huesos de un ser humano, pero no quise mostrarlo frente a la tía.

El ambiente en el otro entierro fue menos sofocante. Sólo estuvimos presentes mamá, la abuela y yo. El San Marcos realmente parecía de otro país, nada comparado con el viejo panteón. En este la mayoría de las tumbas sólo tenían una placa blanca sobre el césped a las que nomás podías ponerles una rosa. Cuando los trabajadores terminaron de tapar la tumba nos quedamos los tres sin decir nada. Todo el tiempo estuve viendo a mi mamá. Ni una lágrima, ni un suspiro, como si esas cosas se le hubieran acabado en la exhumación. Me sentí contento. Era la primera vez que no sacaba un cigarro y se ponía a hablar de su padre. Supongo que la abuela también se dio cuenta de ello, pues el siguiente domingo no fue a la casa para comer.

 Durante algunos meses hasta me olvidé que una parte del abuelo vivía en el armario. Ese año sería mi graduación de secundaria, y a mamá la subieron de puesto en la oficina. Pero llegó el día de muertos y sacó los huesos de su cuarto por primera vez. Les hizo un altar en la sala, lleno de veladoras, flores de papel y la foto donde el abuelo aparecía tan greñudo.

—¿Qué te parece, Manuel?

—Muy bonito, mamá.

Fue sincera mi respuesta, pero también, aunque no se lo dije, me pareció escalofriante. Y lo fue aún más cuando se puso a platicarle su día, cuando le sirvió una copa de vino, le preguntó si se sentía cómodo en el armario y guardó silencio por un rato mirándolo con atención, como si en verdad el abuelo le respondiera. A lo mejor y es sólo por esta vez, no le hagas mucho caso, es día de muertos, decía una vocecita en mi mente tratando de justificarla. Sin embargo, esa noche apenas pude conciliar el sueño. Los ratos que lo hice soñé con panteones y huesos esparcidos por el suelo, mi madre sacando tierra desde el fondo de una tumba y el abuelo diciéndome con una voz cavernosa que fuéramos a cazar venados a la Vinorama.

Cuando levantamos el altar ella metió de nuevo el cofre en el armario. Entonces pensé que no tendría que preocuparme por sus tenebrosas pláticas hasta el próximo año, pero una tarde mamá puso los huesos en un extremo de la mesa.

—Nunca comí, con tu abuelo. O más bien no lo recuerdo, ¿verdad que no te molesta? —preguntó con aquella voz de niña de cinco años.

—No, mamá —respondí sin ganas, y durante toda la cena me dediqué a picar la carne sin poder llevármela a la boca.

—¿Te acuerdas, papá, cuando me pedías que te quitara las botas? —dijo mientras levantaba los platos, guardó silencio por un momento, luego soltó una risa que me erizó la piel— Ya sé, mi mamá siempre andaba metida en la cocina, sigue igual, no creas que ha cambiado nada.

—Mamá, ¿qué tienes?

—¡Manuel, no seas grosero, tu abuelito me está contando algo!

Vi los huesos que seguían en el mismo extremo. Aunque sólo era la mandíbula y unos trocitos pequeños como ramas de canela imaginé que sonreía, y eso me asustó más. Pero bueno, mírala a ella, la seguridad con la que habla, esa postura tan firme. Si cuando decidió sacarlo del viejo panteón parecía haber recuperado unos cuantos años ahora era una mujer completamente nueva.  Por eso no dije nada cuando lo llevó a la sala para ver con él el noticiero, tomar café en el porche y leer el final de un libro. Pero con el paso de los meses todo se fue al carajo. Mamá se lo mostraba a las visitas, sus amigas, mis amigos, incluso a los cobradores. ¿No conocen a mi papá? Ahorita se los traigo. La mayoría se esforzaba por no hacer evidente su repulsión, la primera novia formal que tuve no pudo con eso y terminó conmigo el mismo día que mamá sacó la mandíbula y la comparó con sus propios dientes. Ya no pude aguantarme y le grité que nadie quería conocer al abuelo, que lo dejara en el armario o lo enterrara en el San Marcos para siempre. Ella soltó el llanto y rompió las cosas que había en la sala.

—Tú sí tienes padre y por eso no me entiendes, por eso eres igual de malo que mis tíos —luego se encerró en su cuarto.

—No se trata de eso, mamá, escúchame —y por más que le rogué que abriera, que hablara conmigo de frente ella no hizo caso, y hasta bien entrada la noche se oyó su lamento por todos los rincones de la casa.

Al día siguiente pude botar el seguro con un alambre. La encontré dormida en la alfombra, con el cofre entre los brazos y rodeada por colillas de cigarro. No pude contener el llanto. ¿Cómo era capaz de herir a mi propia madre? ¿De hablarle así, de juzgarla y lastimarla así? Entonces tuve miedo de volver a lo de antes, al desconsuelo, a las historias, a su esencia impregnada de tabaco, a la abuela llegando a casa cada domingo para recordarnos que estábamos tan vulnerables. No podía ser yo el que ahora lo arruinara todo. Por eso la desperté y le pedí perdón, por eso le dije que sacara los huesos de su padre para disculparme también con él, para no verla triste, para no regresar a aquella noche en que abrazados me dijo que nadie le quería. Mamá me apretó contra su pecho. Estuvimos así por largo rato, hasta que se apartó de mí y me dijo con media sonrisa en el rostro:

—¿Por qué no vamos más tarde al centro? Tengo días pensando que tu abuelo debe ver a un odontólogo.

+++

Hernán Arturo Ruiz (Culiacán, 1993). Estudió Derecho en la Universidad Autónoma de Sinaloa. En 2015 recibió la mención honorifica en el Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo. Sus textos han aparecido en las revistas Timonel, Aldea 21 y en las antologías Once navajas (narradores menores de 30 años), editada por Tierra Adentro y Laboratorio para narradores (Palabras del Humaya, 2017). Fue becario del Pecdas 2016-2017.

 

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