Dedicado a la familia Jiménez Mota y a todos los amigos de Alfredo en Culiacán
UNO
El padre de Alfredo Jiménez Mota me despidió en la puerta del autobús que me llevaría de regreso a Culiacán. Al término de la misa para conmemorar otro año más de la ausencia de su hijo, se ofreció a llevarme al hotelito del centro por la maleta y de ahí a la central de autobuses, cerca de ese mar sucio y feo que es la bahía cerrada a las mareas del mar de Cortés.
–¿Hay playa aquí? –le pregunté cuando atravesábamos la ciudad, atrapado por la curiosidad de la cercanía de un mar sin olas.
–Está Cochórit, como a 10 minutos de Empalme. En otra ocasión que vengas te puedo llevar –respondió.
Al llegar a la centralita ubicada a un lado de la carretera a Guaymas, José Alfredo Jiménez descendió conmigo de la camioneta de su cuñado. Allí me despedí de él con un abrazo deferente. Cogí la maletita azul que mi madre siempre me acomodaba cuando salía de viaje, y fui enseguida a preguntarle al operador de un autobús cuyo rótulo anunciaba que se dirigía al Distrito Federal, si tenía boletos disponibles para Culiacán.
–Ve a comprarlos a la taquilla, te doy cinco minutos antes de partir –me apremió.
Caminé hasta la caseta que parecía hacer las veces de sala de espera y de comedor de choferes y empleados apurados. Un joven rubio que tenía una voz de ranchero me atendió con cortesía, mientras mi ansiedad crecía por los cinco minutos de espera.
Volteé hacia la calle, y me encontré al padre de Alfredo detenido en el umbral de la puerta. Se había venido siguiéndome desde el coche sin que lo notara, y ahora estaba allí, de pie, con sus lentes de abuelo sin serlo, con el pelo grisáceo y la mirada titubeante, muchos años después de la desaparición de su hijo. Tuve la repentina impresión de que me quería decir algo, pero no se animaba. Se rascaba los brazos, como tratando de quitarse ciertas dudas que le impedían decir lo que se cargaba en sus adentros.
Con el boleto en las manos salimos de la taquilla, y me siguió hasta la puerta del autobús, que esperaba el abordaje de su último pasajero. Entonces descubrí que, en efecto, quería decirme algo, pero tal vez cierta timidez o lo poco que nos conocíamos le impedía hacerlo. Sólo hasta el final tuvo el valor de decírmelo:
-Muchacho, hazme un favor, cuando llegues a Culiacán márcame para saber que llegaste bien. Si quieres por la tarde, ya que descanses bien.
-No tenga cuidado, don José Alfredo, yo le marco. Le doy las gracias y espero regresar para verlo. Ojalá y tengamos noticias de Alfredo para entonces.
Nos despedimos, ahora sí, con un fuerte abrazo, justo en el momento en que el chofer me apremiaba para partir.
El destino es una eternidad que nunca cambia. De alguna manera, en esa despedida, pude sentir un encuentro profundo. Alfredo tenía años que ya no estaba entre nosotros, pero entre su padre y yo lo revivimos en algo cotidiano, algo que se repetía cada vez que el joven periodista se marchaba de su pueblo para ir en busca de noticias y crónicas.
Ahora ese adiós me unía secretamente a su historia. Mientras el autobús salía de Empalme, dejando atrás un inmenso ocaso y las vías centenarias del ferrocarril, pude advertir –no sin un dejo de tristeza- que aquella escena tal vez fue la réplica inexacta del último día en que sus padres vieron con vida a su hijo querido. Intenté dormir el resto del camino, tratando de recuperar las sensaciones recorridas en mi estancia de dos días en el pueblo, en busca de las huellas del reportero desaparecido, pero me despertaba la certeza de que los años no sirven para cronometrar la ausencia y la esperanza.
DOS
La última vez que lo vieron, fue un jueves muy temprano cuando fueron a despedirlo en esa misma terminalita de autobuses. Era el 31 de marzo de 2005.
Alfredo Jiménez Mota se despidió de sus padres, y prometió regresar en unos días a visitarlos, como siempre. Esperanza Mota recuerda que le acomodó un tupper con el desayuno que no alcanzó a comer, huevos con salchicha y frijoles. Al llegar de Hermosillo, en donde trabajaba para el diario El Imparcial, Alfredo le telefoneó para comentarle que los huevos con salchicha se habían mezclado con los frijoles, y que así no le gustaban.
“Se moría de la risa”, recuerda Esperanza.
El 16 de febrero anterior, Alfredo había cumplido 25 años. Tenía pocos años que se había graduado de la carrera de Comunicación en la Universidad de Occidente en Culiacán, Sinaloa, y después de pasar por las redacciones de los periódicos El Sol de Sinaloa, Noroeste y El Debate había marchado a El Imparcial, donde ingresó en octubre de 2004, gracias a un amigo que entonces dirigía el diario El Vigía con sede en Guaymas. Alfredo habría querido entrar a trabajar a este periódico para estar más cerca de su familia, pero al mismo director le pareció poco que el muchacho gastara sus años mejores de reportero en un medio pequeñito de la costa sonorense. Le había augurado una mejor carrera en la capital del estado.
Esa mañana fue la última vez que Esperanza vio a Alfredo al igual que su padre. Dos días después, el 2 de abril, todavía hablaron con él por teléfono. Jiménez Mota les dijo que estaba en el cuarto que alquilaba en el bulevar Luis Encinas en Hermosillo, y que esa noche saldría con una amiga a dar la vuelta en su coche nuevo. Después de eso, no supieron de él.
Don José Alfredo Jiménez y doña Esperanza Mota.
TRES
–Mamá, mañana compras el periódico para que se te caigan los calzones del susto –le telefoneaba Alfredo, divertido, desde Hermosillo cada que iba a publicar una nota sobre violencia o narcotráfico.
–No haces caso, Alfredo, ya te he dicho que no lo hagas…
–Si me matan ni modo, tú nomás échame la bendición.
“Era su orgullo salir en la primera plana”, recuerda Esperanza años después, sentada en la sala de su casa.
Alfredo no entendía que esas notas eran riesgosas, aunque parecía no importarle. Era atrabancado a más no poder. Su empeño era exhibir a los delincuentes y publicar lo que otros no se atrevían.
Lo hizo en los periódicos en donde trabajó. Esperanza nunca pensó que aquel adolescente que sacaba malas calificaciones en la preparatoria, que se distraía entrenando al box, su pasión juvenil, o peleando con sus compañeros de escuela, se convertiría en un reportero dedicado, concienzudo, sumergido en los temas del narco.
“Mi esposo y yo hemos llegado a pensar a veces que en el fondo Alfredo le tenía admiración a esa gente, que por eso quería escribir sobre ellos; no sé de dónde le vino el gusto, yo siempre pensé que no iba a estudiar y a hacer una carrera”, dice.
Cuando salió de la preparatoria, recuerda la madre, Alfredo dejó un año de estudiar. Se dedicó a holgazanear, a comer y engordar y a ver televisión, hasta que meses más tarde se consiguió un trabajo en un supermercado de Guaymas. Con 18 años, marchó a Hermosillo, pero ninguna escuela le agradó. Tampoco, aunque de niño le gustaba pasearse en los trenes, quiso abrazar la profesión de maquinista de ferrocarril de su padre que a su vez lo heredó de su padre.
“Me dijo que sentía un ambiente pesado en Hermosillo, por lo que se fue a Culiacán para ver si estudiaba allá, y a los días me dio la noticia de que iba a estudiar Comunicación”, rememora.
-Ay, Alfredo, cómo vas a estudiar para reportero si ni te gusta escribir, eres bien flojo –lo reprendió tranquilamente.
Pues sí, el muchacho ya había decidido. Y fue tan seria su decisión que dejó a un lado el sueño de ser un boxeador famoso y acaudalado como Julio César Chávez, su ídolo en la adolescencia, para comenzar de reportero de espectáculo y sociales en el diario El Sol de Sinaloa.
Pero lo que en verdad lo apasionó fue el periodismo de nota roja. Cuando ingresó al diario Noroeste dio sus primeros pasos en la sección policíaca. Ahí conocería a sus grandes amigos que, aún pasados muchos años, siguen contando sus anécdotas. Luego de un diferendo en el diario que obligó a la directiva a despedirlo a él y a otros de sus compañeros, marchó al periódico El Debate.
En realidad, sería en este último medio donde Alfredo maduró el oficio. Aprendió a no arredrarse. Quienes lo recuerdan, además de evocarlo como un muchacho alto y fornido, también hablan de la inflexibilidad con la que ejercía su trabajo, acompañada de cierta inocencia. “Alfredo era como un niñón”, me ha dicho muchas veces Gustavo Lizárraga, uno de sus mejores amigos en El Debate. Según recuerda Gustavo, en una ocasión Alfredo le pidió que lo acompañara a entrevistar a una persona. Se subieron a su vehículo y avanzó por las calles de Culiacán, rumbo al sur. Jiménez Mota era el guía. Le indicaba las calles a tomar hasta que se internaron en el residencial Colinas de San Miguel. Fue cuando a Gustavo no le olió bien aquel asunto así que le preguntó a su compañero a quién diablos estaban buscando.
–A Javier Torres Félix, El JT, ya averigüé dónde vive y quiero pedirle una entrevista–, respondió Alfredo alegremente exaltado.
Gustavo de inmediato detuvo la marcha y sin decirle nada, con un gesto de desaprobación, metió reversa y dio marcha atrás para volver al centro. Sólo cuando salieron de Colinas de San Miguel, Lizárraga soltó:
–¡Tú estás loco, Alfredo!
Al joven reportero se le había ocurrido que era buena idea tocar a la puerta de la mansión de quien era considerado en esa época uno de los principales lugartenientes del cártel de Sinaloa, socio de Ismael Zambada García, El Mayo, y quien después se pasaría 8 años en una prisión gringa para terminar ahora en el penal federal de El Altiplano.
Quizá el incidente que más se recuerda de su época culichi, es aquel que involucró a un hijo de Joaquín Guzmán Loera y a un jefe de la Policía Ministerial del Estado (PME) en 2004, pocos meses antes de marchar a Sonora. Resulta que Iván Archivaldo sufrió un accidente de tránsito cerca del Puente Negro por viajar a exceso de velocidad. En el choque, un joven perdió la vida. Los periódicos del día siguiente consignaron el suceso sin mencionar al hijo del Chapo. Alfredo no sólo publicó el dato sino que fue más allá al revelar que junto con Iván Archivaldo iba un hijo del director de Investigaciones de la Ministerial, Reynaldo Zamora Gaxiola, temido en los círculos policíacos por presuntas ligas con los cárteles. Reynaldo sería desaparecido en 2017 y su cuerpo fue encontrado en septiembre de 2020, en una fosa clandestina del norte del ejido Mojolo, en Culiacán.
Pero aquella tarde, Reynaldo pisó las oficinas del diario con su corpulencia. A Jiménez Mota nadie le avisó que el comandante había ido a buscarlo, le hablaron de la recepción del periódico, en el centro de la ciudad. Sin saber quién lo procuraba salió al pasillo y allí estaba la silueta encabronada de Zamora Gaxiola. Alfredo lo encaró cuando Reynaldo le reclamó la nota. Quería que se retractara de lo publicado, pero el joven reportero que acababa de cumplir 24 años se negó. Zamora se fue lanzando una advertencia de por medio, las cosas no se quedarían así.
Quienes recuerdan el episodio dicen que Alfredo tuvo miedo, pero no se dejó intimidar y trató de hacer su vida normal, alejada del pánico y la persecución. Fue a los meses cuando le ofrecieron empleo en El Imparcial y tomó la decisión de marcharse. Esgrimió a sus amigos culichis dos razones de peso: una, el sueldo que le ofrecían era superior al que le daba El Debate, y dos, estaría más cerca de su familia.
Hasta entonces, Jiménez Mota rentaba un pequeño cuarto por la avenida Juan Aldama detrás del Estadio de beisbol Ángel Flores, en la colonia Rosales. Francisco de Asís Solís, un veterano del periodismo deportivo que vive cerca, todavía me cuenta de aquellas tardes cuando miraba a Alfredo pasar por su casa camino a su cuartito. Puedo imaginarlo repasando las banquetas, con los radios escáners de la frecuencia policial, caminando torpemente como un oso querible, como un Winie Pooh, el apodo que le endilgó su amigo Ernesto Martínez, Pepis, al gastarle bromas por su forma particular de caminar como si estuviera a punto de derrumbarse.
CUATRO
Cuando arribó a El Imparcial, Jiménez Mota se incorporó a la cobertura que ya realizaba el diario sobre el caso de “El cuarto pasajero”, una de las historias de novela que mantenía sumergidos a los sonorenses en la expectación y que tuvo eco a nivel nacional al grado que ganó que sus periodistas obtuvieron el Premio Nacional de Periodismo por cobertura. Se trataba del escándalo que dio comienzo en septiembre de 2004, en las fechas en que en Culiacán asesinaron a Rodolfo Carrillo Fuentes, hermano de “El Señor de los Cielos”, caso que también cubrió Alfredo para El Debate.
El cuarto pasajero no era otro que Daniel Irene Enríquez Parra, hermano menor de Raúl, líder de Los Números o Los Güeritos, célula al servicio de los hermanos Beltrán Leyva. A Daniel Irene lo detuvieron policías estatales en Hermosillo cuando pretendía escapar de un punto de revisión junto con tres de sus cómplices cargados de armas y droga.
El escándalo detonó en la prensa cuando se descubrió que este personaje fue liberado sin trámites de por medio y sólo sus tres acompañantes habían sido consignados por la Procuraduría General de la República al juez federal. Era el cuarto pasajero que reveló un hilo de corrupción que iniciaba en los separos de la policía y terminaba en las cloacas de la Delegación de la PGR.
Sin embargo, la primera noticia de impacto que publicaría Jiménez Mota en solitario fue en diciembre de 2004. Luego del asesinato de un agente del Ministerio Público federal, Alfredo escribió que Adán Salazar Zamorano, un narco vinculado con el cártel de Juárez, había mandado matar al funcionario por una determinada cantidad de dinero. Fue tanto el escándalo en el mundillo policiaco, que hasta dos agentes de la entonces Agencia Federal de Investigaciones (AFI) acudieron a las oficinas El Imparcial para interrogarlo. La nota del interrogatorio se publicó al día siguiente en una llamada de portada. Alfredo se acogió al derecho de no revelar sus fuentes.
“Amá, se te van a caer los calzones…”, le decía siempre a Esperanza, y eso recordó ella cuando su hijo le contó el episodio.
“Yo pienso que Alfredo fue usado por la gente que le daba información”, refiere don José Alfredo. Y concluye: “Fue utilizado conforme a sus intereses”.
El reportaje de “Los Tres Caballeros” salió publicado en primera plana el 17 de enero del 2005. Sólo quienes han tenido la oportunidad de reportear estos temas ceñudos, es consciente del vértigo que se siente al realizar una cobertura prolongada que se acumula con los meses: temas inimaginables que pueden doblar a cualquiera. En las páginas centrales del diario, Alfredo contó la red de vínculos de los hermanos Beltrán Leyva, en ese tiempo aliados de Joaquín El Chapo Guzmán y de Ismael El Mayo Zambada. Enumeró a cada uno de los miembros identificados por el gobierno federal y que juntos conformaban ese ente criminal-empresarial denominado el “Cártel de Sinaloa”. Dio detalles de ubicaciones de ranchos, pistas de aterrizaje y domicilios de los supuestos integrantes de la organización, que tenían mucho arraigo en Sonora debido a la célula comandada por Raúl Enríquez Parra, jefe de la banda conocida como Los Güeritos. Detalló el origen de esta célula, cómo usaban el llamado corredor de trasiego de drogas Sonora-Arinoza a través de los impertérritos desiertos.
Incluso volvió a contar la historia de una “narcoavioneta” que semanas atrás había sido perseguida por los radares de la PGR y la habían “perdido” en la Sierra de Álamos, al sur de la entidad.
Alfredo habló de las omisiones de las autoridades sonorenses, dejaba entrever que si el narco era fuerte en el estado era porque la estructura gubernamental lo permitía. En ese tiempo el fenómeno del “narco” en el país todavía era un asunto soterrado en los estados, aunque el escándalo ya había tocado a las altas esferas del gobierno federal con el caso de Nahum Acosta Lugo, un sonorense que llegó al cargo de coordinador de Giras Presidenciales en el sexenio de Vicente Fox, y a quien se acusó de vínculos con los Beltrán Leyva. En Sonora, el gobierno del priista Eduardo Bours Castelo rechazó toda la información que reveló Jiménez Mota.
“En Sonora no existen cárteles”, proclamaría Bours Castelo a los cuatro vientos. A este reportaje, le siguieron otras notas donde pretendía exhibir a los narcotraficantes, hablar de sus relaciones subrepticias con agentes policiacos, sus ramificaciones en la vida empresarial. A fines de febrero, el joven periodista sufrió una persecución a pie cerca de donde vivía en Hermosillo, por el bulevar Luis Encinas. Él mismo contaría que lo persiguieron uno “pelones”.
“Él quiso verlo como un asalto, pero en el fondo creía que lo vigilaban, que querían levantarlo, porque a los días de que ocurrió esto mi hija y yo fuimos a visitarlo, y en la noche cuando íbamos a salir a cenar Alfredo nos dijo: ‘esperen, dejen me asomo a ver si no hay nadie’”, relata Esperanza.
–Ahora a quién se le cayeron los calzones –, le replicó ella, en tono de broma, mientras se dirigían a una cenaduría a comer tacos dorados.
Nunca, dice Esperanza, dejó de aconsejarle que no sacara información fuerte en el periódico, pero su hijo, lo sabía, era demasiado terco, obstinado, y así como eligió ser reportero con bastante determinación, sabía que no lo iba a convencer de lo contrario. Además, al muchacho le provocaba orgullo que sus notas alcanzaran la portada, y nada lo haría cambiar de parecer.
La mañana del 31 de marzo de 2005 en que lo despidió en la centralita, Alfredo le habló cuando llegó a Hermosillo para contarle divertido que los huevos y las salchichas del lonche se habían revuelto, y así no le gustaba. El sábado 2 de abril en que lo iban a levantar, su padre habló con él por teléfono en la noche durante varios minutos y nunca le pareció notar algo raro en su actitud. Era el carácter de siempre, el del joven alegre y cariñoso con ellos.
“Hay cosas que nunca me han cuadrado, a la hora en que dicen que lo levantaron del Soriana, yo hablé con él por teléfono”, cuenta José Alfredo años después, cuando me recibió en su casa en Empalme.
Lo cierto es que, según las investigaciones consignadas en la averiguación previa PGR/SIEDO/UEIS/177/2005, Alfredo habló con tres personas esa noche: su padre, una compañera del periódico y el subdelegado Procuraduría General de la República en Sonora, Raúl Fernando Rojas Galván, quien en este caso se convirtió en uno de los principales sospechosos, al menos de haberlo entregado a quienes se lo llevaron para siempre. Hoy se sabe que le marcó a su celular a las 11:03 de esa noche, y aunque el ex funcionario fue interrogado, cayó en diversas contradicciones, nunca más se le volvió a molestar.
A su compañera de El Imparcial, recuerdo que ella me contó, le prometió salir a pasear en un vehículo de reciente adquisición, pero de última hora un “contacto algo nervioso” le pidió verlo.
“Ese fue el día en que comenzó todo”, dice Esperanza.
Su amiga contaría que desde la tarde habían quedado en salir, pero justo en la noche canceló para ir a entrevistarse con su fuente. Tampoco le refirió temor por este encuentro de última hora. Las investigaciones posteriores apuntaron que Alfredo se dirigió a una tienda Soriana del bulevar Luis Encinas, en donde se encontraría con la fuente, pero ya no se supo más. Era noche de sábado.
Al día siguiente, Jiménez Mota faltó al coro de la iglesia donde servía en los oficios de la misa dominical. El lunes temprano tampoco llegó al periódico y su lugar fue visto vacío. Fue hasta en horas de la tarde en que el joven reportero continuaba sin reportarse, cuando se encendieron las alarmas entre sus amistades y los jefes del diario. Su celular mandaba a buzón, telefonearon a la casa de alquiler, pero nadie levantó el auricular. Por un momento contemplaron la posibilidad de que Alfredo había agarrado una farra épica, pero no era de esos muchachos que se perdían por días enteros. Al contrario, era disciplinado con el trabajo. Llamaron a casa de sus padres en Empalme, con la esperanza de que durante el domingo de descanso le habían entrado ganas de visitarlos. Pero tampoco estaba.
Recordaron que la rutina de Alfredo del domingo consistía en ir a la iglesia y entrenar box, pero el párroco mencionó que el joven no se presentó y nadie recordaba haberlo visto por el recinto religioso o en el entrenamiento.
El martes 5 de abril, los padres de Alfredo marcharon a Hermosillo y junto con los directivos de El Imparcial acudieron a las autoridades a denunciar su desaparición. Don José Alfredo Jiménez Mota me contó años después que hasta ese momento no eran conscientes de la tragedia que se cernía sobre sus vidas, que tenían la esperanza que de un momento a otro Alfredo se comunicaría y confirmaría que se encontraba bien. Al día siguiente la fotografía que le habían tomado para la credencial de identificación del diario apareció en las portadas de todos los periódicos de Sonora: es la misma fotografía que recuerdo haber visto pegada en la puerta de la casa de los Jiménez Mota, algo descolorida por el paso de los años. Era la misma foto que por esos días mi madre vio en el diario que sostenía en sus manos, cuando yo tenía 19 años y no pasaba por mi cabeza ser reportero: “¿Cómo deben estar sufriendo los padres de este muchacho?”, me dijo.
CINCO
Doña Esperanza Mota levanta el auricular con paciencia, con esa paciencia que le permiten sus años y la incipiente diabetes. Con esa misma paciencia contesta las dos o tres preguntas de rutina de los periodistas que le hablan para escribir la reseña sobre Alfredo en cada conmemoración.
Cada año, Esperanza cuenta lo mismo, los hechos que llevaron a su hijo a la desaparición, la trama de mentiras del gobierno, el incumplimiento de justicia, y concluye las charlas telefónicas con frases agridulces: “Seguimos sin tener noticias”. “No hay nada nuevo”. “Estamos a la espera.”
Pero ella, religiosamente, atiende todas las llamadas, mientras que su esposo, don José Alfredo Jiménez se dedica a gestionar la misa de la tarde del 2 de abril, el homenaje que realizan en la Plaza del Tinaco de Empalme, emblema de la ciudad, en donde una plaquita de bronce, muy pequeña, advierte que todavía seguimos recordándolo.
Llegué la tarde del 1 de abril del 2013 a Empalme en un autobús que trastumbó los incipientes desiertos del sur de Sonora. En la centralita ubicada a un costado de la carretera a Guaymas, tomé un teléfono público para ser uno de esos periodistas al que doña Esperanza atendería. No recuerdo qué día de la semana era. Para mí la pequeña ciudad y la tarde eran desconocidas, y me dieron una sensación de incertidumbre. A mi celular entró la llamada de don José Alfredo que me recomendó que no me fuera a quedar por ningún motivo cerca de la estación del tren, pues había demasiados vagos o migrantes de paso dispuestos a asaltar o matar de una puñalada al más desprevenido transeúnte nocturno.
No me esperaban en casa de los Jiménez Mota, como sí todos los días esperan noticias de su hijo. Preguntando aquí y allá di con el domicilio en una colonia no lejana. Unos tipos que charlaban en el porche de una casa me guiaron: “La familia del reportero desaparecido vive por la otra calle”. Al dar la vuelta a la cuadra toda la emoción contenida, esa ansiedad de no saber qué humor tiene la gente para recibirte de improviso, se volvió desazón ante la calcomanía descolorida pegada en la puerta. Mis dudas terminaron cuando doña Esperanza abrió la puerta y me invitó a pasar con una cortesía de toda la vida. La casa de los Jiménez Mota estaba llena de fotografías de Alfredo. Cada una tenía su historia y sus padres la relataron vívidamente aquella noche. Encima del televisor de la sala estaba la foto de cuando su hijo obtuvo el Premio de Periodismo El Payo del Rosario, otorgado por la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) en el 2002. Lo que cuenta no es el galardón sino la imagen de Alfredo con sus amigos sinaloenses, abrazados y sonriendo.
La otra imagen era de un Alfredo distante, a bordo de una lancha, surcando las aguas de la bahía de Altata, Navolato, en la temporada en que la veda se levantaba y los grupos de pescadores salían en busca de los camarones nativos del estero. En una pared también estaba el rostro de Alfredo cuando fue aceptado como reportero en El Imparcial; en el librero las imágenes convivían como instantáneas necesarias para sortear la soledad, la distancia, la ausencia que duele como la impunidad que campea.
“Esta foto me la mandó un amigo de Alfredo que ya murió, le entró osteoporosis en los huesos, se fue enfermando poco a poco hasta que falleció”, me dijo Esperanza mientras esperábamos a don José Alfredo, que afinaba los últimos detalles de la conmemoración.
Don José Alfredo se pasó toda su vida como maquinista de ferrocarril, oficio que heredó de su padre. En alguna ocasión intentó que su hijo tomara la tradición familiar de los trenes, pero desde la adolescencia rechazó seguir este camino, para hacerse ilusiones de que podía llegar a ser un boxeador famoso. En Empalme, ser ferrocarrilero es un oficio que se hereda puesto que toda la ciudad, incluso su nombre, descansa en la incesante actividad de los ferrocarriles. Una reseña histórica señala que el municipio nació en 1905 por la unión del tramo del ferrocarril que venía de Cananea al río Yaqui. Más tarde se agregó la conjunción de las vías férreas que viene de Nogales. De ahí parten hacia el sur hasta alcanzar Estación Sufragio, en el municipio de El Fuerte, Sinaloa. Era esta última ruta la que don José Alfredo trabajó durante sus largos años, antes de jubilarse. Desde los 6 años hasta la pubertad, al pequeño Alfredo Jiménez le fascinaba viajar con su padre en las locomotoras diésel, que transportaba todo tipo de carga.
Cuenta que la recompensa del niño a las horas de trastumbo en el tren era tirarse un chapuzón en las aguas del río Fuerte.
Cuando hablan de aquella época alegre, sus padres se dejan arrastrar por los mejores recuerdos. En sus palabras no hay ningún resquicio de odio en contra de los responsables de desaparecer a su hijo. A lo lejos, nos dejamos arrullar por el silbato musical de los trenes que parecen comunicarse entre sí como viejos animales insomnes, mientras entre nosotros brotan memorias, historias, aquella del Alfredo que en la adolescencia marchó por un tiempo a trabajar a una tienda de ultramarinos en Guaymas, a minutos de carretera. Todos los días cogía un camión cargando su lonchecito para ir de Empalme al puerto heroico. Cuando se fastidió, holgazaneó hasta que, siendo un adulto reciente, algo tosco y grueso, decidió marchar a Culiacán, donde comenzó todo.
Homenaje en la Plaza del Tinaco.
SEIS
Tres años después de su desaparición, en 2008, la trama estaba revelada, y yo ingresaba al diario La I en Culiacán. Si una historia, una vida, me alentó a continuar en la carrera del periodismo policíaco, esa fue la de Alfredo. En El Debate, Gustavo Lizárraga me contaba siempre de él, cuál era su cubículo en la redacción, y atesoraba la agenda que Jiménez Mota olvidó cuando renunció para ir a trabajar a El Imparcial.
Pronto descubrí o creí descubrir el afán de Alfredo por publicar reportajes sobre capos y cárteles y sus complicidades, porque lo experimenté en carne viva, y siempre que intentaba publicar una nota candente, Lizárraga me frenaba con la frase: “No seas como Alfredo”. Alfredo ya sabía de los Enríquez Parra cuando llegó a vivir a Hermosillo, pero en la prensa no había verdaderas referencias sobre los grupos del crimen organizado que controlaban el estado. Quizá su idea era destapar todo aquello que ya era del dominio común, pero que nadie se atrevía a escribir.
El reportaje de “Los Tres Caballeros” marcó un hito informativo y destapó algunas cloacas. Pero en realidad, según se ha establecido, a Jiménez Mota no lo desaparecieron por lo que ya había publicado sino por lo que estaba investigando para publicar, y era la conexión que existía entre estas bandas del narcotráfico y la estructura del gobierno de Eduardo Bours Castelo, que involucraba desde el procurador hasta el director de la Policía Ministerial del Estado, pasando por las corporaciones policiacas y hasta su hermano Ricardo Robinson Bours Castelo (entonces alcalde de Navojoa por el PRI), asesinado en 2020 siendo candidato de Movimiento Ciudadano.
El veterano periodista José Reveles, en su libro “El cártel incómodo” publicó el supuesto informe del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN) en el que abrevó Alfredo para publicar su reportaje y el seguimiento que le dio en el diario. En apariencia, el documento no se contradice con los diversos testimonios recogidos por la PGR cuando simulaba esclarecer la desaparición del joven periodista, entre ellos la carta anónima escrita de puño y letra por aparentemente un agente policiaco que participó en el secuestro de Alfredo la noche del 2 de abril del 2005.
Aunque el secuestro y desaparición forzada se le ha atribuido directamente a Raúl Enríquez Parra, en esta trama de magnitudes inimaginables, no pudieron no estar involucrados todos los niveles de gobierno, embarrados de mierda hasta el cuello de corrupción. El caso de Jiménez Mota apresuró el destino de Enríquez Parra y su gente, que fue invitado a Culiacán a una reunión en octubre de ese año con Alfredo Beltrán Leyva. El Mochomo le habría reclamado el mal negocio de “calentar la plaza” y tener encima al gobierno federal, que empezó a incautar propiedades y cargamentos al cártel. Hay quienes dicen que también le reprochó el crimen contra el reportero. La noticia estaba en todos los medios nacionales e internacionales, nada bueno para el negocio.
La acusación contra El Mochomo en la Corte Federal de Washintong, señala que eliminó a Raúl golpeándolo con un bat hasta la muerte. Ordenó que su cuerpo, junto con el de sus socios, fueran arrojados desde una avioneta en Sonora, cosa que se cumplió cuando del cielo de Masiaca, Navojoa, llovieron la mañana del 22 de octubre de 2005 los cadáveres de Raúl, Rosario Parra Valenzuela, Alfonso García Fernández y Héctor Alonso Ahumada Martínez.
Con la desaparición de Alfredo sobrevino la batida de las autoridades federales y la ruptura de los liderazgos de las bandas locales, lo que provocó una oleada de asesinatos incontrolable dentro de un narcoestado que Bours Castelo imaginaba gobernar, porque hoy en día, a más de 16 años en que Jiménez Mota fue visto por última vez, no me queda la menor duda de que fue el Estado mexicano en esa configuración simbiótica que mantiene con el crimen, el responsable de su desaparición, por eso nunca su caso ha sido esclarecido, a pesar de contar con tantas evidencias y testimonios.
Su padre me lo dijo en aquella ocasión: lo que anhelamos es encontrar sus restos, saber dónde quedó, aunque sea ya irrecuperable, porque su memoria la guardamos toda su familia y sus amigos. “El día en que ustedes los reporteros se olviden de mi hijo, ese día sabré que entonces fracasamos en nuestra lucha”, me comentó.
Cada vez que se asoma a las páginas de un periódico y ve el hallazgo de una fosa o de restos humanos en un desagüe en cualquier punto de la geografía de Sonora, se le tuerce el corazón pensando que su hijo puede estar por ahí, aunque para el 2013 en que visité a los Jiménez Mota ya la PGR no les hacía caso para practicar pruebas de ADN a cualquier resto encontrado.
En aquella larga conversación, don José Alfredo me dio una reflexión profunda y dolorosa, toda una teoría extraída de una tanatología primigenia que busca mantenernos en pie: “No se mata a lo que se recuerda, a lo que sigue vivo dentro de nosotros. Es el mejor homenaje, es la mejor forma de demostrarle a los ladrones de la alegría que por más que quieran quitarnos lo que amamos, estaremos con la memoria, insistiendo con los recuerdos de los hechos que un día fueron y de los que podemos dar testimonio”.
Siempre he pensado que el caso de Alfredo es la tragedia del periodismo mexicano. Yo, por mi parte, en estos largos meses de exilio, solo sueño con sobrevivir a estos tiempos convulsos, salir indemne de este oficio que me mantiene en el fuego cruzado. Pero si por algo no me arredro, es por la memoria de Alfredo. Quizá él en donde esté no hubiera querido que nadie nunca nadie, abandonara el oficio por más miedo que tuviera.