Mientras la historia lo absuelve o no, el hombre de barbas se convirtió en la frontera infranqueable para los despropósitos de EEUU
Édgar García Colin
Como ha sucedido con varios personajes que han sido punto de quiebre en la historia de los pueblos -e incluso de continentes enteros- no siempre se puede dimensionar el aporte socio-histórico y político dejado por ellos al momento de su muerte, como es el caso de Fidel Castro Ruz. Sin embargo, por la vía de los hechos, es relevante señalar los sucesos que son antesala del devenir de la historia de Latinoamérica.
Hasta el triunfo de la Revolución cubana el 1 de enero de 1959 bajo las huestes de Ernesto “Che” Guevara, Camilo Cienfuegos y otros guerrilleros, las pretensiones y el papel que desempeñaba Fidel, eran los mismos que los de otros tantos promotores de revoluciones a lo largo y ancho del continente americano: a saber, un cambio en el quehacer político y económico de sus respectivos países. Fidel no era tanto ni más que un Augusto César Sandino en Nicaragua ni de lo que posteriormente pretendió Salvador Allende en Chile, por ejemplo.
Sin embargo, en abril de 1961, se da la malograda invasión y desembarco de unidades paramilitares patrocinadas por la CIA en Bahía de Cochinos al oeste de la isla y Fidel Castro entendió que los EEUU no permitirían jamás una Cuba comunista en su “patio trasero”. Una inusitada decisión del entonces presidente John F. Kennedy le dio la espalda a los planes de la CIA y el esperado embate de la aviación estadounidense jamás llegó, lo que le dio tiempo a Fidel para saber que su naciente revolución era demasiado frágil ante los intereses de la nación más poderosa del mundo y que esta le respiraba demasiado cerca.
Ya como líder formal en la isla, decide hacer una alianza estratégica con la URSS de Nikita Kruschev y en octubre de 1962 estalla lo que se le conoció como la “crisis de los misiles”, que no fue otra cosa sino el descubrimiento por parte de EEUU de bases de lanzamiento de misiles con capacidad nuclear capaces de alcanzar cualquier ciudad de Norteamérica y destruirla de un plumazo. Al final, la URSS retiró los misiles emplazados a cambio de que EEUU no se entrometiera militarmente más allá de Berlín.
El aporte de Fidel como comandante en jefe de Cuba en ese momento no fue poca cosa; contuvo de golpe y puso bajo resguardo suyo cualquier otra intentona de los gringos de intervenir militarmente a cualquier nación latinoamericana.
A partir de ese momento, la voz y el peso de Fidel Castro se hizo escuchar en cualquier rincón del mundo y en cada reunión diplomática de importancia y que tuviera que ver con el tema de Latinoamérica.
El hombre de barbas se convirtió en la frontera infranqueable para los despropósitos de su vecino. Es cierto que siempre quedó la sombra de la duda de si la nación cubana mantuvo secretamente bases de lanzamiento de misiles, sin embargo nada de eso era mayor al hecho de que Fidel se mantuvo incólume ante el Goliat que le representaban los USA y, sobre todo, su desempeño diplomático en cada crisis y en cada conflicto.
Son muy conocidos sus discursos en cumbres de la ONU o de la OEA por ejemplo, denunciando y defendiendo la libertad de su pueblo y de Latinoamérica misma. No debemos olvidar que los EEUU siguieron invadiendo naciones y apropiándose de sus recursos, como sucedió en Irak, Afganistán y Siria
El costo para el pueblo cubano es y ha sido bastante alto: un embargo económico y por lo tanto social de más de 50 años y que perdura hasta nuestros días.
Cuba se hizo una endo-nación y no tuvo otra opción que la de desarrollar los pocos recursos naturales y materiales que tenía. De manera paralela, el estado cubano le dio a su gente lo que casi ningún otro país ni gobierno ha podido; eso a lo que las personas de a pie le llaman bienestar.
Porque quizás los indicadores macroeconómicos de la isla no sean los mejores y menos si los comparamos con los de Suiza o Noruega, pero con un embargo económico sin parangón a cuestas y todo lo que representa, lo realizado por Fidel y su pueblo es poco menos que una hazaña.
Ahora bien, equiparados con los países de Latinoamérica, Cuba no está peor que ninguno. Bien sabido es que sus índices de pobreza alimentaria, educación, esperanza de vida y salud ya los quisieran los mismísimos estadounidenses y ni que decir de nosotros los mexicanos.
Como gobernante casi vitalicio e incluso como represor de los disidentes en muchas de las veces, solo los cubanos podrán juzgar a Fidel, y puntualizo que SOLO LOS CUBANOS. Como el líder global que fue y que abrazó y protegió a otros pueblos de Latinoamérica de la conocida rapacidad de los gringos en el siglo pasado y presente, solo la historia podrá dar cuenta de ello y colocar a Fidel Castro Ruz en el lugar que le corresponda.