En el lugar más lejano de México, los campesinos de la colonia Vicente Guerrero, en San Quintín, sostienen un encuentro con trabajadores de la unión americana. Intercambiaron experiencias, pero también historias de lucha.
Elier Lizárraga
Tijuana, BC.- Finalmente, luego de cuatro días de caminata, los jornaleros de San Quintín logran su cometido y llegan a Playas de Tijuana para sostener un encuentro binacional con trabajadores sindicalistas de Estados Unidos.
El trayecto no fue para nada fácil. Si bien caminaron por la carretera con una de las mejores vistas de México, por sus viñedos, sus cerros al alcance de la mano y sus playas, esas cosas poco importaban en su lucha. Provenientes de San Quintín, los trabajadores atravesaron cerros, pueblos, comieron poco y caminaron sin descanso durante muchas horas para, una vez en su destino, continuar realizando propaganda de movimiento a donde llegaban.
Fue ya hace un año cuando todo empezó, cuando se levantaron del suelo y gritaron de su situación para que todo el mundo supiera de los malos tratos que sufrían por parte de la Empresa Driscoll’s. Y hoy, un año y tres días después de su levantamiento, los ojos del mundo están sobre ellos mientras tratan de llevar a cabo el boicot, con el cual pretenden reducir las ganancias de la compañía transnacional en un 30 por ciento.
Primero fue Vicente Guerrero, pueblo donde la mayoría de ellos habita, para pasar por todos los pequeños ejidos que hay entre San Quintín y Ensenada. Luego estuvieron en Rosarito y por último el domingo por la mañana llegaron a la última playa latinoamericana en la ciudad de Tijuana.
Ahí están los líderes, una vez más al micrófono, gritando su mensaje a pesar del cansancio y el dolor de las piernas y el sueño. Ahí están, cansados de estar cansados, de tener la espalda doblada y trabajar durante horas por un salario miserable. Ahí están, dispuestos a darlo todo a cambio de un poco de dignidad.
Sus seguidores los aclaman cada vez que gritan consignas: “¡Boicot Driscoll’s! ¡Sí se puede!”.
Algunos comen con desgana porque saben que no hay mucho tiempo, hay que seguir. Los trabajadores de Estados Unidos pronto llegarán y el encuentro binacional debe celebrarse.
Pronto reciben el aviso por teléfono y se trasladan a la barda que divide México y Estados Unidos para llevar a cabo el acto. La arena está mojada por la marea alta, algunos niños juegan per o pronto son llamados por sus padres para que no se pierdan.
Tres guardias fronterizos observan el movimiento a ambos lados. Los ciudadanos americanos se aproximan cada vez más por la playa y los agentes se tensan. Dan vueltas en sus cuatrimotos, van y vienen como amedrentando a los trabajadores de ambos lados para que renuncien en su objetivo pero no lo logran.
Por fin llegan. Los mexicanos gritan consignas y los estadounidenses responden al grito de “¡Boicot Driscoll’s!”. Los agentes impiden el paso, se colocan en formación y les indican a los trabajadores que no pueden llegar más lejos. Del lado mexicano, algunos activistas estadounidenses que acudieron a Tijuana al encuentro les gritan “¡Let them trough!” (Déjenlos pasar). Pero no los dejan.
Después de insistir un rato, los policías hablan con los manifestantes del lado estadounidenses y les permiten que dos personas, acompañadas de un agente, crucen la zona desmilitarizada (DMZ, por sus siglas en inglés) para hablar con los jornaleros. Al Rojas, vocero de la American Federation of Labor and Congress of Industril Workers (AFL-CIO), logra pasar con el puño levantado en señal de lucha y es recibido con una ovación.
Él y Fidel Sánchez, vocero de la Alianza de Organizaciones Nacional, Estatl y Municipal por la Justicia Social, conversan para trasladarse a una zona de la línea fronteriza donde se pueda hablar sin el ruido del mar. Es difícil seguir la conversación, pues al mismo tiempo los trabajadores aplauden, gritan consignas contra la empresa que los explota y los mexicoamericanos les hacen segunda.
Encuentro emotivo
Una vez que se trasladan a una zona con menos ruido, es posible que los trabajadores se comuniquen con micrófonos y altavoces, y con esto logran convencer a los guardias fronterizos para que dejen pasar a 20 trabajadores del lado de Estado Unidos.
Entonces se abre la puerta de aquel lado y estos atraviesan hasta llegar a la barda del lado mexicano. Hay quienes tienen familiares en este lado, por lo que les gritan para encontrarlos. Los jornaleros corren al encuentro, atraviesan el dedo meñique por la barda que los separa porque es lo único que cabe por los orificios de esta, acción que emulan sus primos, sobrinos o hermanos.
Y ahí está también Gloria Gracida, vocera del Sindicato Independiente Nacional Democrático de Jornaleros Agrícolas, quien se acerca para saludar a Al Rojas, quien ha caminado de ambos lados del movimiento, el pasado 17 de marzo desde Vicente Guerrero y ahora desde San Diego a pesar de su edad. Gloria no puede evitar romper en lágrimas por la emoción. Primero simplemente solloza y luego le dice a Al que no los abandone, que siga luchando a su lado hasta lograr su cometido. “Tú eres mi padre, Al”, le dice en referencia a la lucha que han sostenido juntos. Entre risas y llanto, Gloria insiste en que tienen que seguir juntos.
Desde el otro lado, Desiré Rojas, hija de Al, dice que su padre ha sido una inspiración durante toda su vida y la lucha que ha sostenido al lado delos jornaleros de San Quintín es el gesto más noble a favor de un movimiento que ha realizado.
Pero también vienen trabajadores que simplemente quieren dar muestras de solidaridad y apoyo a los trabajadores de San Quintín, se acercan a la reja y les dicen que continúen luchando, que desde el otro lado hay gente que lucha.
A través de los altavoces, ambos lados intercambian mensajes de ánimo y resistencia. Se envían abrazos y mandan saludos a familiares que no pudieron asistir.
También los niños quieren hablar. Víctor, un pequeño de once años comparte su experiencia como niño jornalero. Se dedica a la pisca de fresa, mora, tomate, chile, pepino y cualquier cosa que se pueda comer y se cultive en San Quintín al lado de su padre.
“Trabajo en el campo. Sé lo que se sufre cuando los padres de cada niño se va a las cuatro de la mañana y regresan hasta las nueve o diez de la noche. No me parece justo y quiero que el gobierno nos apoye para tener un mejor salario”, grita en el micrófono.
Mireya, otra niña hija de jornaleros, da testimonio de lo que es vivir en el campo bajo las condiciones salariales y de vivienda que se tienen debido a las malos tratos de Driscoll’s.
“Yo cuido a mis hermanos. Voy en tercero de secundaria y Gracias a Dios voy a terminar mis estudios, es mi sueño seguir adelante porque yo no quiero seguir sufriendo. Tenemos quince años viviendo en Baja California y el salario es el mismo, no pueden seguir tratando a sí a los campesinos, es una vergüenza”.
Quiere continuar su historia, pero se le quiebra la voz y le gana el llano. Los trabajadores que están del otro lado de la frontera le aplauden, por el micrófono le dicen que es una niña muy fuerte y con dignidad, al igual que sus padres. Le piden seguir luchando y no rendirse bajo ninguna circunstancia.
Partida
A medida que avanzan las horas los ánimos van menguando. El sol y las largas caminatas finalmente hace efecto sobre los cuerpos de los trabajadores del campo y algunos se van sentando bajo la sombra. Otros simplemente se recargan en la barda fronteriza para descansar un poco.
Finalmente los jornaleros y trabajadores empiezan a retirarse, cada quien a su lado de la frontera. Los mexicanos volverán a San Quintín, los estadounidenses a California.
Se llevan cada uno el recuerdo de la lucha y el apoyo y solidaridad de sus compañeros del otro lado dela frontera. Se llevan las ganas renovadas para seguir luchando y no claudicar hasta que logren su cometido.
Los del lado americano tienen que volver caminando, pero los del lado mexicano se quedan a descansar y comer. El encuentro ha concluido y prono será la hora de regresar a casa, a los campos, a las condiciones extremas del frío y los malos tratos de sus patrones.
Pero no están tristes. Saben que la lucha no ha terminado, y si ahora hay que retirarse, saben que en el futuro volverán a salir a las calles para que su causa no sea olvidada y nadie olvide tampoco a la empresa Driscoll’s. No se sabe cuándo, pero los jornaleros aseguran volver a salir para que el mundo vuelva a saber de ellos.