Mazatlán/Cosalá.- El rugido del mar en Mazatlán y el viento de la sierra en Cosalá comparten estos días una misma frecuencia: el operativo militar.
En una jornada que muerde el corazón del bastión criminal de Sinaloa, las fuerzas federales asestaron un golpe dual que desarma la vanguardia urbana del cártel y desmantela sus laboratorios en la montaña.
El saldo para el crimen organizado se calcula en una cifra fría: 71 millones de pesos. Pero en esta tierra, el dinero es lo de menos; lo que cuenta es el territorio.
Tres golpes en el puerto
En Mazatlán, elementos de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, la Fiscalía General de la República y la Marina Armada de México cerraron el cerco sobre una célula operativa en tres acciones relámpago. Sin margen para la huida, el saldo dejó cuatro detenidos y un arsenal que bien podría equipar a una sección de infantería: trece armas largas de asalto, un fusil Barrett —devorador de blindajes—, treinta mil cartuchos útiles, cargadores, equipo táctico y un vehículo asegurado.
Las capturas fracturan la estructura de seguridad del cártel en el puerto, una plaza donde la música a menudo compite con el silencio impuesto por las armas.
La cocina del infierno en Cosalá
Mientras tanto, en las entrañas de la Sierra Madre, el Ejército Mexicano subía por los caminos hacia Cosalá.
En las inmediaciones de Bacatá, Los Cedritos y San José de las Bocas, los soldados localizaron tres áreas de producción química donde inhabilitaron tres mil setecientos cincuenta litros de sustancias esenciales, un reactor de síntesis orgánica, dos condensadores y una mezcladora industrial.
Este complejo funcionaba como una fábrica de veneno cuyo desmantelamiento representa un boquete financiero de 71 millones de pesos para la delincuencia organizada.
Sinaloa respira hoy una aparente calma, sabiendo que cada golpe es solo un compás de espera en una historia que se escribe con sangre, química y dólares.
Redacción/LaPared