La historia de una fotografía del jet-set sinaloense

¡Muchas Felicidades, Panchito!

 

 

Rocío Reynaga

“Mis impuestos, tus impuestos y los de todos van a dar al caserón de Panchito; día a día va acumulando su riqueza a costa de nosotros”.

Al tiempo  comprobé lo que dijo según de broma una compañera, luego de que le tocó conocer el hogar de Panchito. El estilo de vida del cumpleañero es totalmente opuesto a lo que sugiere su nombre.

Ese año llegamos el fotógrafo y yo casi a la media noche a una de las colonias con más historia y de  mayor prestigio en la ciudad, donde habitan familias de abolengo. Ahí todavía no llegan las cúpulas doradas y encristaladas que adornan las mansiones de algunas familias excéntricas y de gustos menos refinados.

Ubicamos la vivienda del festejado porque estaba rodeada de vehículos lujosos y un montón de custodios platicando; unos sentados, otros recargados sobre camionetas;  algunos de cara larga y otros más riéndose de los chistes que acostumbran. A la entrada de la casa, de fachada  simple, dos hombres sentados en sillas de plástico nos vieron llegar y nos saludaron de buen modo, ni si quiera preguntaron qué queríamos, nada, solo sonrieron  y nos dejaron pasar a la casa de Panchito. No dimos ni dos pasos y ya nos esperaba otro bastante cortés.

De puertas adentro

Buenas noches, yo les voy a indicar dónde está el patrón. Perfecto, así no nos perdemos a lo largo de aquello que se vislumbraba un caserón, donde lo primero que salta a la vista son varios autos lujosos, imponentes, todos impecables,  resguardados en una cochera oscura con la capacidad de albergar otros. No nos paramos a verificar las marcas y seguimos al guía que vestía mejor que sus compañeros de la entrada.

A nuestro paso, mi compañero y yo percibimos un olor que nos llegó al estómago,  de tal manera que nos detuvimos para saber de qué se trataba. De la derecha venía humo de asador, era carne que giraba sobre un alambre, atendido por un hombre alto medio panzón que soltaba carcajadas. Es por acá, por favor,  nos precisó el guía.

Entonces, tras el amable hombre recorrimos un jardín del tamaño de mi casa, no recuerdo que tuviera flores, ni árboles, ni siquiera una pequeña planta; tan solo era el césped bien cortado, fresco y verde que lucía aún más con una fuente  con la que concluía el jardín para dar paso a otro espacio al aire libre pero de menor dimensión. Ahí estaban otros asadores con montones de cortes de carnes, vigilantes varios caballeros que  gozaban del clima de la noche, de la cerveza fría y del efecto de la nicotina.

Al terminar de saludar a los presentes pasamos a un salón con las entradas de cristal, donde se encontraba el cumpleañero, es entonces que se aleja de nosotros el guía. Era un pequeño salón muy relajado y también elegante, acondicionado como para reuniones de este tipo. Creo haber visto sobre paredes blancas algunos cuadros o fotografías, no alcancé a divisar a detalle puesto que Panchito al notar nuestra presencia se acercó de inmediato hacia nosotros.

Buenas noches, ¿qué tal?, ¿cómo han estado? los invito a que pasen de este lado, gracias por acompañarme, nos dice el hijo del excandidato a la presidencia de México quien se mostró amable y muy atento al recibirnos en su casa, que también “es nuestra”, como nos dijo. Tenía  todas las intenciones de permitirnos hacer nuestro trabajo; no obstante, no dejó que nos acercáramos a sus amigos, puros hombres, muy catrines todos, tendrían entre 40 y 50 años, a lo mucho alguno pegándole a los 60; todos regocijándose en la plática y en los tragos también. Estaban  ahí como 15  invitados, pude reconocer a algunos empresarios, políticos y agricultores: los otros dueños de Sinaloa. Entre ellos tienen un gusto muy particular al vestir, en su mayoría con camisas claras, no sé porqué recuerdo de sobremanera el color azul cielo y los cuadros entre las finas prendas de los ahí congregados.  Los percibí  hasta iguales, mismos gestos de concordia y placer. No pude escuchar lo que decían entre sí, a lo mucho risotadas y alaridos; todos muy juntos, palmeándose y brindando frente a una larga mesa llena de comida y bebidas aún más.

La negativa

No nos quedó de otra que salir de aquél sofisticado lugar y seguir al dueño de la casa ante la negativa de documentar el festín de sus selectos invitados. Íbamos detrás de su robusta figura que se movía como gelatina. No quería darnos la espalda, así que mientras lo seguíamos volteaba hacía atrás para dirigirse a nosotros; parecía intimidar con la mirada, pero no era eso, sino que sus ojeras, incluso sus toscas facciones, dan esa impresión, le dan fuerza a su manera de ver.

Pasamos una vez más el rincón del comelitón y atravesamos  de nuevo su jardín sin flores. Al seguirlo noté que se está quedando con poco cabello, el que le queda parece tan delicado como el de un bebé; sin embargo, tiene suficiente dinero para implantarse cabello castaño o como le parezca mejor, eso no ha de tener cuidado para él.

Caminaba de prisa mientras hablaba de quién sabe cuánta cosa: que si sabíamos si iba a llegar nuestro patrón, que son compadres, que lo invitó, que nunca va pero sí van sus empleados, que lo estaba esperando. En fin, otro de los que se sienten dueños de Sinaloa no puede quedar fuera de la lista de invitados, que vaya o no es otra cosa.

Al fin llegamos a donde nos condujo Panchito: a un escenario amplio y elegante, un lugar acogedor con bellos muebles; cuadros de arte de todos tamaños, algunos enmarcaban paisajes o pueblos, otros más imágenes abstractas; conmovían candelabros y finas piezas de cristal que  adornaban la sala de aquella familia pomposa. Había incluso objetos preciosos sin aparente utilidad que nunca antes había visto. Los colores cálidos de ese espacio intensificaban el brillo de todo aquello que representaba la estética de lo superfluo. Estábamos ahora ante la honrosa presencia de la esposa de Panchito y de sus invitadas.

Las damas hermosas

Ellas eran tan hermosas como  porcelanas chinas, también de gestos y sonrisas forzadas; así, con las mismas posturas rígidas y de ademanes más bien poco espontáneos. Me hacía pensar que gesticulaban lo menos posible para no arrugarse, para no añadirle signos de la edad a sus rostros de muñecas.

También se parecían entre ellas, no solo en el estilo sobrio al vestir, sino en sus facciones: frentes amplias, narices respingadas, orejas pequeñas; cutis terso y dientes impecables. De sobra está decir que  todas  muy menuditas, pero curvilíneas; de manos delicadas, sin adornos llamativos a excepción de alguna piedra preciosa sobre sus anulares de la mano izquierda.

Sobresalían las güeras, blanquísimas y de maquillaje sutil, el cabello siempre suelto hasta antes de la espalda. Todas ellas sentaditas sobre los exclusivos sillones blancos de la sala, recargadas en cojines tejidos en lentejuela dorada y plateada; con las piernas cruzadas, erguidas, con una copa de vino en una mano y el celular en la otra.

Las actividades de los hijos, que si la escuela del ballet, que si el recital de piano o que si la esposa de mi patrón no pensaba ir, algo así alcancé a escuchar mientras yo saludaba a la mujer de Panchito y le preguntaba sobre asuntos tan banales como los presentes que el cumpleañero había recibido,  me respondió que varios, entre ellos vinos.

Después le pedí que reuniera a sus invitadas para que las retrataran junto al invitado, ella accedió encantada.  La foto no aludía a otra cosa que a la teatralidad y a la fantasía.

No sé en qué momento desapareció Panchito, de repente lo perdí de vista. Solo alcancé a ver que se alejó del resto de las invitadas con su fabulosa esposa para decirle algo al oído.

Así que me entretuve con las guapas mujeres para preguntarles cómo se llamaban y todas ellas me dieron sus nombres de casadas, hasta que súbitamente me toma del brazo la señora de la casa, y es entonces cuando me di cuenta de lo guapa que es, de su nariz por demás producida y también de sus escasas líneas de expresión, además aprecié sus carnosos labios. Te invito a la salida, muchas gracias por venir.

Y así nos dirigimos el fotógrafo y yo a dónde inició este recuento de la fiesta del político que llegó a los 46 años. Concluimos la visita en no más de 10 minutos con una despedida cordial de parte de los custodios.

El festejo íntimo, que a muy pocos les importó, fue público para todo el estado en una revista exclusiva del  jet set sinaloense que presumió en página y media con dos imágenes y unas cinco líneas colmadas en elogios.

Foto publicada en la revista Perfiles de El Debate

4 thoughts on “La historia de una fotografía del jet-set sinaloense

  1. Perdon pero esta “reportera” no lo es realmente, es una diseñadora grafica que corrieron del debate, por favor empleen gente capacitada y con cerebro pensante, no considero que sea “valiente” puesto que no informa mas que la vida que llevan muchas personas que cuentan con recursos economicos, estoy de acuerdo con el otro comentario que solamente refleja la necesidad de vivir como otras personas.

    1. No es diseñadora gráfica, es licenciada en Letras Hispánicas, fue coeditora de Perfiles, y actualmente estudia la maestría en Educación. Creo que es una crónica periodística válida, pero cada lector, desde su punto de vista, puede leerla según sus capacidades intelectuales. Saludos.

  2. Que redaccion tan mas visceral, no refleja nada mas que la pobreza de espiritu del redactor y la codicia de los que pueden vivir esa vida. No te trataron mal, le abrieron las puertas de su casa a un inadaptado social.

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