Por Redacción LaPared / Con información de La Aurora de México
Ciudad de México.- Una frase de espanto retumbó entre los muros de la finca Huertos del Pedregal y terminó por destapar una de las farsas políticas más descaradas en la historia de Sinaloa: “Chingada madre, se murió, se murió”.
Esa exclamación —rescatada del expediente de la Fiscalía General de la República (FGR) por el periodista Ignacio Alzaga en el portal La Aurora de México, que dirige Pablo Hiriart— no solo le da título a esta crónica, sino que inmortalizó el instante exacto en que la vida de Héctor Melesio Cuén Ojeda se le escurrió de las manos a los sicarios de Joaquín Guzmán López, “El Güero”.
Aquel jueves 25 de julio de 2024, el ambiente en Culiacán estaba cargado de un presagio pesado. Cuén —exrector de la UAS, diputado electo y figura dominante del Partido Sinaloense— caminó directo al corazón del rancho Huertos del Pedregal. Le habían vendido la idea de que acudiría a una reunión pacífica para destrabar la pugna política de la universidad con el gobernador Rubén Rocha.
Confiado en su investidura, no sospechaba que estaba pisando el terreno de una emboscada histórica cuya pieza central era Ismael “El Mayo” Zambada.
Cuando los hombres de “Los Chapitos” irrumpieron con las armas por delante para someter al viejo capo, el caos se apoderó de la finca.
En medio del zafarrancho de gritos, encañonados y plomo cruzado contra los escoltas del narco, un proyectil alcanzó la pierna derecha del político. El disparo fue letal: le partió de tajo la arteria poplítea.
Un cuerpo ya maltrecho no resiste semejante sangría. Cuén venía saliendo de una intervención médica apenas unos días antes, el domingo anterior a la cita, y su organismo no tenía cómo pelear contra la hemorragia.
Mientras el grupo armado se concentraba en someter a Zambada para encaramarlo en el avión que lo llevaría a Estados Unidos, Cuén se quedaba tendido en el suelo, perdiendo la vida gota a gota por un chorro de sangre roja y brillante que no se detuvo jamás.
La agonía contada en YouTube
Aunque Fausto Corrales Rodríguez —chofer y hombre de confianza de Cuén— intentó desmarcarse ante el Ministerio Público Federal asegurando que nunca pisó el lugar, la inteligencia mexicana rastreó un video descargado del canal Quemando Culiacán. En esa transmisión, envuelto en el pánico, Corrales rompió el silencio para narrarle a quien se presume es “El Mayo” la pesadilla que atestiguó en vivo:

“Échele ganas oiga, cuando llegamos ahí ve que llegamos casi juntos, usted se bajó, yo me quedé estacionando el carro en lo que usted estaba con el maestro (Cuén)… fue cuando usted y el otro muchacho (Guzmán) se metieron a un cuarto y nos quedamos ahí, diez, quince minutos después, se escuchó una balacera”.
Maniatado, encañonado por la espalda y con la cabeza agachada por los sicarios, Corrales vivió dos horas de terror a ciegas. Cuando finalmente lo treparon a otra camioneta, se topó en la penumbra con el cuerpo debilitado del exrector:
“Venía el maestro y ya nos empezamos a tocar los dos, y como que estaba bien, y ya le dije maestro cómo está: no bien, estoy herido, estoy sangrando de una pierna, nos gritaron que nos calláramos… Yo les decía que soltaran al maestro que estaba herido y me dejaran llevarlo a una clínica, y ellos decían que no, que ya lo estaba esperando un doctor. Él andaba muy débil por la operación que tuvo el domingo”.
El auxilio médico prometido era una farsa. No hubo torniquetes, ni gasas, ni médicos de urgencia esperando en la finca. Tras un trayecto desesperante donde el exrector intentaba aferrarse a la vida, el corazón de Cuén no aguantó el impacto del choque hipovolémico ni la sangría imparable:
“El maestro estaba tirado del otro lado… le decían tranquilo, pero andaba muy asustado, se infartó, se murió, quedé en shock como 40 minutos”.
El testimonio de “El Chavo Félix” y el grito de los gatilleros
Para amarrar el caso y desarticular las mentiras de los involucrados, la FGR confrontó las grabaciones de Fausto con la declaración de Juan Carlos Félix Gastélum, “El Chavo Félix”, yerno de “El Mayo” Zambada. En los documentos judicializados que sacó a la luz La Aurora de México, Félix Gastélum confirmó que su amigo Fausto le confesó con lujo de detalles cómo el grupo armado vio desplomarse al exrector:

“Fausto me dijo que Melesio Cuén también murió en el rancho donde se llevó a cabo la reunión, de un paro cardiaco, pero que también le dispararon en el pie, refiriéndome que él sabía todo ello porque estuvo en el lugar y que inclusive los pistoleros de Joaquín Guzmán López no querían que se muriera Melesio Cuén, ya que refirieron ‘chingada madre, se murió, se murió’ y a Fausto le dijeron cómo iba a fingir la muerte de Melesio”.
La orden para montar la farsa y la llegada a la clínica
Con el cadáver de Cuén enfriándose en la finca, el pánico de los gatilleros se convirtió en una amenaza fría e implacable contra el chofer. La orden de “Los Chapitos” fue tajante: armar un circo en la gasolinera “Macerali” para limpiar la finca de Huertos del Pedregal de todo rastro de sangre y no entorpecer el golpe mayor contra el capo sinaloense.
Félix Gastélum lo dejó asentado de forma textual sobre las instrucciones que recibió Corrales:
“Sin decirme con exactitud quién, pero le dijeron que lo llevara a una gasolinera donde iban a hacer como que le iban a echar gasolina a la camioneta Ranger Raptor color blanco y que iban a fingir que los querían asaltar para justificar la muerte de Melesio”.
Golpeado en la cabeza y bajo amenaza de muerte si abría la boca, Corrales no tuvo más opción que acatar. En su relato en YouTube detalló la desesperada carrera que le ordenaron hacer desde la gasolinera hasta el centro médico para culminar el montaje:
“Fui volando todo el semáforo, llegué rápido ayudé a bajar al maestro, llegamos a urgencias, lo metí hasta el quirófano y duraron una hora queriendo reanimarlo y me fui a avisarle a su familia…”.
Mientras en la clínica CEMSI los doctores realizaban maniobras inútiles de reanimación sobre un cuerpo que llevaba tiempo sin vida, Fausto salía a darle la noticia a los familiares con la pistola invisible de los sicarios apuntándole a la espalda.
La Fiscalía estatal de Sinaloa no solo dio por válida la mentira, sino que institucionalizó el montaje difundiendo el video de la gasolinera y facilitando irregularidades graves, como la cremación del cuerpo y la alteración de peritajes para dar un carpetazo exprés.
Sin embargo, el cruce de geolocalizaciones telefónicas, la confesión involuntaria en YouTube, las contradicciones de Corrales frente a las declaraciones del “Chavo Félix” y “El Mayo” Zambada en Estados Unidos, y el expediente revelado por La Aurora de México terminaron por tirar el teatro orquestado entre el crimen y las autoridades locales: a Héctor Melesio Cuén nunca lo atacaron robacarros en una bomba de gasolina; se les fue desangrado en el suelo del rancho a los mismos sicarios que esa tarde le cambiaron el rumbo al mapa del narcotráfico.