Culiacán, Sin.- Esa fue la última gran mentira de Joaquín Guzmán Loera ante la cámara de sus captores. La frase retumbaba con una convicción casi pacífica en la celda temporal, pero para la sociedad sinaloense, el peso de sus palabras hoy suena a una amarga ironía. La difusión de tres grabaciones inéditas de aquel 8 de enero de 2016 en Los Mochis no solo muestra los minutos finales del capo más buscado, sino el punto exacto de quiebre donde comenzó la crisis de seguridad que padece la entidad.
El primer video captura la caída del mito sin adornos. En el baño de la habitación 51 del Motel Doux, con la mugre del drenaje pegada al cuerpo y vistiendo una camiseta de tirantes gris arrugada, Guzmán parpadea con torpeza bajo el chorro de la llave.
“¿No hace daño a los ojos? ¿En los ojos no me cae mal?”, pregunta con una indefensión casi infantil a los agentes federales. Le sugieren que evite el jabón y se quite la playera sucia. El capo omnipresente queda reducido a un hombre agotado lavándose la cara en un hotel de paso.
La segunda grabación muestra el trayecto en la camioneta blindada rumbo al hangar. En la penumbra, el Chapo va reclinado, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada sobre el pecho. A la pregunta sobre si ha sido maltratado, solo murmura con un hilo de voz sumiso: “Todo bien, gracias… No, señor”.
Es la imagen del hombre derrotado que sabe que no habrá otra fuga.
Para el tercer clip, ya limpio y vestido con un pants azul, busca recomponer su imagen. Ante los federales, se desmarca de la violencia de grupos como Los Zetas y “El Canicón”, llamándolos rateros y secuestradores, mientras se define a sí mismo como un simple agricultor de la sierra. Es ahí donde pronuncia su profecía fallida: “Si un día fracaso, ustedes no quiero que vayan a pelear con ningún policía. Para nada. No va a haber guerra. De eso estoy seguro”.
Pero en Sinaloa la historia se escribió con plomo. Tras su arresto y posterior extradición, sus hijos asumieron el mando de la facción y tomaron el camino opuesto. Los Chapitos no guardaron las armas; las empuñaron para reclamar el control absoluto.
La primera embestida de Iván Archivaldo y sus hermanos fue la guerra interna contra la estructura de Dámaso López Núñez, “El Licenciado”, y su hijo “El Mini Lic”. Aquella disputa por el trono vacante sembró de balaceras, levantones y muerte a Culiacán y la zona centro del estado hasta desplazar por completo a los Dámasos.
Con el terreno libre, la dinastía de Guzmán demostró de lo que era capaz para defender su imperio. Llegaron los “Culiacanazos”: jornadas de terror que paralizaron a la capital sinaloense con camiones incendiados, bloqueos masivos y ráfagas de alto calibre en pleno día para despojar al Estado de la custodia de sus miembros. La instrucción de no pelear con las fuerzas de seguridad quedó pulverizada ante la demostración de fuerza bruta que puso de rodillas a toda una ciudad.
Con ese poder acumulado, la ambición de los herederos terminó por romper el pacto histórico que mantuvo a la organización en pie durante décadas. La alianza con el socio de su padre saltó por los aires, abriendo el conflicto directo contra Ismael “El Mayo” Zambada. La confrontación encarnizada entre La Mayiza y la gente de Los Chapitos convirtió a las calles, carreteras y pueblos sinaloenses en un campo de batalla permanente.
Aquel hombre que en la habitación 51 pedía cuidado para no lastimarse los ojos, y que juró ante la ley que su caída no traería violencia, dejó a su paso a unos hijos que pelearon contra todos.
La promesa de paz quedó disuelta en el lavabo de un motel, mientras Sinaloa sigue pagando con sangre la guerra que él aseguró que nunca ocurriría.
Por Redacción/LaPared
