Culiacán, Sin. — El asfalto de la carretera Internacional México 15 todavía guardaba el calor denso de la jornada anterior cuando la muerte se instaló en el kilómetro 145.
Eran las cuatro de la madrugada, esa hora en que la rúa federal se vuelve una boca de lobo a la altura de Pueblos Unidos.
Bajo el parpadeo de unas luces de emergencia en el acotamiento, Horacio Soto Rodríguez y Everardo Torres Mopa maniobraban entre el olor a grasa y fierros fríos para reparar una falla mecánica en la unidad de la empresa Grupo Calsa.
Junto a ellos estaba Ricardo Gómez Orduño, originario del ejido 20 de Noviembre en Ahome.
No eran ningunos improvisados en el oficio; Horacio cargaba a sus espaldas con 16 años de experiencia y lealtad laboral en la empresa, mientras que Everardo sumaba ya 12 años de antigüedad como un elemento confiable del equipo.
El peligro no avisó; llegó con el estruendo sordo del metal colapsando cuando un tráiler de doble remolque los embistió por la espalda.
Una marea infernal en la madrugada
Para Ricardo la muerte fue un relámpago instantáneo. Para Horacio y Everardo, el destino reservó la crueldad de una agonía que terminó por apagar sus vidas horas más tarde. El impacto de la pesada unidad partió una de sus cisternas, liberando una ola de chapopote líquido que viajaba a temperaturas infernales.
La marea negra, viscosa e hirviente inundó la carretera y atrapó a los dos veteranos trabajadores en la cuneta.
El aire de la madrugada se llenó de un vapor espeso, tóxico, y de gritos de auxilio que fracturaron el silencio de la zona.
Cuando las ambulancias llegaron, rescatar a los operarios implicó pisar un suelo que derretía las suelas y respirar un ambiente que calcinaba las gargantas.
Aún con vida, fueron trasladados de urgencia al hospital del Seguro Social de la sindicatura de Costa Rica, la clínica más cercana para contener la emergencia.
El trágico desenlace
En esos pasillos rurales, la medicina de campo hizo lo que pudo.
Los médicos de guardia concentraron sus esfuerzos en debridar el hidrocarburo adherido a la piel y estabilizar sus signos vitales, sabiendo que una clínica periférica no cuenta con la infraestructura de tercer nivel ni el área de grandes quemados necesaria para salvarlos.
La resistencia de Horacio y Everardo, forjada en más de una década de arduo trabajo en las carreteras, terminó en esas camillas de urgencias pocas horas después; sus cuerpos no soportaron la gravedad de los daños antes de que se pudiera coordinar un traslado crítico a Culiacán.
El amanecer llegó a la México 15 dejando solo el rastro del chapopote endurecido y la confirmación de un saldo que ya suma tres familias rotas, truncando de golpe las trayectorias de dos hombres que le habían entregado sus mejores años al asfalto que hoy les quitó la vida.
Por Redacción/LaPared