Para mi prima Alexa
11 de diciembre del 2012. Ellos vienen y aguanto la respiración. Sólo a ti puedo contarte este acontecimiento de mi vida, sé que lo entenderás perfectamente porque, aunque eres psiquiatra y se podría pensar que la racionalidad es una de tus premisas (no quiere decir que no lo sea), tu sensibilidad te permite abrirte a otros campos que para la mayoría, al parecer, corresponden a personas de un ámbito de la no-academia. Los temas acerca de lo sobrenatural te apasionan.
Recuerdo aún la navidad pasada, cuando en el intercambio de regalos saqué el pequeño papelito que indicaba al familiar en turno, sin embargo, el destino cumplió mi deseo y por cuestiones que, como todo, en ese momento no tienen una aparente causa, el papelito me fue cambiado y ahora eras tú a quién debía darle un presente. El regalo perfecto para ti no me costaba trabajo imaginarlo: libros, historias de terror, que disfrutas con el humo del cigarrillo en un pequeño balcón porque no está permitido fumar en interiores, ni aún en el de tu casa, donde habitan tres pequeños y su padre. En ese espacio te refugias para encontrarte con los monstruos y fantasmas, sin embargo, sabía, porque días antes me lo comentaste, que aún los clásicos estaban alejados de esas lecturas que tan ávidamente saboreas por las noches. El regalo te llegó en un paquete muy pesado que contenía: El extraño caso del Dr. Jekyl y Mr. Hyde, Narraciones extraordinarias, Drácula y Frankenstein. La verdad es que yo nunca había sido afecta a la literatura de horror, me parecía (porque ahora pienso diferente) que la realidad tiene la maravilla de la incredulidad, tanto, que cualquier cosa, por normal que parezca, nos ofrece un rasgo de inverosimilitud. Las flores que veo todos los días en mi jardín, son tan normales, tan perfectas, que cuando pienso en ellas aparecen inertes, como fotografías trabajadas con photoshop, pero cuando me permito regarlas, en un movimiento de pétalos que puede deberse al aire que irrumpe a través del tiempo, parece que agradecen el gesto, pero eso lo veo ahora, antes no, antes el permiso para asistir a eventos que no estuvieran en lo convencional estaba restringido para mí. Por eso es que acudo a ti, porque las respuestas han decidido que se aparecerán en la medida en que acepte que no todo se puede responder. Me detengo un momento, apago la computadora… continúo.
Como ya lo sabes, estoy estudiando psicoterapia, en mi tesis trabajaré el tema de la transpersonalidad, éste, como estarás enterada, es un campo poco abordado dentro del estudio de la psique, porque, al tratarse de temas que van más allá de la persona, es decir, asuntos que abordan la completud de la conciencia, se pueden relacionar con la tan vituperada parapsicología, incluso, mi interés principal era justo el de hacer una crítica férrea a este tema chamanístico para que no se confundiera con el trabajo formal de la psicoterapia. Empecé a estudiar al gurú actual de este campo, Ken Wilber. Él considera que el ser humano atraviesa por diversos niveles de conciencia que van desde el pequeño que considera su cuerpo como parte de un todo, pasando por el egocéntrico que cree que está alejado de cualquier estado de comunidad, hasta el ser que se une al vacío esencial. Para la psicología convencional, el proceso de evolución psíquica, se concentra en un estadio que difícilmente va más allá de los límites de uno mismo y se trabaja a la mente desde ahí; sin embargo, para este estudioso cuando la conciencia trasciende estas fronteras hay una identificación con la naturaleza donde existe una evolución de la autoconciencia a la supraconciencia, es decir, se detona una conciencia cósmica, llevándonos a experiencias cumbres. Esta experiencia trata, según Abraham Maslow, de “momentos sublimes en la vida, en los que el individuo está en armonía consigo mismo y con su entorno”, lo cual da pie a la aparición de fenómenos considerados como paranormales. En estos momentos que escribo este mail imagino tu desconcierto, tus ojos sinceros, están transformándose en una mirada de duda por no saber hacia dónde me dirijo con toda esta verborrea. En realidad, esto es buscar una explicación ante aquello que no lo tiene. Así que iré lo más directo que me sea posible, aunque me detendré en detalles teóricos con la intención de relacionar los hechos con la literatura que aborda el tema.
Mi investigación me adentró en el asunto de lo transpersonal hasta el punto de romper mis acostumbrados horarios matutinos; tan absorta en la lectura y en mis escritos, dormía entre tres y cuatro horas, ni siquiera el café había logrado el insomnio de esa manera, incluso, sólo agua y una que otra galleta, eran producto de sonidos aglutinantes en mi oído, que, agudizado, logró expandirse y amalgamarse con el ruido producido por cada trago, por cada deglución. Debido al agua, mis visitas al retrete eran frecuentes, lo cual, permite un respiro y un descanso mental. En una de las habituales idas llegó un pequeño mareo al que no le tomé demasiada importancia pero ese detalle, ahora lo sé, era la entrada a otra dimensión. Me acerqué al espejo para ver mis ojos y detrás de mí había alguien, (tan sólo el recordarlo me paraliza la respiración), volteé y esa cosa desapareció, pensé en explicaciones, el cansancio, la hora, eran las tres de la mañana, así que decidí irme a dormir, pero no pude hacerlo y al poco rato, de nuevo, ya estaba frente a la computadora: sentía una presencia, volteaba y nada, estaba yo sola en mi estudio. Por fin me estiré y mis pretensiones eran las de irme a dormir pero el mareo apareció, me detuve en el escritorio para no caerme y la vi, estaba frente a mí, una anciana esquelética, con cabello crespo y sin dientes, su aliento era tan fétido, que cuando habló impregnó la habitación. Al principio, el miedo me invadió porque pensé que era una loca que se había escapado del manicomio que está a unas calles de mi casa, así que recordé que yo era casi una psicoterapeuta y podía manejar la situación perfectamente. Qué quiere señora, le pregunté. Qué quieres tú, fue su respuesta y desapareció, lo vi y no-lo vi. La mujer se borró del espacio. Entonces, ella no era una loca, la loca era yo: una alucinación por la falta de sueño, un invento que se desató por mi inmersión en la lectura, es, es, es y ya no supe cómo más explicarme.
¿Qué piensas de esto?, ¿serían las noches de poco sueño?, ¿una alucinación?, ¿estoy enfermándome? Por favor, responde lo más pronto posible, porque hoy trabajaré hasta que mi entusiasmo decaiga y temo que ocurra otra vez, que la mujer aparezca de nuevo. Con cariño. ☹
13 de diciembre del 2012. Ayer me enteré que has decidido tomarte un descanso de los medios electrónicos, que crees que te quitan demasiado tiempo y no te permiten estar cerca de ti misma, que necesitas unas vacaciones. Lo anunciaste en el facebook y cuando te iba a comentar que leyeras tu mail, ya había desaparecido tu comentario al igual que tu página. Te escribo de nuevo porque las cosas están más preocupantes ahora.
Debido a mi “alucinación” de ayer, un temor me invadió cuando la noche era próxima. Sin embargo, estuve absorta en mi trabajo: ya había logrado una digresión perfecta argumentando que este tipo de experiencias cumbres –que al parecer pueden suceder en cualquiera de los estadios del crecimiento psíquico– son debidas a una absorción del momento, es decir, a situarse en un grado de presencia, que no permite, mentalmente, ir al pasado o al futuro, porque el presente es tan impactante que no es necesario viajar a través de la fantasía a otros lugares, puesto que el “ahora” nos ancla a la vida. Yo recuerdo, y esto tal vez no te lo he platicado, que la única vez que tuve una experiencia de este tipo fue cuando me casé. En ese acontecimiento, simbólico desde un estado de soltería a uno de comunión con el otro, identifiqué algo distinto, que ahora sé de qué trata. Tú lo recuerdas: el frío para esa ciudad tan caliente, era inusitado. En la playa y a tres grados centígrados, simulaba una noche de aurora boreal. Todos los invitados tiritaban y la única manera de calmar la baja temperatura era bailando; mi cuerpo, por el contrario, estaba equilibrado con una calidez que nadie hubiera creído en mis pies siempre fríos en noches de verano. Mi madre se acercaba a mí constantemente para darme un abrigo que me compró, pero no lo necesité sino hasta que la insistencia me sumergió en el invierno: era un momento cumbre, donde percibí personas embriagadas de un poder más alto que el alcohol, era una energía vibrante que nos transportaba a una danza tribal que consolidó mi unión. Yo, que en ese tiempo bebía, recuerdo que nunca estuve borracha, era otra cosa, un estado de profunda conciencia. Quienes se acercaban a mí me narraban secretos insondables que me dejaban impávida, incluso, tiempo después, me comentaste que esa noche se gestó tu último hijo. Como el mismo Maslow lo dice, un momento cumbre, es tan sólo un instante, pero lo mío duró más tiempo o un instante que alargué por el disfrute. Una amiga me preguntó, cuando la fiesta ya llevaba doce horas, que cómo me sentía, la respuesta permanece: “soy una estrella cuya luz se extiende aún en el sueño, más allá de la eternidad” sé que ella me percibió arrogante, pero lo dije literal, porque en ese estado, que no he vuelto a experimentar, era parte de todo. En esa remembranza me situé por un largo instante de la noche y como a las tres de la mañana, me dieron ganas de orinar: no quise hacer ruido ni encender las luces, para no molestar a Julián, quien ya dormía, así que a tientas llegué al cuarto de baño. El mareo apareció y lo supe, ella, esa cosa, estaba ahí, cerré los ojos y mientras me coloqué en el inodoro, un fuerte ardor, una llama que quemaba no permitió que mi orina saliera correctamente. La mujer estaba frente a mí. Me dijo: tú te lo has provocado. Entre el dolor y el miedo, como pude subí mi calzón y salí del baño, pero ella me siguió hasta el estudio, me empujó y caí por las escaleras. Me vi en el espejo y una protuberancia en la frente resaltaba detrás de mí flequillo. Le dije a Julián que por no encender la luz al ir a orinar me caí y me golpeé, él no me preguntó más, y yo no dije menos. Mis manos dejan el teclado, una lámpara señala mi rostro y caigo en un desmayo.
Estoy asustada, si esto sigue, tendré que ir a verte, aunque tenga que volar 1142 kilómetros.
P.D. Te adjunto una foto para que veas mi bulto en la frente. Te quiero. ☹
18 de diciembre del 2012. He intentado marcarte pero tu número me manda a buzón. Te dejé un recado para que leyeras mis mails, sin embargo, después me enteré que te fuiste a un retiro espiritual (cosa rara en un psiquiatra, pero tú eres diferente) donde no permiten que enciendas tu teléfono, ni recibas mensaje alguno. En fin, te seguiré contando. Pasaron varios días sin que la “mujer” se apareciera, sin embargo, el dolor al orinar permanecía, y aunque me hicieron exámenes, ningún rastro de infección o de estrechez de la uretra eran los causantes. Me dijeron que físicamente no había problema. Entendí que el comentario iba enfocado hacia una exploración psicológica.
Me resigné y me dije a mí misma que esto no minaría mi trabajo, así que me absorbí más en él. Estaba muy concentrada leyendo el tema de los estadios dos y tres que aborda Wilber. El dos, trata de la identificación de las emociones, el yo carece de fronteras emocionales y el mundo se concibe como una extensión de sí mismo, hay una proclividad hacia lo egocéntrico y narcisista. En el tres, hay un entendimiento con procesos mentales donde el niño se identifica con símbolos, con conceptos, que pueden remitirlos al pasado y a su vez a una planificación del futuro, en este nivel, es cuando se empieza a experimentar culpa y una ansiedad por aquello que aún no existe. Me alejé de la lectura: aunque el libro continuaba en mis manos, me fui a las imágenes de nuestra infancia, hacia esos símbolos que me persiguen con frecuencia. La abuela contando historias para no dormir. El eterno pasillo con diez puertas que simula un túnel hacia otra dimensión. Los ruidos de los pájaros cobijados con sábanas envejecidas. Una serpiente fuera de su nicho devorando ratas y escarabajos. El pequeño búho escondido en mi armario. Yo soñando con uñas esmaltadas y pestañas cubiertas de rímel. Triste despertador que anuncia la hora. Un abrir los ojos abrupto, sin el desayuno de la madre, ni las prisas del padre. ¿En dónde me quedé?, ¿en la niña que vive con los abuelos?, o ¿en esta mujer que lee y se pierde? Tal vez en la que teclea un mail o en la que escribe una historia de su inventada vida.
Tocaron el timbre y regresé de aquel agujero negro sin tiempo del que habla Hawking. En segundos la niña se transformó para convertirse en la mujer del futuro. No era tan tarde, tal vez las ocho de la noche, pensé que Julián podría ser pero él tiene llaves, así que fui decidida, abrí la puerta y era ella, la mujer esquelética…de nuevo el temblor, la uretra constreñida, los ganglios inflamados y la respiración hasta el esternón. ¡Corazón no te pares! Hoy no morirás dijo la mujer y entró a la casa como si la conociera. Se sentó en la sala y me pidió un poco de agua. Lo curioso es que siempre había pensado que ante un acontecimiento de ese tipo, yo correría a pedir auxilio pero le di agua como autómata. Esta sed que no me suelta, lo mencionó varias veces durante nuestra charla. Te cuento esto, porque has estado presente en esta parte tan extraña de mi vida, al igual que lo estuviste en la infancia más rara. ¿Qué quieres?, fue lo único que le pude decir, ella rio y su respuesta me llegó sin que fuera dicha, ¿qué quieres tú? Las imágenes se iban, pequeños destellos de formas y colores estructurados formando historias que se repiten, llegaban. La niña, jugando con su prima a hacerse grandes y reconocerse la una a la otra. Los padres, tal vez, en la cocina discutiendo, rompiendo el idioma, rasgando las redes de la imaginación de las pequeñas que son madres de dos muñecas y que, a su vez, como un ejercicio repetido, regañan a sus hijitas por llegar con un cero en la boleta de calificaciones. Tú y yo prima, dentro de un cuento que no tiene un fin posible. ¿Qué quieres tú?, volví a insistir y me respondió con otra pregunta: ¿Quién soy? es lo que debes preguntar, y estaba claro. Esa horrible mujer, era yo misma. Cada temblor mío, eran sus piernas, cada imaginación ansiosa de un futuro fatal que no existe, fueron sus ojos. Los gritos por las pesadillas nocturnas, tal vez, su cabello crespo.
Ese ser espantoso, era la materialización de mis ojos asustados cuando mi padre llegaba a comer a casa. Las arrugas, los momentos importantes que postergué, por el repetido qué dirán. Todo estaba ahí, su configuración, perfecta planta carnívora, se completaba con todas esas historias que no tienen desenlace feliz. Ante el momento de claridad, ella, se volvió a esfumar y yo me perdí en mi escondite.
Algo he de confesarte, que cuando supe de qué cosa se trataba, dejé de temblar, mis ojos, se reconocieron en los de ella y un llanto empapó este cuerpo que estaba inerte.
Investigué, costumbre arraigada en mí, de qué se trataba. Un doble o un doppelgänger, como se conoce en la mitología, es una materialización de los miedos. Te adjunto un documento que encontré en la red, que habla sobre el tema: es un ensayo de Freud llamado “Lo siniestro”, donde se aborda esa parte doble que nos aqueja. Dice Heinrich Heine en Los dioses en el exilio: “El carácter siniestro solo puede obedecer a que el “doble” es una formación perteneciente a las épocas psíquicas primitivas y superadas, en las cuales sin duda tenía un sentido menos hostil. El doble se ha transformado en un espantajo, así como los dioses se tornan demonios una vez caídas sus religiones”.
Aquí no hay secreto. Supe muy pronto que mi “Tyler Durden”, de El club de la pelea, nada parecida a Brad Pitt, no tenía que ver con mi voluntad no resuelta, ni mi valentía absorta. Esa mujer asquerosa era mi arquetipo de la sombra como lo dice el psiquiatra C.G. Jung: “la Sombra es la parte inferior de la personalidad, la suma de todas las disposiciones psíquicas personales y colectivas que no son asumidas por la conciencia por su incompatibilidad con la personalidad que predomina en nuestra psique. Estos contenidos rechazados no desaparecen, y cuando cobran cierta autonomía se constituyen en un agente antagonista del yo, que mina los esfuerzos de éste. Por otra parte, en la conciencia también se produce en ocasiones una sensación de desequilibrio, producida por la añoranza de aquello que no aceptamos o no sabemos encontrar en nosotros mismos: de ahí el carácter marcadamente ambivalente de lo inconsciente, que según los casos puede actuar tanto como recuerdo antagónico, que pone de manifiesto las carencias del yo consciente como en alivio compensatorio de esta misma insuficiencia”
Así prima, que estoy dispuesta a asumir esa parte de mí, esperaré a que aparezca y le mostraré mi rostro, el verdadero.
Espero que estés disfrutado de tu retiro espiritual. Yo por lo pronto, salgo sigilosa de este cuarto.
Te quiero 😊
21 de diciembre del 2012. No he sabido de ti, pero te sigo narrando esta historia, que sé, llegará a tus manos en el instante en que tenga un sentido más profundo para tu propia experiencia. En estos momentos me siento muy tranquila. He dejado descansar mi investigación pues los hechos han superado cualquier argumento posible para refutar experiencias que van más allá de la norma.
La mujer apareció. Ya no eran necesarias las palabras puesto que yo ya sabía el porqué de su existencia. Ahora, ella estaba presente en cada uno de mis actos, creo que siempre lo estuvo. Esa representación mental, se localiza a un costado de cada quien, para mí en el izquierdo, y cuando volteo desaparece o sólo se esconde tras mi espalda (cómo sé esto, no puedo explicarlo, sólo lo siento). Todos tenemos a ese ser que nos acecha a cuestas, sólo que, en mi caso, se materializó. Para otros es un estado latente y hay quienes nunca lo reconocen, sin embargo, se va creando por los padres temerosos que inventan monstruos de la oscuridad, por los juguetes del vecino que siempre deseamos, por aquella chica que nos insultó en la secundaria, por un sentido de pertenencia que nos aleja de los demás, porque estamos supeditados a un mundo dual entre lo negro y lo blanco, porque es parte estructural del ser humano, porque alimentamos un animal sin darnos cuenta que después nos morderá la mano.
Ese ser horripilante está presente en toda la historia de la literatura pues Frankenstein no es otro que el propio doctor que creo a su criatura y que a su vez ambos salieron de la sombra de Mary Shelley, Drácula es el lado oscuro de Stoken y ni que decir de Stevenson, quien desarrolló magistralmente este mismo caso.
Aclaradas, razonadas o digeridas las cosas parecería que van a desaparecer o que el entendimiento hará su parte, sin embargo, para mí, lograr que el intelecto se involucre en este asunto, sólo ha representado el principio, pues creí que con rechazar a mi criatura sería suficiente, pero ella se convirtió en una voz susurrante que me dice: aquí sigo.
Julián salió de viaje y me supuse que ella sería mi compañera de soledad, me preparé para encararla, pero no apareció, la cosa, se escondió, como si supiera acerca de mi decisión de anularla. Los días transcurrieron con normalidad, sin embargo, la enfermedad que adquirí desde su aparición se agudizaba. Utilicé todos los métodos para eliminar ese mal, pero su permanencia me llevó a experimentar un miedo tan sólo al acercarme al cuarto de baño. Un respiro y ya casi voy, un aletargar el momento, movimiento de pies nerviosos, un balanceo y la vejiga a punto de explotar, por fin, la firmeza de ahora sí ir al baño, pero no, me paro en el espejo, me exprimo un pequeño punto negro en la nariz y la urgencia continúa, nada la mitiga, el recuerdo del dolor, me impide que aquella inconsciente acción me resulte ahora tan complicada y pienso en los mecanismos automáticos que no tomamos en cuenta hasta que se descomponen… mientras el auto camine no nos importa su motor, pero si nos deja en medio de la oscura vereda, sabremos que debimos checar el aceite antes de salir… esta sensación continúa y por fin hago que mi uretra se ensanche para que salga un goteo ardiente, puf, lo hice y en un respiro profundo, la mujer, mi monstruo, está frente a mí.
Hubo un largo silencio. Salí del baño e hice como si ella no existiera, pero ahí estaba, durante el día fue mi sombra. Al dormir se colocó a mi lado izquierdo y me abrazó, yo fui una niña pequeña acurrucada por su desasosiego, dormí profundamente y soñé que una enorme mujer, una pantagruélica escultura tomaba mi mano y me dirigía a una enorme laguna, me dejó ahí y se alejó. Vi mis pies transparentarse y me sumergí, pude respirar en las profundidades, y supe en ese momento que se trataba de un sueño. Los sueños lúcidos son el reflejo de la claridad de la conciencia. Un deseo me colocó de nuevo frente a aquella mujer y le dije, hazte pequeña, ella se desinfló como un globo y quedó como una bebé en mis brazos. Me desperté muy tranquila, fui al ritual matutino de la orina, el dolor se fue, y ella, la mujer cadavérica y anciana, ya no está a mi lado.
¿Tú has percibido ese monstruo auto-creado en ti?, ¿cómo es?…. Se escucha un ruido muy fuerte, son puertas que se azotan, gritos que mencionan mi nombre, me han descubierto, ya no puedo seguir jugando a esto. Seguramente seré encerrada en la celda acolchada de castigo. Me observo en el reflejo de la computadora, me doy cuenta que la mujer está ahí en mis ojos, veo mis manos envejecidas, toco mi cabeza con cabello crespo lleno de nudos de estambre, y lo sé, ya dejo de engañarme. En realidad, el monstruo es la otra, la joven, la normal, la que finge tener una vida ordinaria, con un marido inexistente, la que me acosa porque no soy igual a los estereotipos establecidos (con una familia que la visita y a la que puede enviarle un correo electrónico).
Ellos llegan, los escucho, déjame seguir jugando prima a que alguna vez leerás estos correos. ¿Cómo me puedo engañar tan seguido?, pero me gusta, cuando me imagino ser la que nunca fui, creo que no soy lo que todos creen que soy, pero ellos ya vienen, me han descubierto, ya no podré bajar a las oficinas a seguir escribiendo. De nuevo me recluirán en ese cuarto pequeño donde imagino ventanas, castillos, amigos y una vida que, tal vez, tú estés llevando.
Quiero dejar de escribir pero no puedo, porque sé que esto me transporta a aquella del sueño imposible, sin embargo, veo mis manos con llagas en el teclado y escucho que los que me condenan como un monstruo ya se aproximan, pero no importan los castigos, porque sé, que por algunos días, en los momentos en los que te escribí, fui la doble de otra que seguramente seguirá acechando. Enviar.
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Glafira Rocha (Culiacán, 1974) es narradora, dramaturga, guionista y psicoterapeuta mexicana. Su trabajo narrativo y teatral ha aparecido en diversas antologías. Es autora de Los días que vendrán (FETA, 2005); La casa de Schöringer (Valparaíso México, 2017), entre otros. Una de sus obras de teatro ha sido llevada a escena en varias ciudades de la República Mexicana. Obtuvo las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas (flm), Fondo Estatal para la Cultura y las Artes (foeca) y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (fonca), así como el apoyo del Instituto Nacional de Cinematografía (imcine) en su programa de Estímulo a Creadores. Actualmente, estudia una Maestría en Psicoterapia Humanista en el Instituto Universitario Carl Rogers (iucr) de Puebla.
© Escena de The Babadook, dirigida por Jennifer Kennet.