Por Sergio Ceyca
Este viernes se presentará el libro “Semilla: remanencia de la luz”, del poeta culiacanense Jobyoán Villareal, en el marco de los eventos en plataformas digitales que se están realizando por la Feria del Libro de los Mochis. La cita es el 13 de noviembre, a las 16:00 hrs., por la cuenta de Facebook de Literatura Sinaloa.
Jobyoán Villarreal (Culiacán, 1985) es ingeniero industrial y de sistemas egresado de la Universidad de Occidente Campus Culiacán. Es autor de los poemarios “Dime qué somos donde las estaciones se ensamblan”, publicado por el H. Ayuntamiento de Culiacán (2014), y “Semilla: Remanencia de la luz”, publicado por el Instituto Sinaloense de Cultura (2020). Fue becario del Fondo Estatal de Cultura y Artes el año 2008 (FOECA), en la categoría de Jóvenes Creadores en la disciplina de poesía.
Además, fue incluido en la antología de la “Nueva poesía y narrativa hispanoamericana del siglo XXI” (Lord Byron ediciones, Madrid, España, 2016), así como en las muestras de poesía Sinaloense “Una fiera lentísima” (ISIC, 2017) y “Muestra de poesía Sinaloense 1982-1997 La liebre es ligera” (ISIC, 2018). También ha participado en varios eventos culturales y sus poemas se han publicado en diversos medios tanto impresos como electrónicos. Desde el año 2018 reside en la ciudad de Vancouver, Canadá.
La Pared Noticias: Primero, ¿cuáles son tus primeros acercamientos a la literatura y a la poesía?
Jobyoán Villareal: Bueno, tuve varios acercamientos, algunos no tan directos. El primero sin duda fue cuando tenía algunos 4 o 5 años. Vengo de una familia muy religiosa, yo mismo me considero una persona religiosa; recuerdo que se estudiaba en mi casa un libro que explicaba las profecías del libro bíblico de Revelación (o Apocalipsis) y que el libro contaba con ilustraciones muy vívidas en las que se representaban los pasajes del dragón de 7 cabezas, de El cordero, el pasaje de los siete sellos entre otros, y escuchaba comentar que nada de lo que se presentaba en aquellos pasajes proféticos debía tomarse de forma “literal” sino que todo era más bien simbólico. Aquello como era de suponerse causó un impacto en mi versión de niño.
A los ocho y nueve años le escribía poemas a las niñas que me gustaban del salón de primaria, influenciado por un amigo 7 años mayor que yo, matemático de abolengo, que era también un fiel admirador de la serie Cosmos de Carl Sagan. Los poemas eran lo que se podría esperar de un niño de esa edad.
A los 14 años comencé a escuchar metal y rock pesado. Mis padres, preocupados, me pidieron que tradujera las letras de las canciones que escuchaba para asegurarme que no dijeran nada impropio, para mi sorpresa algunas de aquellas canciones utilizaban un lenguaje un tanto lírico. En aquel tiempo intenté escribir mi primer poema en serio, sin buenos resultados.
Entre los 10 años y 16 años había leído unas ediciones pequeñísimas de Quevedo, Lorca, Neruda y Bécquer que había comprado con mis ahorros y después a los 17 años, leí el poema de Muerte sin fin de José Gorostiza por recomendación de un profesor de letras (del cual no recuerdo el nombre), aquello cambió por completo mi forma de ver la poesía.
Y ya por último a los 19 años conocí a mi buen amigo y maestro Francisco Alcaraz, quien me introdujo en forma al mundo de la poesía.
LPN: ¿En qué momento decidiste enfocarte, totalmente, a la literatura?
JV: Creo que uno nunca se enfoca totalmente a la literatura, hay cuentas que pagar, hay cosas que hacer en la vida que imposibilitan (al menos a la mayoría) a dedicar todo el tiempo a la literatura. Para mí en lo particular hay un momento importante en el trayecto que se vive cuando se escribe poesía, y este momento es cuando entiendes que, escribas bien o mal, nunca dejarás de escribir poesía hasta el día en el que mueras, eso es en sí lo que define a un escritor de poesía de un poeta: el poeta nunca estará sin la actividad poética hasta el día de su muerte, cosa que también puede ser una maldición. Yo tuve esa revelación hace ya algunos 5 años atrás.
LPN: Tu primer libro se llama “Dime, qué somos dónde las estaciones se ensamblan”. ¿Cuál fue el proceso de escritura del libro? Según recuerdo, tuviste alguna beca para este.
JV: Ese libro fue el resultado de la beca otorgada por el Fondo Estatal para la Cultura y las Artes, en aquel entonces FOECA ahora PECDAS. El proyecto se desarrolló por allá en el periodo 2007-2008 si mal no recuerdo, y de ahí terminé con 40 poemas que seguí trabajando por 3 años más (añadiendo algunos poemas en el proceso) y que terminaron siendo el libro. De esos 3 años posteriores rescato algunas vivencias, una de las cuales, para compenetrarme en el tema de que la lluvia es la asesina de la imagen (que abordo en el último poema del libro), decidí bañarme en uno de esos aguaceros que caen a cántaros en Culiacán un día de agosto, cuando, como decimos nosotros el cielo se estaba cayendo.
LPN: ¿Qué temas y búsquedas marcaron este primer poemario?
JV: El poemario se lo dediqué a mi abuelo materno Felipe Lizárraga Rivera por su sensible fallecimiento, mismo que sucedió el segundo año en el que trabajé los poemas que fueron el resultado de la beca. En el libro escribí una sección llamada El cerro de la memoria en donde reflexiono sobre el recuerdo de su entierro. Poemas como La noche, Lo que dicen los espejos y Hialurgia, marcaron búsquedas un tanto diferentes que, creo, en algún punto del discurso coinciden.
LPN: ¿Cómo fue la publicación de “Dime qué somos dónde las estaciones se ensamblan” y de qué maneras alteró tus planes de trabajo?
JV: No puedo decir que se haya alterado mi plan de trabajo como escritor a partir de la publicación de mi primer poemario. Lo que sucedió en realidad es que el poemario lo escribí entre los años 2007 al 2011 y se publico hasta el año 2015, para ese entonces ya había empezado otro proyecto paralelo que hoy sigue sin publicarse; además, de forma paralela también comencé a escribir mi segundo poemario que se presentará en unos días más y otros proyectos que no he terminado. Actualmente sigo trabajando en varios de esos proyectos. En cuanto a la publicación del libro, el tiraje fue un tiraje pequeño de 500 ejemplares, que terminó en las manos de amigos cercanos y no tan cercanos.
LPN: Tu nuevo libro, el cual se presentará en la Feria del Libro de Los Mochis, se titula “Semilla: Remanencia de la luz”. ¿En qué momento surge este trabajo? ¿Cuántos años tomó?
JV: El primer poema de este libro surgió alrededor de los años 2011 y 2012 después de haber terminado mi primer libro. Este es muy diferente al primero, ya que surgió de circunstancias muy diferentes: no surge de alguna búsqueda literaria como mi primer poemario, es, digamos, un libro mucho más sensible. Me tomó alrededor de 5 años terminarlo.
Semilla: Remanencia de la luz es un poemario muy personal que le dedico a mi esposa, el poemario se extiende pasando de ser una oda al amor y el erotismo a ser una elegía a la vida, entre sus partes intento mostrar cierta sentencia que se va construyendo mientras se ama, y que cobra su factura con los años. Por otro lado, la poesía que uso es más bien convencional, no creo que sea una poesía cercana a lo que se escribe hoy en día.
LPN: Ya no vives en Sinaloa, tu estado originario. ¿En qué manera ha alterado tu trabajo poético el alejarte de tus raíces?
JV: Vivir en Vancouver, Canadá, ha sido una experiencia sin duda muy interesante. Curiosamente los factores que creo han alterado mi trabajo poético han sido dos: la cultura y el clima. En Vancouver, la gente suele respetar mucho tu espacio, suele haber muchos momentos de desconexión social donde la gente está en su mundo, por ejemplo, esto sucede de forma muy marcada en el transporte público. Uso el transporte público, y leo al ir y venir del trabajo, lo que me permite concentrarme en mi trabajo creativo; por otro lado, uno camina mucho más acá, especialmente si usas el transporte público. Además, la ciudad de Vancouver es oscura, lluviosa y fría en tiempo de invierno, se ha hecho muy común en todo este ambiente ir caminando, manteniendo soliloquios de todo, prácticamente. Por otro lado, la cultura británica que hay en la ciudad ha hecho que inicie mi travesía por la lectura de algunas obras escritas en Ingles y al mismo tiempo toda esta experiencia me ha hecho sentir orgulloso de mis orígenes.
Uno podría llegar a pensar que en Culiacán hay todo menos un ambiente que propicie a la literatura, pero no, en Culiacán hay un Spleen poético muy raro que favorece, también, a la creación. Decíamos que el calor, las balas y los atardeceres hacen que todo sea más intenso y decimos también que hay una dualidad monstruosa en una ciudad donde se intenta combatir la violencia con la cultura. Solo hace falta ver a los poetas que han salido de Sinaloa, empezando por Gilberto Owen y siguiendo con Jaime Labastida, Alfredo Espinoza Quintero (AE Quintero), Jesús Ramon Ibarra y Mario Bojórquez.


