Sinaloa: la ‘justicia’ 2.0 en mano de los criminales

Culiacán, Sin.-En la primera escena, los cuerpos de cinco jóvenes torturados, asesinados a balazos y con varios cochecitos de juguete adheridos al cuerpo, que aparecieron en un lapso de tres días, empezó a generar comentarios en la sociedad sinaloense que, casi en automático, iban en el sentido de que se trataba de robacarros.

En la segunda escena, un joven de menos de 30 años, de tez morena, aparece en un video de seguridad despojando a mano armada una camioneta Nissan color roja a un par de mujeres que se encontraban en la colonia Chapultepec. Horas más tarde, el joven, que sería identificado como Carlos Armando, de 25 años, se convirtió en la quinta víctima de asesinos anónimos.

Con esto, de nueva cuenta surgió la discusión en las redes sociales, la mayoría en el sentido de apoyar las acciones del crimen contra el crimen. Otros, los menos, decantándose por el respeto a la ley y al Estado de derecho. En realidad casi nadie nadie.

En la tercera escena, se dio a conocer la noticia de que las letras de la playa de Las Glorias, Guasave, habían sido vandalizadas. Enseguida empezaron a circular videos en las redes sociales, grabados por los mismos jóvenes, destruyendo el patrimonio municipal. Se observa cómo festejan mientras derriban letra tras letra, lo que de inmediato fue condenado por los usuarios de redes.

Tan pronto como se vieron los rostros, también se ubicó a los responsables de estos actos vandálicos, y luego subieron sus cuentas de Facebook para señalarlos con sus nombres. Horas más tarde, de manera escabrosa corrieron los videos donde estos jóvenes son golpeados por sujetos no identificados, pero que se advierte se trata de delincuentes que operan en el municipio.

La golpiza a los supuestos responsables de tumbar las letras, en el acto, se convirtió en la medida justa del castigo. Y así lo hicieron ver cientos de usuarios que al compartir estos videos expresaban su sentir: ante la inacción, ineficacia y omisión de las autoridades, hay quien hace justicia por mano propia, pero justicia al fin.

En Sinaloa, que padece una violencia endémica desde hace más de un siglo, pero que los historiadores oficiales poco visibilizan, los valores de justicia se trastocan. Si el Gobierno no puede, quien sea que pueda contra la delincuencia común, hay que apoyarlo. Surge la idea de los “justicieros”, esos forajidos que se rebelan al Sistema quebrantando leyes, pero restituyendo a la sociedad eso que legítimamente el Estado es incapaz de proveer: verdad y ley.

En la era del 2.0, no importa las verdades que estén detrás de los “justicieros”, menos la legalidad. Se trata del reino de la imagen, del video, de eso que regodea al ojo y sacia y tranquiliza la rabia. Lo mismo cuando aparece el cadáver de un infortunado con un letrero que anuncia que era un violador detestable: en automático la víctima se convierte en eso que el asesino quería convertirlo. Y todos descansan aliviados, un violador menos, un robacarros que nadie, quizá acaso su familia, pero que nadie extrañará. La “justicia” de los criminales también busca anular a la víctima, borrarla del mapa de la infamia.

Ante la estulticia o la complicidad de las autoridades constitucionales, no hay momento para aburridos jueces, abogados tinterillos o picapleitos y anodinos ministerios públicos que mal aprendieron leyes en las escuelas de Derecho, y que hoy son parte de la maquinaria de una justicia tardía en tiempos tan acelerados. Carpetas de investigación que no engendran verdades, sino víctimas y verdugos. ¿Quién es la víctima? ¿Quién es el verdugo? Las líneas son difusas. “Nadie habla cuando habla la bala”.

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