Culiacán, Sin.- Eran casi las diez y media de la noche y en el Mercado de Abastos se trabajaba a marchas forzadas: camiones descargando, el ruido de las tarimas golpeando el pavimento y el olor penetrante a fruta madura pegado al calor del sur de la ciudad. Ahí andaba Iker Mateo, un niño de apenas siete años.
Nadie vio el momento exacto en que el niño se acercó a la maquinaria de la bodega de frutas. Lo que frenó en seco a los cargadores fue el golpe pesado del elevador metálico al caer, seguido inmediatamente por los gritos de quien vio la escena.
Quienes estaban a unos metros corrieron al lugar. La imagen cortaba la respiración: la estructura pesada de metal aprisionaba el cráneo del menor. Entre varios desengancharon el montacargas como pudieron y sacaron al niño, pero sabían que no había tiempo para esperar a la Cruz Roja.
Lo subieron al primer vehículo que arrancó y salieron a toda velocidad hacia la delegación de urgencias.
Ahí el intento por reanimarlo duró apenas minutos. Los paramédicos salieron a confirmar lo que todos temían: Iker Mateo llegó sin vida; la presión del metal contra su cabeza fue fatal en el acto.
Mientras la Fiscalía acordonaba la bodega para revisar los cables del elevador y determinar si hubo una falla o una negligencia, a unas calles de ahí, en la entrada de la Cruz Roja, los trabajadores del mercado permanecían en silencio, con la ropa todavía manchada de tierra y fruta, tratando de entender lo que acababa de pasar.
Redacción/LaPared