El Rosario, Sin.- Por la carretera que va a Chametla, el aire huele a pólvora vieja y a salitre húmedo. No hay pájaros. En el sur de Sinaloa, cuando el cielo se calla, es porque la tierra está a punto de abrirse.
La orden bajó desde los escritorios de la Ciudad de México, pero se masticó con rabia en el búnker de la Octava Zona Naval. Un día antes, en las brechas rurales de Mazatlán, un artefacto explosivo improvisado —tecnología importada, de esa que desmiembra cuerpos en Medio Oriente o en las selvas de Antioquia— había destrozado un vehículo de la Marina.
El saldo: un marino muerto y tres más con la carne rota. En la lógica de la guerra no declarada, la sangre uniformada se cobra al costo más alto.
El objetivo ya tenía nombre, clave y coordenadas: Óscar Luciano Martínez Larios, apodado el “Casco 81”, el hombre que Iván Archivaldo puso para cuidar la frontera sur del imperio de Los Chapitos. Rosario y Concordia eran sus dominios; la sierra, su laberinto.
El sábado amaneció con el rugido metálico de tres helicópteros Black Hawk cortando las nubes sobre Agua Verde.
Abajo, en los caminos de terracería que muerden los cerros, las camionetas de la Armada avanzaban levantando polvareda, con los cañones apuntando a la maleza. Alrededor de las diez de la mañana, el laberinto se cerró.
El anillo de seguridad del “Casco 81” no corrió; se parapetó entre las piedras y los matorrales.
Los primeros intercambios de ráfagas partieron el mediodía. Desde el aire, las aeronaves de la Marina realizaban maniobras de combate a baja altura, barriendo el terreno con ráfagas de ametralladora Minigun mientras los sicarios respondían con fuego desesperado desde el suelo.
En los pueblos cercanos, las pantallas de los celulares se quedaron en blanco: los militares habían encendido los inhibidores.
Sin señal, sin llamadas, el mundo exterior desapareció para los habitantes de El Rosario.
Las fiestas se cancelaron, las puertas se atrancaron con cerrojo y el único sonido en kilómetros fue el traqueteo incesante del calibre .50.
La balacera duró horas, pero el final ya estaba escrito en el calibre de las Fuerzas Especiales. Cuando el humo de las detonaciones comenzó a disiparse entre los cerros de la sierra, el escenario era un matadero.
Reportes extraoficiales emanados de las áreas de seguridad hablan de al menos diez civiles abatidos cuyos cuerpos quedaron esparcidos entre la maleza, vestidos con equipo táctico civil y las manos aún aferradas a los fusiles de asalto; sin embargo, bajo el estricto hermetismo que guardan las fuerzas federales, fuentes locales advierten que la cifra final de muertos podría incrementarse conforme se baje a las zonas más profundas de la refriega.
El “Casco 81” no estaba entre las bajas conocidas; el jefe de plaza se había esfumado una vez más por las venas de la sierra, dejando atrás a su retaguardia para ganar minutos.
Entre los sobrevivientes que los marinos arrastraron de los cabellos hacia los helicópteros, el mapa de la guerra mostró su nueva piel. Ya no son solo muchachos de la región defendiendo el rancho.
Entre los tres detenidos, dos venían del asfalto gris del Estado de México, reclutados como carne de cañón barata. El tercero hablaba con el acento cantado y gélido del eje cafetero de Colombia; un especialista traído desde el sur del continente para sembrar los caminos de minas y explosivos.
A las diez de la noche, el puerto de Mazatlán dormía con una tensa calma de hospital. Mientras las camionetas del Servicio Médico Forense ingresaban los ataúdes de madera prensada con los cuerpos sin identificar, las autoridades federales se encerraron en un mutismo absoluto.
Sabían que la montaña no olvida, que el “Casco 81” seguía libre y que, en Sinaloa, cada golpe de la Marina no es el fin de la historia, sino el prólogo de la siguiente masacre.
Redacción/LaPared