Ataúd y mediodía | “Brujas cubanas”, de Jorge Iván Chavarín

Durante mi estancia en La Habana, Alejandro Lamadrid me habló sobre las artes mágicas que practicaba su madre. Ella era una haitiana que había dejado Puerto Príncipe hace más de treinta años, solo llevando consigo, al igual que muchas otras mujeres negras, los secretos de la causa y el vudú, herencia de antepasados Africanos traídos como esclavos por europeos a mediados del siglo XVI. El barco llegó a una costa cerca de Guantánamo y las brujas se esparcieron por la isla.

No me costó trabajo convencer a mi amigo para que me llevara al departamento de su madre. Solo me pidió dos cosas bastantes comprensibles: respeto a las creencias y, más importante aún, no perder la calma ante las habilidades de su madre, que en la curiosidad se encontraba el miedo y por ende la desesperación. Él había experimentado eso de primera mano. Lamadrid confesó que a los dieciséis años ya no soportó más y dejó el obscuro departamento familiar por terror a esos ojos blancos, esas cuencas que veían lo más profundo de su alma, pocos secretos le podía guardar pues ellas lo veían todo. Sólo llevó sus zapatillas Nike y se fue a vivir al centro.

El edificio se encontraba rumbo al cementerio Colón, alejado del malecón y La Habana de fotografías, era una suerte de estructura de ladrillos que apenas se podía mantener de pie: madera podrida y pintura carcomida por el tiempo. De baños colectivos, uno para cada veinte personas donde la mierda llegaba hasta el techo. La mayoría de los habitantes eran negros provenientes de Jamaica o Haití que habían llegado en los años 80 buscando prosperidad pero solo se toparon con la con la hambruna de los 90; vivían cinco o siete personas en cada cuarto, los hombres más viejos salían al balcón sin camisa a jugar domino y tomar ron, los niños corrían por los pasillos desnudos y las mujeres preferían esconderse. No pude culpar a Lamadrid por irse tan joven. Ojos de zopilote espiándonos.

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Mientras subíamos las escaleras Lamadrid me habló de como en cada uno de los pisos habitaba por lo menos un personaje cercano a la santería o la brujería: el anciano del uno lee la suerte a partir de un baraja similar al tarot, presumiendo ser más precisa y confiable; la señora del cinco hace amarres con palomas y sangre pero advierte sobre la maldición que puede ser el amor; el del tres atrae la buena suerte con canticos y oraciones en una lengua del centro de África; una pequeña niña del dos, bajo la tutela de su abuela, aprende el complejo arte del vudú, se le ve jugando en los pasillos con muñecos de trapo; el anciano que vive en un cuartucho de lámina en la azotea no deja entrar a nadie, solo a hombres en trajes que llegan en carros lujosos y que de vez en cuando aparecen en la televisión; en el número cuatro vivía una prostituta que aseguraba tener dentro de sus piernas un demonio que solo era controlado con figuras de santos y oraciones distintas al padre nuestro y al avemaría, un día solo desapareció. De vez en cuando aparecían amigos de la infancia de Alejandro ya convertidos en estafadores o jineteras que se veían bastante interesados en mi nacionalidad, él se despedía no sin antes recordar algún episodio de la niñez, cuando vestían conjuntos de una sola pieza y narraban historias de fantasmas en la azotea.

En el número 32 del sexto piso, el último antes de la azotea, vivía su madre, quien se especializaba en la adivinación. Famosa entre la comunidad negra por escudriñar en el pasado y predecir el futuro. Con lo anterior el miedo. Lamadrid le tocó crecer con gente que entraba y salía de su casa todo el tiempo, gente que besaba la mano de su madre en señal de gratitud, gente que explotaba en cólera y le pedía a la bruja cambiar la predicción, cambiar el curso del destino, ella quedaba en silencio y estos debían tragar su impotencia, pues pese a la rabia nadie se atrevía a golpearla. Bajo esa advertencia debía parar.

El cuarto estaba obscuro, apenas algunos brotes luminosos producidos por unas velas, de esas que se colocan en vasos de cristal pintados con imágenes de cristo en lágrimas. Conformé me acostumbraba a la penumbra podía distinguir figuras de santos negros y hiervas puestas en frascos vacíos de nescafé. Tres muñecas, posiblemente más, se distribuían por la sala, todas vestidas con atuendos de cabaret, negro o azul, frente a ellas algunos tributos como monedas o cartas de baraja española. Cigarros encendidos que al principio confundí con luciérnagas. La madre con vestido floreado, y con telas tapándole la cabeza, se encontraba sentada frente a una mesa circular, donde se distribuían pequeñas figuras de porcelana, trozos de carbón, incensó y velas de menor tamaño. La mujer no hizo muecas de sorpresa, era como si ya nos estuviera esperando. En este punto perdí la ubicación de Lamadrid. Tocadiscos antiguos y vhs me hicieron sentir que había viajado en el tiempo o más bien que ese espacio había quedado congelado. Olía a fabuloso de lavanda ocultando inútilmente la fragancia del carbón. El sonido se limitaba a la rotación de un viejo abanico. Imaginé a mi amigo en su cuarto de la infancia ocultándose bajo una sábana y tapándose los oídos. Recordé la recomendación de no perder la calma y respiré a profundidad. Las miradas de las muñecas se dirigían a mí y pensé huir. Antes de dar un paso hacia atrás la bruja me invitó a tomar asiento. Algunas fotos familiares antiguas en tono naranja donde no aparecían Lamadrid ni su madre. Mi famosa capacidad de meterme en problemas.

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Sentado frente a la bruja y  de una sus muñecas,  pintada con labial negro y tres monedas de hierro como tributo. Prendió un trozo de carbón plano y lo descuartizó para leer mi pasado, presente y futuro, para ver en el humo los fantasmas de mi corazón e interpretar mis sueños y miedo. La muñeca seguía inmóvil pero imaginaba en la picardía de su mirada como juzgaba mis anhelos de juventud y se reía del fracaso de los mismos. Lamadrid seguía desaparecido pero debía existir más allá de la obscuridad. Las pupilas de la bruja habían desaparecido y en sus cuencas blancas veía mi muerte y el espacio seco que existe antes de la vida. La fragancia del carbón quemado se mezclaba con los espíritus de mis ancestros que entraban por mi nariz y por un tiempo fui más de 200 años de Chavaríns discutiendo el rumbo de un linaje que debe terminar. Detrás de las tinieblas estaba mi amigo, su hijo, y el tiempo que fluía con normalidad. Vi a un náufrago en una costa desconocida y a un viejo lleno de tubos. Dentro de las tinieblas: un Chavarín que no reconocía y la bruja que ahora era un portal que evocaba al tiempo en forma de remolino. El tiempo como una plasta sin forma y orden. Las muñecas bailando y fumando. Mi futro fantasma sentado junto a mí susurrando mis días próximos, las personas que vendrían y se irían. Y la muerte como un reloj de arena manipulado por las muñecas que reconocí como abortos del infierno.

Cuando la bruja dejó de ser bruja y recuperó sus pupilas para volver a hacer madre me ofreció un vaso de agua para la hiperventilación y un pañuelo para secar mis lágrimas. Ahora lo sabes todo, ahora ya nada te sorprenderá. Lamadrid estaba aún lado. Nunca se fue. Tardé algunos minutos en volver a ser yo. Me retiré sin decir nada y mi amigo detrás de mí, preguntando si todo estaba bien. Intenté olvidar  las predicciones de la bruja y las sonrisas de las muñecas que habían vuelto a la normalidad, justificando que todo había sido producto de alguna droga fuerte o alguna fuga de gas.

Las imágenes punzantes del tiempo y las profecías, como fui advertido, nunca se fueron, quedaron clavadas en mi mente. Aún hoy no he podido ser el mismo y la vida se convirtió en un déjà vu.

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Jorge Iván Chavarín (Culiacán, 1991). Egresado en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Autónoma de Sinaloa y de la Escuela Normal de Sinaloa. Ha participado en distintos cursos y talleres con escritores como Élmer Mendoza, David Toscana y Federico Campbell. Ha publicado cuentos y ensayos en revistas regionales y nacionales como Terrario, Akáes, La Sombra, Fricciones y Timonel. Becario Interfaz en el programa Los signos en rotación en 2016 y beneficiario del Programa de Estímulos a Creadores del Estado de Sinaloa en 2017-2018. Fue partícipe en la antología de cuento Todos los nombres cuentan y de Libro Negro. Narrativa de no ficción. 

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