Exclusiva | Primer capítulo de “Lugar de muertos”, libro póstumo de Herberto Sinagawa

El Instituto Sinaloense de Cultura invita a la presentación del libro Lugar de muertos, del fallecido cronista y periodista sinaloenses Herberto Sinagawa Montoya, en un acto que se realizará  mañana jueves 30 de enero a las 17:00 horas, en el Centro Sinaloa de las Artes “Centenario” con entrada libre a todo el público. Los comentarios estarán a cargo del escritor Élmer Mendoza Valenzuela, José Antonio López Sánchez y Mariel Iribe Zenil. Aquí les compartimos, en exclusiva, el primer capítulo.

Se dejó caer en la cama arrastrado por el lastre de un día caluroso de verano y, al topar la espalda el colchón, se preguntó con cierta angustia si esta sería otra noche de un sueño pedregoso con unos espectros bailando en torno suyo, anunciándole la muerte inminente con grandes ademanes y alaridos triunfales.

No se dio cuenta de su torpeza al tenderse sobre la cama como en un ataúd y fue deslizando los pies tratando de hallar un sitio fresco en el colchón; pero no lo encontró porque el colchón era remanso de un calor acumulado durante las largas horas de una fiera rapiña del sol.

Abrió las piernas en tijera y calculó la distancia para cerciorarse si las débiles rachas de viento del ventilador podrían hacer menos penoso el calvario nocturno.

Impulsándose con los hombros se acomodó en las almohadas y, desde una posición de convaleciente, observó que los ramalazos del ventilador solo asperjaban el calor empeorando la temperatura. Le parecía que el calor de la noche era mucho peor que el del día porque lo sorprendía en la peor entrada de las pesadillas tortuosas del no dormir.

Extendió los pies tratando de acomodarlos lo más cerca posible del ventilador para probar si el cuerpo podría transformarse en un pequeño ducto de un sistema de clima artificial que trajera a su piel adolorida un suspiro de frescura; pero los talones le decían que aquella aridez de una habitación sometida a la lenta cocción de un día de verano no podría más que auspiciar los malos modos de sus fantasmas y adelantarle una porción pequeña del infierno.

En sus arterias hervía una sangre licuada en limón, que se distribuía penosamente por el cuerpo, proporcionando exiguo abastecimiento al corazón. En el cerebro había muchos lunares donde, en vez de sangre, fluían leves tolvaneras que tendían una carpa de amplio vuelo a sus recuerdos.

Probó medir la fuerza de las piernas y halló el mismo entumecimiento que lo mantuvo sentado en la poltrona durante el día. Dicho entumecimiento le impedía moverse en el corredor de la casa y trataba de olvidarse de él localizando e identificando los ruidos de la calle; pero el adormecimiento de la poltrona se extendía a todo el cuerpo, incluyendo el cerebro.

Tal paralización le hacía pensar en la respuesta de un cuerpo agotado tras una leve agonía remedada con suspiros interrumpidos con un estertor que más parecía un eructo.

Si se acomodaba de costado en la cama para huir de la molestia de la espalda medio húmeda, con la oreja derecha posada en la almohada, oía el latido débil e irregular del corazón y se sorprendía de hallar ruido en aquella parte desolada del pecho. Era el ruido que repetía en sordina «ya, ya, ya».

Frente a un enemigo posesionado de los poros del cuerpo perfiló el plan de batalla. Ni el calor del cuarto, ni la recurrencia de su mal dormir, ni el entumecimiento de las piernas, ni el mareo que le hacía perder el rumbo, ni las quemaduras de la soledad, le harían virar el viaje.

En un cuerpo desgastado y a la deriva cabía venturosamente un buen caudal de recuerdos suficientes para olvidar otras cosas.

Sus recuerdos permanecían a fuerza de recordarlos a toda hora del día y la noche. Sus recuerdos eran como el sudor y el hambre. Sus recuerdos permanecían fieles a su lado. Eran lo único que no había envejecido.

Durante el día, en la poltrona, no dejaba de recordar; en la noche, sobre un colchón caliente, tendría que seguir recordando para no olvidar el pasado y para engañar al calor y la vigilia.

En las azoteas había esquilmos de plantas que maduran y mueren al dar la semilla; en la poltrona y la cama se desbordaban los recuerdos igual que la leche al hervir. Eran como esas extrañas flores del erial que brotan con color pero sin olor.

Sus padres volvían de la profundidad del tiempo a repetir las palabras que él había escuchado de niño. Eran palabras tan simples que se habrían podido olvidar fácilmente, pero él las volvía a oír con la nitidez de una gota de agua que cae.

Los padres eran unas sombras que se movían por la casa sin pensar en sentarse. Estaban tan abstraídos en producir comida y repartirla en sabia proporción para ahuyentar el hambre que no advertían las mordidas del salitre en las paredes pulverizando el adobe ni se daban cuenta de los cambios que causa el tiempo en los hijos.

Su primer recuerdo fue de unas manos cuyos dedos cálidos y adherentes ayudan al niño a sostener la cuchara para ingerir torpemente el alimento. Es la piel de unas manos delicadas. No hay más que el contacto porque el recuerdo no era tan fuerte como para discernir el sabor de la sopa.

Después brotaron las imágenes inofensivas de un hogar despoblado de muebles, si acaso una mesa, una silla, una cama, tal vez una vitrina; pero esas estampas momentáneas se dejaban arrastrar por una risa loca que se desvanecía absorbida por el eco de la propia cercanía.

En aquel instante, al apagarse la risa, surgieron los rostros sin definición de los que están platicando en forma animada. El niño vuelve a la cuna colgante en cuya esquina hay un pañal húmedo de orina.

Un retrato sepia captó a la madre luciendo al primogénito como un trofeo. Está sentada ella en una silla plegadiza, de las que trajeron de California el abuelo Tomás y la abuela Tomasa después de cortar lechuga y manzana.

Frente al hombre, el niño esboza una sonrisa desvaída de extrema curiosidad, parece que intenta asomarse al mundo a través de la lente del fotógrafo.

Está descalzo y sus pies semejan dos panes sin cocer. Las piernas reposan plácidamente sobre los muslos de la madre y el pequeño cuerpo parece nutrirse de su piel para empezar a crecer.

Atrás se observa parte del tronco de un árbol corpulento de cuyas ramas penden raíces que penetran en la tierra, dándole la seguridad de que no será arrastrado por el ciclón.

En la fotografía no se advierte el alero de la casa sino el tronco del árbol poderoso cuyas diversas raíces lo afirman a la tierra; pero, pese a tal solidez, el árbol es muy vulnerable al ciclón por el gran tamaño.

Bajo la sombra de día nublado de aquel árbol gigantesco se ve en el regazo de la madre, listo para producir otras imágenes en el curso de la vida, reparando en el vestido negro, las medias de popotillo negras y los zapatos de charol con agujetas de algodón. Guarda luto.

En otra vieja fotografía, también en sepia, aparece el niño sostenido en brazos por la madre de pie. Luce ella en la cabeza un manto negro, igual que el resto de las mujeres.

Observa la madre al difunto con el ensimismamiento del que observa la lejanía o el abismo. Tiene el muerto las quijadas amarradas con un pañuelo colorado y una débil señal de saliva estancada en los labios. Sus ojos entreabiertos tienen la opacidad de lo que se ha empañado luego de una racha de viento.

El cuerpo reposa sobre una tarima de cuero crudo de cerdo y hay cuatro velas prendidas en cada extremo. En torno al cadáver se arremolinan los parientes urgiéndolo a abrir los ojos y filtrar la luz del día.

Fue el velatorio del abuelo de la madre, muerto de muerte natural, muerto de viejo, muerto virgen de la vida en un mundo donde todos mueren jóvenes, muerto en un rincón sin que nadie se diera cuenta para no causar molestias.

Pertenecía a la familia de hechiceros del río Zuaque, que ejercían el oficio sin autorización de la autoridad. Curaba el cáncer, la lepra y la rabia con hierbas y raíces y, en la fantasía de la barbarie, se hacían pasar por los médicos más sabios del mundo.

Un joven médico desafió el maleficio de los brujos al denunciar la charlatanería de las curas milagrosas de la rabia, la lepra, el cáncer y la calvicie, y los Bacasegua desaparecieron de Tetamboca, Sivirojoa, Tehueco, Mochicahui y Capomos. Solo se supo de ellos cuando convocaron a los mayos de las dos orillas del río Zuaque a linchar al traidor.

 No se asustó el joven médico, sino que presentó una querella judicial contra la familia, acusándola de la muerte de docenas de pacientes a los que se les había suministrado un caldo de zopilote puesto a hervir a fuego lento con tripas y plumas durante tres días con sus noches.

Dicho brebaje era bebido por el enfermo al amanecer y estando en ayunas sin que le pegara el sereno de la noche en la cara y sin beber una gota de agua.

Esteban Bacasegua se empleó como peón de vía en el tendido del riel del ferrocarril Southern Pacific, que uniría la frontera de Estados Unidos con Guadalajara. Al atravesar la punta de fierro la lúgubre región de Los Toldos, en el litoral de Malacatayá, el curandero se alegró de hallar el peor sitio del mundo, donde el suelo no era tierra sino de sal, y la luz de acetileno no parecía respetar la división del día y la noche.

Era un lugar sin árboles ni arbustos: quemaba la sal las raíces. Se extendía una llanura blanca, semejando un gran espejo. Caían los rayos del sol sin el filtro de una nube y una reverberación al fondo, en la línea del horizonte, parecía caballería en tropel.

En Tetamboca, Esteban Bacasegua evadía las habladurías del yori sobre el zopilote hervido a fuego lento, escudándose en el mutismo de su raza, pero seguiría curando como curaban su padre y su abuelo.

 Cuando el tumor se hace nudo y forma otros nudos dentro de la carne, ya no hay manera de desanudarlos con ninguna hierba o raíz. Si la mordida se inflama y duele, causando ansiedad y depresión; si hay problemas para comer o respirar; si siente espasmos con solo ver el agua; si el paciente sufre de temperaturas de 39 grados y acumula en la boca y garganta una sustancia mucosa que no puede expectorar; si se inmovilizan las piernas, brazos y quijadas, poco es lo que hay que hacer.

Cuando el cuerpo y la cara se llenan de llagas como escamas de pez y se caen las cejas y pestañas, no es razonable abrigar esperanzas. Sin decir nada a nadie, el hechicero tomaba rumbo al monte y se sumergía en él como en un charco de agua, siempre murmurando. Con sus propias uñas escarbaba en el suelo, buscando las raíces, y arrancaba sin delicadeza la cáscara medicinal del árbol.

Sus remedios no eran penados por la ley. Combatía con la valeriana los trastornos del corazón; la damiana para el reumatismo y el ardor de pies; el copalquín para liquidar las fiebres de cada tercer día del paludismo; el unto de coyote con miel de abeja para el dolor de espalda; la tisana para el catarro constipado; la hoja de tabaco con aceite comestible par el dolor de muelas y un elixir de varias hierbas y pétalos para purificar la sangre, combatir el asma, detener la calvicie, quitar los callos y devolver el sueño.

Desmenuzó trozos de sal el hechicero y las yemas de los dedos sufrieron una pequeña excoriación. Se dio cuenta que la sal tenía más fuerza para proporcionar energía al cuerpo.

Por el relato de los ancianos supo que la salina más antigua de Sinaloa era la de Chiametla y que los totorames habían erigido un imperio explotando la sal, cuyo consumo era indispensable tanto para el hombre como para la bestia.

Los totorames explotaban la sal en una forma rudimentaria: dejaban que la marea inundara vastas superficies, el agua de mar estancada terminaba por cuajarse por la fiera acción del sol y, entonces, recogían la sal ya cristalizada.

Tenía la sal un alto valor militar, económico y religioso. En el interior del país, el cacao tenía valor de moneda.

Por esa razón, Chiametla se convirtió en un imperio económico y político, y los totorames sometieron a otras tribus. Si un esclavo valía tres mil granos de cacao, en Chiametla tenía un precio de cuatro costales de sal en greña.

No se practicaba el trueque a base de grano de cacao como en otras partes, sino de sal. Completó la sal el sazón del frijol, la calabaza, la tortilla y el atole de maíz. Conservó el pescado fresco, facilitando el transporte. Preservó de la corrupción la piel del animal de monte que luego sirvió de vestuario.

Solo los indígenas podían explotarla, pero, cuando fue indispensable en el beneficio de la plata en los reales de las minas, el gobierno virreinal controló la producción por medio de los estancos, prohibiendo a españoles, mestizos y mulatos participar en la industria de la sal.

Los totorames no obedecieron la disposición real de Felipe iii y se rebelaron contra la administración directa de la sal por la Real Hacienda. Nuño de Guzmán trató de apoderarse de la salina de Chiametla echando mano de un ejército poderoso, pero no lo logró. Consideraba que al someter a Chiametla, sometería a las diversas tribus indígenas desperdigadas en valles y serranías.

Esteban Bacasegua tomó un trozo de sal y lo alzó a la altura de los ojos. Entonces sintió un torrente sanguíneo que circuló con mayor facilidad en las arterias y lo hizo erguirse. Aquel trozo de sal era agua de mar que causaba una leve excoriación en las yemas de los dedos; los humedeció con saliva y comprendió que la sal tenía un gran poder medicina como las hierbas y raíces del monte.

Era tan dócil la sal que se volvía agua con un poco de agua y crepitaba al ser lanzada a una hoguera como bosque en llamas. Se escurrió a la choza de lata y lodo, con techo de palma, y permaneció en un rincón a oscuras en cuclillas lamiendo un trozo de sal.

herberto

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