Por Roberto Feregrino
A decir de Rafael Pérez Gay, Ángel Efrén de Campo y Valle (1868-1908) fue “un inmejorable observador de la sociedad que quedó por debajo de la modernización, un narrador de los protagonistas que llegaron tarde al reparto del progreso”. Y no es gratuito que escriba eso de él, ya que los protagonistas de sus relatos son “los perdedores, los vencidos, los tristes, los decepcionados, los viejos, los animales sin dueño, los niños pobres”; es decir, aquellos desafortunados a los que este escritor les dio voz a finales del siglo XIX y los albores del siglo XX; influenciado por novelistas franceses adquiere el tono pesimista que lo caracterizó.
Este mismo halo de decepción permeó a distintos narradores después Ángel de Campo como fueron Juan Rulfo, Eduardo Antonio Parra y, más recientemente, Hiram Ruvalcaba (1988), oriundo de Zapotlán el Grande, quien desde muy temprana edad salió de ahí por recomendación del maestro Hugo Gutiérrez Vega, de quien fue discípulo.
En 2016, Ruvalcaba ganó los juegos Floreales de Lagos de Moreno con su libro Me negarás tres veces; en el 2018, se hizo acreedor del Premio Nacional de Cuento Joven Comala con su libro La noche sin nombre y en el 2020, se sumaron un par de triunfos más: por un lado, el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay por su libro Los niños del agua y el Premio Nacional de Cuento José Alvarado por el libro Padres sin hijos.
Es este último, el que nos congregó a reunirnos con el joven narrador para hablar sobre él y los elementos fundamentales que lo van perfilando como uno de los narradores imprescindibles de las letras en occidente.
Cada vez que se alude a la prosa de Ruvalcaba no deja de equiparársele con Juan Rulfo, porque tiende a la sobriedad de la retórica que otrora caracterizó al autor de El llano en llamas. Los cuentos de Hiram son desoladores, crudos, quizá como aquellos de Ángel de Campo, la diferencia es la actualidad en la que están concebidos y que las influencias no son francesas, sino ya norteamericanas.
Padres sin hijos inicia con un epígrafe de Margarita García Robayo que dice: “Ni siquiera existe una palabra para describir mi condición —siguió—: los hijos sin padres son huérfanos, los padres sin hijos, ¿qué son?” Un libro que, por cierto, está dedicado a tu padre, a tu hermano y a Naím, tu hijo, ¿cuál es la relación con estas tres figuras a propósito de tu libro?
Son las tres figuras más cercanas a mi concepto de la paternidad. Afortunadamente no tuve un padre ausente, y agradezco que papá siempre estuvo conmigo; hemos tenido desencuentros y reconciliaciones con los años, como todos, pero nada que no se haya podido solucionar. Mi hermano fue papá antes que yo, así que la primera paternidad cercana que experimenté fue con mi sobrino Brandon. Después pensé en tener un hijo y, cuando nació Naím, el tema se terminó por cuajar del todo.
Siempre he tenido la preocupación por analizar las relaciones fraternales, pero no me había decidido a explotar el tema, así que cuando surgieron estos textos me di cuenta de que son las tres personas que identifico con el monstruo de la paternidad.
El libro inicia con un cuento que se llama “Visita familiar 1” y cierra con otro cuyo nombre es “Visita familiar 2”, ambos se complementan, no obstante, pueden leerse por separado, ¿por qué razón recurrir a este recurso a modo de sándwich?
Los identifico como puertas, una de entrada y otra de salida del libro. El orden final con el que se publicó Padres sin hijos es el que originalmente decidí que tuviera, pero confieso que me hubiera gustado incluir otro par de cuentos; por desgracia, no me daban las páginas para el concurso porque me pasaba. Me interesaba la exploración de los personajes en diferentes historias; de hecho, uno de mis proyectos es engarzar personajes en novelas o algunos otros cuentos. La intención de que todo se desarrolle en Tlayolan tiene que ver con una especie de microhistoria que estoy buscando crear en torno a este pueblito. Tlayolan sí es Zapotlán el Grande, pero también es el sur de Jalisco: me gusta mucho Pihuamo —más de una vez he dicho que soy pihuamense, y en muchos sentidos lo soy, pues me formé ahí en la pubertad—, Autlán, Tonaya, El Limón, Tuxcacuesco, El Grullo, lugares con los que siento una identificación geográfica y cultural.
Esa es una de las razones por las que quería que estas dos historias estuvieran conectadas, porque el proyecto radica en buscar que mis personajes muestren una evolución. Por ejemplo, “El ajolote” es un personaje que tengo en varios cuentos, es un sicario joven y sale al menos en dos o tres de ellos. También El Manoplas, un policía que se hace sicario y aparece en uno de los cuentos del primer libro, en uno de los del segundo y en un par todavía inéditos.
En mi primer libro, El espectador, hay tres cuentos que se conectan, el primero se llama “El cementerio de los peces”, el segundo “El canto de Ofelia” y el último es “Sobre un fondo gris”. Es la historia de un niño que recuerda cómo su hermano desaparece después de la matanza de Tlatelolco. En el primero de ellos se llevan a la novia del hermano; en el segundo, hablo de qué pasaba con esas personas cuando desaparecían y el último es un futuro de este niño que ya es adulto y recuerda todas esas cosas. Ese fue un primer intento de realizar este experimento que mencionas.
¿Está en tus intenciones elaborar una especie de universo como el de Benito Pérez Galdós o Balzac?
El proyecto de Balzac siempre me ha parecido muy atractivo, no puedo decir que es lo que quiero hacer, porque la verdad no lo he pensado tan a fondo. Por ahora me interesa retomar ciertos personajes que me llamen la atención, quizá hacer la trilogía de alguno de ellos, pero como todavía no ahondo en la novela, se queda en la intención de buscar personajes para tratar de ver cómo podrían evolucionar con el paso del tiempo. Eso es lo que me interesó en estos cuentos en particular.
Probablemente de todos los 8 cuentos que incluye este libro, sea el de “La flor del aire” el más simbólico de todos con la figura del colibrí. Por momentos recuerda a aquel cuento de Jaime Romero, “Cruda de domingo”, con quien por cierto sostienes muy buena amistad, ¿vislumbrabas conscientemente metaforizar la unión de Mario y Sara a través del colibrí?
No tengo muy fresco el cuento de Jaime Romero, pero su obra y la mía de repente se relacionan; por ejemplo, cuando escribí “Algo huele mal”, el último cuento de La noche sin nombre, lo hice pensando en su cuento “Una madrugada sin retorno”, cuyo final es con una pareja que abandona un cuerpo en el baño, mientras que el mío inicia con un tipo que entra al baño y ve ese cuerpo. Aparte de ser amigos, tengo un gran respeto por la obra de Romero, aunque le vaya al Cruz Azul.
En este cuento que mencionas, la figura de la paternidad en realidad está en el personaje de Sara, en él se sugiere la pérdida de un bebé. Pero en realidad lo que más me interesaba expresar era cómo una pareja debe trabajar en conjunto para asegurar la supervivencia de otra vida, representada en este caso con el colibrí.
La idea surgió porque yo trabajé en la Biblioteca Arreola y un día se metió un colibrí a mi oficina del quinto piso. Cerré la puerta, lo atrapé y lo saqué a la calle. Esta sensación de proteger a una criatura indefensa en un ambiente hostil para él —porque después de todo las construcciones humanas son hostiles hacia las criaturas silvestres—, que de repente irrumpe, es la muestra del choque entre la figura del bosque y la de la ciudad. Tampoco debemos olvidar que esta ave es un mensajero de la muerte.
Cada uno de tus cuentos parece una reflexión sobre la vida: por ejemplo, “La palabra de dios” habla sobre los desaparecidos, de aquellos que sabemos que han muerto pero no hay un cuerpo para enterrar; es decir, no existe resignación para aquellos que han perdido a sus seres queridos de esta manera. ¿Existe una pregunta detonante que desarrollas para delinearla con los personajes o cómo es qué salen relatos como este?
Cuando empiezo a escribir los cuentos necesito entender hacia dónde van mis personajes, si no sé hacia dónde se dirigen es probable que me llegue a perder en un cuento. Siempre que inicio una historia me pregunto de qué va la historia, de qué trata. Algunos teóricos, por ejemplo, John Truby, le llaman a esto el argumento moral, en pocas palabras la historia va a enseñar algo sobre la naturaleza humana, no cómo debe ser, sino mostrando algo de lo que vemos en algunas personas, y es lo que a mí me interesa manifestar como autor.
En el caso de “La palabra de Dios” fue mostrar que la venganza entre familias no tiene fin; en “Visita familiar” me pregunté si uno puede —o no— perdonar los pecados del padre. A propósito de esto, un amigo me decía que uno va creciendo y sabe que no se trata de perdonar, sino de entender, eso es de lo más interesante entre la relación entre padres e hijos: cómo entiendes la relación que tuviste con tu padre.
Entonces pienso cuál va a ser el argumento moral y construyo la historia en torno a ello, siempre la historia y el argumento moral van de la mano. Si quiero enseñar que la venganza es interminable, pues mi cuento tiene que tratar de una venganza y cómo se entreteje. Es un proceso complicado porque, si no tenemos cuidado, podemos irnos al sermón de que “la vida debe ser así” y no se trata de eso. El autor tiene que permanecer ajeno al desarrollo moral de la historia; es decir, no imponer su moral. Aunque también es cierto que los personajes no pueden ser ajenos a una línea moral determinada, ellos tienen que mostrar las perspectivas posibles ante un mismo problema: ¿vas a matar a alguien? ¿Por qué lo vas a matar o por qué no lo debes matar? Como autores no podemos decir: “Matar es malo porque está en la Biblia”, pero el personaje sí lo puede decir así que si el personaje cree en el infierno, entonces hay un verdadero conflicto moral a la hora de decidirse a matar. Uno de los pactos más difíciles que uno hace con sus personajes es precisamente dejarlos ser; si mi personaje es un misógino, debo dejarlo ser un misógino. A mí como autor no me costaría nada decir que esa gente no existe, suprimirlos de mi obra; pero resulta que sí, que hay gente que mata a sus hijos, que mata mujeres y ahí están, se hable de ellos o no. Creo que la denuncia es nuestra obligación, y es un pacto bien complicado separarte del personaje para dejarlo ser. Es un riesgo, definitivamente, pero uno necesario. La literatura es un riesgo necesario.
A propósito de lo que mencionas, ¿podríamos decir que no todo es una estructura como lo has mencionado en otras entrevistas y dejas a los personajes “ser”?
Tengo una escaleta que he estado armando y reformando a lo largo de los años en donde sé que en el cuento tienen que pasar ciertas cosas y, si esas cosas no pasan, mi cuento no va a funcionar. Por ejemplo, los inicios de mis relatos a muchos de mis lectores, incluso a Eduardo Antonio Parra y Daniel Salinas Basave, les gustan, dicen que atrapan rápido. Eso es técnica, y no es que use frases matonas para atrapar a los lectores. El escritor tiene que pensar no solamente cuál es la frase adecuada para empezar, sino también cuáles son las cosas que debe presentar desde el inicio. Julio Cortázar, refiriéndose al final sorprendente, decía que el cuento debía ser un nocaut y es cierto, esa estructura funcionó y sigue funcionando; sin embargo, yo me baso más en la estructura del cuento norteamericano. De hecho, Kurt Vonnegut tiene un decálogo del cuento y me acuerdo de uno de los puntos el cual dice que el cuento tiene que decir lo que está pasando desde el principio, sin ocultar nada: en las primeras líneas, en los primeros dos o tres párrafos el lector debe saber qué está pasando, hay que decirle para dónde va, pero debe ser llamativo.
Por ejemplo, a mí me llama mucho la atención el tema de la maldad infantil, es cierto que los niños son seres maravillosos pero cuando son malos, son bien malvados; es decir, un niño no se va a contener a hacer bullying a otro cuando esté en un grupo, porque lo disfrutan, no saben por qué, pero lo disfrutan. Pensemos en dos niños que se encuentran con una pistola, ahí hay algo inquietante, ¿qué van a hacer con ella? Y esa es la gran pregunta de todas las narrativas, ¿qué va a pasar?, pero tiene que plantearse desde el principio del cuento, si no lo planeas así el lector te deja. Neil Gaiman dice que la gran pregunta que todo escritor debe buscar en el lector es ¿qué pasó después? Si logras que tu lector se pregunte esto, estás del otro lado, la estructura te permite mantener esa pregunta de manera constante. Soy de los autores que creen que si no tienes una escaleta lo más probable es que tu cuento naufrague, supongo que existe quien no necesita de ellas, pero yo, Hiram Ruvalcaba, si no tengo una escaleta, no logro que mis cuentos jalen, me pierdo.
Las imágenes que tienes como: “huir de esa mano pedregosa que lastima”, “por momentos piensas que a veces también las casas se ponen tristes” o “El sol es una plaga de hormigas picosas que se embarra en tu espalda, tu nuca, y a tu alrededor, en todas las cosas”, son quizá el motivo de que se te haya emparentado con Juan Rulfo o Juan José Arreola. ¿Cómo encuentras esa voz, y no ha sido una loza para ti que este par de portentos estén siempre presentes cuando se habla de tu prosa?
Siempre he dicho que me emparento más con el estilo de Juan Rulfo, porque Juan José Arreola —otro gran personaje— es más juguetón, más erudito, y yo no, a mí no me gusta hacer literatura tan intelectual. Lo dije en la presentación y lo reitero aquí, siempre voy a aceptar que crecí a la luz de Rulfo y de Arreola, para mí ellos fueron importantísimos. He vuelto una y otra vez a El llano en llamas, pero si hablo de mis influencias literarias directamente creo que es más influencia en mí Carver, porque lo he leído más con intención de aprender que a Rulfo; para éste último sólo tengo admiración y de hecho vuelvo a él y le aprendo, pero hace mucho que no me pongo a estudiarlo. En definitiva, los paisajes rulfianos son paisajes con los que crecí. Durante muchos años estuve viejando para la zona de El Limón, ese calor sofocante que se siente en Comala yo lo sentí allá, ese en el que sientes que te están picando hormigas todo el tiempo, así es que definitivamente estos espacios tienen una influencia en mí.
Creo que mi escuela narrativa es americana, estudio a Sherwood Anderson, Richard Ford, Raymond Carver, Lorrie Moore, Flannery O’Connor, la inmensa Joyce Carol Oates, son autores que a los que les aprendo cosas interesantísimas. Por ejemplo, hay un cuento de Joyce Carol Oates que se llama “¿Dónde vas? ¿Dónde estuviste?”, al que vuelvo siempre que hablo sobre la construcción de la tensión. Claro, se publicó en los 70´s y la técnica ya no funciona exactamente igual, quizás ahora convendría iniciar en otro momento el cuento, pero fíjate qué interesante cómo evoluciona la literatura por nuestra necesidad de celeridad, por ello siempre busco la manera de que mis cuentos hagan lo mismo.
La otra gran influencia que tengo es la poesía. Ya no soy un lector frecuente, pero sigo leyendo poetas como Marco Antonio Campos, Jorge Humberto Chávez, Antonio Gamoneda, Juan Gelman, Enrique Lihn, Roberto Juarroz, porque con este tipo de lecturas siento que uno programa el lenguaje, así que cuando hago una revisión final de mis textos trato de leer poesía, que el lenguaje florezca de otra manera.
No me molesta que me digan que de repente imito a Rulfo, para mí es un honor. En lo personal, creo que si eres un escritor y no intentas llegarle a los grandes, ¿para qué estás escribiendo? Los “jóvenes creadores” estamos en la edad de permitirnos cierta pedantería de querer ser como el mejor, y quizás después nos daremos cuenta de que no se puede, pero debemos tener esa aspiración. Borges contaba que Victor Hugo tenía en su cuarto un letrero que decía, “Seré como Chateaubriand o no seré nada”. Eso es un objetivo. A mí me gustaría que en 10 o 15 años, al hablar de cuentistas de Jalisco mencionen el nombre de Hiram Ruvalcaba entre los de Juan Rulfo, Juan José Arreola, o Antonio Ortuño, quien es nuestra gran figura contemporánea.
Probablemente uno de los relatos más fuertes contenido en este libro sea el de “Cómo mueren los pájaros”, sin soslayar “Elefantes marinos” que también es fuerte; sin embargo, en el primero tenemos al padre e hijo que se unen a consecuencia de la brutalidad humana a la que llegas hablando de un simple día de cacería…
Más que unirlos era hacer el contraste entre las circunstancias que vivieron nuestros padres y las que vivimos nosotros.
Hace 4 años en Tamazula, un pueblo cerca de Ciudad Guzmán, colgaron a 4 tipos de un puente peatonal que está a la entrada del pueblo. Cuando escuchamos la noticia, la mamá de mi hijo me contó, consternada, que en ese puente ella corría de niña, así que me impactó saber que los niños que antes corrían ahí, ahora veían colgados. Creo que es una transformación social muy fuerte que nos pasa desapercibida. Son imágenes pesadillezcas a las que nos acostumbramos.
Quizás el mensaje de este cuento es el siguiente: ¿cuál es el mundo que le está quedando a la infancia? Este paisaje agreste, bucólico, que el padre recuerda y quiere mostrarle al hijo, aparece transformado por la violencia. Es un cuento que tiene un par de símbolos por ahí donde van por el bosque y se encuentran con un alambre de púas, es ni más ni menos que la frontera entre el mundo natural y el mundo del humano. Padre e hijo regresan a la aldea del hombre y con lo primero que se topan son unos muertos, pero no por cualquier muerte: están colgados. Es una de las formas más frecuentes de manifestar la violencia, porque el ahorcamiento además de producir la muerte provoca el espectáculo.
La idea de que el padre se rompiera y el niño lo rescatara fue precisamente de Jaime Romero, él me dijo que sería más actual que el niño reaccionara y supiera cómo manejarse en ese mundo, y tiene razón, porque los morros están preparándose para cosas que ni nos imaginamos: la crisis del agua, las drogas, la crisis ambiental; nosotros creemos que pueden solucionarse, pero a lo mejor el futuro depara un terrible “sálvese quien pueda”. Esa es la reflexión de este cuento.
Hay un cuento que se llama “Por qué no hablas con él” donde aparece el nombre de Naím, tu hijo, ¿es una suerte de homenaje a él?
Yo me llamo Marcos Hiram y la mamá de Naím se llama Alejandra, entonces es un cuento de autoficción. Empecé a escribirlo porque a los tres meses de embarazo tuvimos una amenaza de aborto, y ese fue el primer choque que me deparó la paternidad: saber que mi hijo era mortal.
La idea era hablar de estos niños que no llegan al mundo —que de hecho es el tema central de Los niños del agua— y que se transforman en una especie de ilusiones eternas, y uno como papá termina amando algo que se desvaneció. Sin embargo, la ilusión —y el amor— no se va por completo, así que cuando tienes que empezar a deshacerte de la ropita, también tienes que hacerlo con los sueños, es una despedida fuerte porque finalmente es una parte de tu vida de la que te tienes que desprender. Creo que es mi cuento más carveriano. La intención era mostrar a la pareja que llega con la ilusión y se encuentran con alguien que pasó por este proceso y le fue mal.
Es un encuentro entre dos posibilidades, por decirlo así, y quería que el cuento terminara bien, porque mis cuentos normalmente no tienen ese tipo de desenlaces.
A pesar del miedo que te pueda producir la paternidad, está la esperanza de que las cosas van a estar bien. Es una esperanza para la que uno no tiene ningún fundamento, pero tienes que creer en ella porque es para bien de tu hijo. Lo cierto es que las cosas pueden estar mal, de un momento a otro el infierno puede desatarse, pero no puedes estar siempre pensando en eso porque creo que la paternidad “deseada” —este es un adjetivo muy importante— debe ser siempre esperanzadora para que las cosas salgan lo mejor posible.
Has mencionado que los premios son sinónimo de trabajo y de suerte, ¿entonces has trabajado mucho y has sido muy afortunado?
Hay momentos en los que la vida te encauza hacia ciertas cosas, en este caso a publicar o al reconocimiento, porque quieras o no un premio te da reconocimiento. Los concursos son un volado: te puede tocar un jurado al que de verdad le interese la literatura que tú escribes, o un jurado que no le guste el tema; sin embargo, el libro sigue siendo el mismo, con la misma calidad; es decir, no disminuye porque hayas perdido, ni le aumenta porque hayas ganado, es exactamente el mismo.
Cuando hablo de suerte me refiero a que coincide con que el jurado tiene una preferencia estética por lo que haces; cuando hablo de trabajo me refiero a que tienes que asegurarte de que tu libro cumpla con las características suficientes para llegar a la mesa del jurado final, que por lo menos uno de los jurados diga que le gusta lo que escribes. Esa es tu chamba. Ya en la deliberación pueden pasar muchas cosas, hay muchas razones por las que esa mesa de discusión puede inclinarse de un lado o de otro, pero el trabajo del autor es estar ahí. Porque no es cierto que ganen autores que escriben mal. Creo que en todos los textos finalistas hay algo especial, puede no ser algo que te llame la atención, pero hay alguien que apuesta por él y eso está increíble. Por ejemplo, el Juan José Arreola lo ha ganado, además de Jaime Romero y otros autores realistas, Efraím Blanco, que es un muy buen narrador entre ciencia ficción y literatura fantástica, lo cual está bien interesante porque esa es la variedad que implica tener un jurado con diferentes backgrounds. Alguna vez Fernando del Paso me dijo que, si quieres llegar a un lado en esto, tienes que leer mucho y escribir mucho, no hay ningún atajo. El trabajo constante es la primera y la última llave para abrir las puertas de cualquier arte.
A propósito de esto que mencionas, ¿te parece que hay legalidad en los concursos?
Es un tema muy complicado, pero creo que si un libro gana es porque tiene algo relevante. Hace dos años se hizo un debate sobre Patricio Pron con la novela Mañana tendremos otros nombres, en la que tenía muchos “había” en la primera página; incluso yo compartí memes al respecto. Pero, al repensar el tema, creo que en realidad no era él el problema, el problema era el editor que corrigió y no vio esos “detalles”. En los concursos grandes como el Herralde o el Planeta, definitivamente los libros que ganan traen calidad. Cada uno de los libros de cuentos que ha ganado el Ribera del Duero de la Editorial Páginas de Espuma, trae cuentos bien interesantes. Háblese de La vaga ambición, de Antonio Ortuño; Siete casas vacías, de Samanta Schweblin o Mirar al agua, cuentos plásticos, de Javier Sáez de Ibarra, el primero que ganó. La verdad para mí es difícil concebir que haya mano negra, debe darse algún caso porque finalmente hay seres humanos involucrados y porque el arte es un asunto subjetivo que permite estas cosas.
¿Hiram Ruvalcaba apoya a escritores?
Trato de jalar conmigo a la gente de mi generación y a la gente de mi rancho. Siempre que pueda voy a hablar de gente que escribe bien como Alejandro Von Düben, Julio Espíritu, Bladimir Ramírez, Kevin Aguayo, Lizeth Sevilla. Tengo dos primos que vienen con mucho trabajo: Jaime Jordan Chávez, que está por publicar un libro de poesía en España, en Chile y en México, tiene 24 años y es de Ciudad Guzmán; y la poeta y ensayista y narradora Cindy Hatch, que ya es un referente de la literatura joven en Guadalajara.
Hay mucha gente que está haciendo las cosas bien, aparte me caen bien y siempre que puedo los menciono. Lo que me interesa es atraer los reflectores hacia la generación nueva que se está formando en occidente, porque siempre he creído que si avanzamos en bloque nos esperan más cosas. Hay escritores que están avanzando, ganando premios, becas, publicando, y es así como se hacen las generaciones. No estoy diciendo que lleguemos a hacerla, pero estamos tratando de que el reflector vuelva al occidente donde estaban Antonio Alatorre, José Luis Martínez, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Guillermo Jiménez, Refugio Barragán de Toscano, etcétera. Hay una importante historia cultural en el sur de Jalisco e intentamos que no se muera hasta que llegue el siguiente genio, así que hay que mantener el movimiento vivo.
¿A Hiram Ruvalcaba quién lo apoyó?
Definitivamente soy de los discípulos de Hugo Gutiérrez Vega.
Ha habido gente muy importante en mi formación. Agradezco y admiro mucho el trabajo de Eduardo Antonio Parra, porque le he aprendido tanto en sus cuentos como en los talleres o en las conversaciones que hemos tenido; también hay un cuentista —y poeta— de Colima que se llama César Anguiano al que le he aprendido mucho y, de hecho, fue mi primer maestro del cuento, pero mi primera influencia (o mentor) fue Hugo Gutiérrez Vega. Llegó a mi vida hace diez años, me aceptó como su alumno, le platiqué mis intenciones de ser escritor y me creyó. Mi primer libro, El espectador, lo apadrinó él en Casa Zuno, en Guadalajara. Me fui a la Ciudad de México por él, porque me dijo: “salte del rancho y conoce”. Llegué en agosto de 2015 en una especie de orfandad. Recuerdo que una vez platicamos en su casa, yo tenía como un año y medio que no escribía nada, hablé con él y me regaló una libreta: “la próxima vez que vengas vamos a platicar de tu cuento, escríbete uno”, me dijo. A las dos semanas de aquel encuentro murió y aquella promesa quedó en el aire. Pero a pesar de su muerte me acercó a la literatura. Después vino el taller de Parra, yo seguí escribiendo, publicando y entrando a concursos. Así que me sigo considerando uno de los últimos alumnos de Hugo Gutiérrez Vega.


