Lo que queda al final de una vida, al fin y al cabo, son las experiencias y lo que otros se nutrieron de ellas. Así con la muerte del escritor César López Cuadras, fallecido la tarde del domingo, para no evadir la literaturiedad de su vida. Aquí una de sus alumnas nos ofrece una postal del viejo que un día llegó a la escuela de Letras y con un puñado de lecturas hizo cambiar la perspectiva de algunos muchachos, hace algunos pocos años.
Culiacán, Sin.- La tarde de ayer, mientras revisaba las típicas publicaciones de Facebook, me encontré con una pregunta hecha por mi amiga Rocío Selene, ex compañera de Letras, en su muro. Aquella pregunta me cambió la tarde. “¿Qué? ¿Murió César López Cuadras?”
Al parecer abril se ha convertido en el responsable de recoger de esta región, tan sedienta del mundo de las letras, a dos hombres apasionadamente dedicados a ellas: Álvaro Rendón Moreno, “El Feroz”, muerto un 25 de abril de 2011, y ahora César López Cuadras, muerto la tarde de domingo.
No pude sentir menos que tristeza porque la noticia me transportó a una mezcla de recuerdos en las aulas de Filosofía y Letras; me llevó también a las clases de mis dos maestros ahora perdidos en la eternidad de ese sueño que llamamos muerte, por sencilla analogía.
Entonces me fui a las tardes apacibles en donde sentarse a fumar un cigarrillo, hablar sobre libros, o sobre cualquier tontería, era un placer exquisito que sólo se podía vivir en el mundo mítico de la escuela de Letras de la UAS. Gocé también en desmenuzar los libros con estos dos señores, uno con una memoria impresionante y el otro con un exquisito acento francés al momento de mencionar títulos y personajes franceses.
Fue un semestre en el que tuve el privilegio de pasar escuchando a César López Cuadras hablar sobre los delirios de Madame Bovary, sobre la disciplina y tormenta de Gustave Flaubert, la sensualidad misteriosa de Naná, las pepitas de oro dadas a Charles por Eugenia Grandet; Víctor Hugo y sus personajes huidizos.
Así, un semestre con López Cuadras y unas semanas de un taller sobre la literatura hispanoamericana, que tuvo que ser suspendido por su primer derrame cerebral, del que ya no se recuperó, me dejó el amor por muchas de las obras que en un principio me recomendó y que después de leídas comprendí su encanto y delirio por ellas.
Y ese taller nunca lo voy a olvidar porque después de eso ya no supe nada de él, se quedó en Guamúchil, y de allí ya no regresó a terminar el taller.
Y pensar que el maestro Álvaro ya no regresó tampoco después de ir a verlo, me hace creer que quizá los destinos están entremezclados y es por eso que estos dos hombres ya no regresarían de esa tierra, pero que de igual manera compartirán el destino de vivir en la memoria de quienes, como yo, tuvimos el privilegio de ser sus alumnos y aprender a amar los libros y sus universos, tanto como ellos los amaron. ¡Salud a su memoria y por el legado que dejan!
Yuniba Salcedo
Mi nombre va con V, Martín jajaja