EL LIBRO PERDIDO

Un cuento policial

 

Martín Durán

El comandante Miguel Irriazábal cantaba canciones de amor en el Mesón aquella noche de agosto de hace algunos años, en Culiacán.

Estábamos a tres mesas de su nostalgia y de su esbirro preferido con una mano en el gatillo. Pregonaba en el micrófono que las palabras tristes en su mente vivirán.

No lo conocía, pero alguien se me acercó esa noche y me dijo entre botella y botella, que traía unas cien muertes sobre sus espaldas.

Yo más bien pensé que era en su prominente panza, que hacia la medianoche le había permitido embutirse dos aguachiles con tostadas, dos huevos cocidos y tal vez un cartón de cerveza.

Sorbía su botella, se afinaba la voz y soltaba el estribillo melodramático, con una entonación de tenor, que todos en la cantina le aplaudían.

Así era como había terminado el policía que en sus años mejores había llevado las riendas de la Policía Judicial del Estado, cuando no había mejor trabajo que emplearse como brazo armado de la mafia sinaloense.

Ahora lo veía en decadencia, con el bigote ralo, su adiposa humanidad aplastada en la silla, llorando por amores pasados, y no podía comprender cómo era que las canciones de los Yonics le hacían llorar tanto cuando nunca se tocó el alma para ejecutar a decenas de personajes del bajo mundo.

El que me dijo quién era, me lo aseguró: después de sufrir un atentado dejó la Judicial, pero siguió matando, pistolero a sueldo de los Beltrán Leyva.

Ahora lo tenía ahí, a tres mesas de su nostalgia parrandera, en la cantina más inverosímil donde el saxofonista Pedro Álvarez recordaba a su hermano muerto con el mejor jazz, y donde los Beatles revivían en la estrofa de la banda.

También supe que Irriazábal venía todos los miércoles. Esa noche habíamos caído bajo la palapa calurosa porque a un compañero del periódico donde entonces trabajaba, se le ocurrió celebrar su cumpleaños número 54.

Fue así como empecé a ir al Mesón miércoles tras miércoles, hasta que Carmelita, la mesera que siempre lo atendía, le dijo que había un periodista que quería saludarlo.

Ansioso de contar sus andanzas, Irriazábal quería que escribiera un libro sobre él. Total, todo mundo quiere que se hable de sí mismo en la posteridad, y el comandante no tenía nada que perder, pero sí mucho que ganar.

Después de la primera plática para escribir el libro, fue encontrado muerto en su casa. En las notas de los periódicos –incluido en el que yo trabajaba-, solo se consignaba escuetamente las circunstancias del hallazgo: en posición decúbito supino en el piso de la cocina, con un boquete de escopeta del 12 en el prominente tórax, y el arma abandonada sobre una cama. Vivía solo con un par de gatos en cuyo plato había suficiente alimento para una semana.

La autopsia reveló que después del atentado de años atrás sufrió problemas cardíacos y que no había bastado la cirugía de derivación coronaria para alargarle su estancia en el planeta. Estaba sentenciado de todos modos. De su homicidio no hubo sospechosos, aunque creo que él mismo era el único sospechoso. En mi máquina de escribir, dejé en el papel sólo un título de un libro ya irrecuperable.

*Publicado en el impreso de LA PARED, edición número 8, que circula en Culiacán

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