CARTA DESDE EL NORTE.- Adán Salazar Zamorano, el viejo patriarca conocido como ‘Don Adán’, camina de nuevo fuera de los muros de la prisión. Tras quince años acumulados tras las rejas entre México y Estados Unidos, se dobla la última página para uno de los hombres que moldearon a sangre, fuego y lealtad el dominio del Cártel de Sinaloa en la frontera noroeste.
Fue el fundador indiscutible de Los Salazar y el socio de plena confianza de Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán en los años en que la sierra mandaba sobre la ley.
Nacido entre las barrancas de Chínipas, Chihuahua, Salazar Zamorano entendió antes que nadie que el control de la sierra era el control del mapa. Su peso en el hampa no se limitaba a su vínculo directo con ‘El Chapo’; en los años dorados de la organización, ‘Don Adán’ se movía en las altas esferas y tejía alianzas estratégicas con los capos que dictaban las reglas del juego en el país, operando codo a codo con pesos pesados de la talla de Ismael ‘El Mayo’ Zambada, Juan José Esparragoza Moreno, el ‘Azul’, e Ignacio ‘Nacho’ Coronel.
Desde esa trinchera natural y con el respaldo de esa cúpula histórica, extendió un dominio de hierro hasta la frontera de Sonora.
Por décadas, su red administró el flujo masivo de cocaína hacia Estados Unidos con una precisión quirúrgica, cimentando una dinastía familiar que operó no solo en el tráfico de sustancias, sino como una maquinaria de control territorial, poder financiero e injerencia política a la sombra en diversos municipios de la región.
Su historia dio un vuelco definitivo en 2011, cuando un operativo de las Fuerzas Armadas cortó de tajo su presencia en el terreno.
La extradición a territorio estadounidense en 2023 no hizo más que confirmar el peso de sus cuentas pendientes por conspiración e importación internacional de drogas. Aun con él tras las rejas durante tres lustros y con la caída posterior de sus herederos —como su hijo Jesús Alfredo, ‘El Muñeco’—, la marca de Los Salazar quedó sembrada a fuego en la geografía delictiva del país.
La libertad de ‘Don Adán’ no solo representa el fin de su condena formal ante los tribunales gringos; marca el repliegue definitivo de la vieja guardia del narcotráfico sinaloense.
Se va un nombre de leyenda de aquellos tiempos en que el negocio se sostenía con alianzas de palabra y pactos de sangre en lo más profundo de la montaña.
Redacción/LaPared
