Mientras la investigación del multimillonario robo a la mina de El Magistral -el cuarto más grande a nivel mundial-, en Mocorito, sigue en el completo hermetismo, no sólo de parte de las autoridades, sino también de la Mining McEwen que prefiere el silencio y la paciencia a un gobierno que, en el discurso, responsabiliza a la misma empresa de violar sus protocolos de seguridad que desencadenaron en el “robo del siglo”.
Martín Durán
Mocorito.-El empresario canadiense Rob McEwen encontró literalmente su mina de oro en Sinaloa en noviembre de 2008 cuando descubrió el yacimiento ubicado al pie de la pequeña comunidad de El Magistral, de apenas unas 10 casas que se extienden entre lomas y caminos polvorientos, y en donde apenas sobreviven sus habitantes, la mayoría empleados de la planta.
Durante estos años, su empresa acrecentó sus bienes gracias al mineral aurífero. Hoy se convirtió en la planta que produce el 90 por ciento del oro sinaloense… hasta la madrugada del 8 de abril en que sujetos armados ingresaron al complejo con una táctica bien trazada, sometieron al personal y hurtaron la cantidad de 900 kilos de concentrado de oro, que da un peso de 198 kilogramos de oro suficiente para 700 onzas con un valor de ocho millones 400 mil dólares.
Todo en menos de media hora, como relata uno de los guardias que esa noche se encontraba en la puerta principal de acceso al complejo.
De acuerdo con la firma The Real Asset Co., el de la mina de Mocorito es el cuarto robo más grande registrado en la historia en peso, desplazando al quinto lugar al Gran Robo del Tren de Londres a París en 1885, (91 lingotes).
Sin embargo, a pesar de que la misma empresa fue quien informó mediante un comunicado sobre el robo, y ni siquiera dio parte a las autoridades en un principio, el consejo directivo decidió guardar un hermético silencio un mes después.
“Nosotros nos enteramos por las noticias”, suelta el general Moisés Melo García, coordinador de Seguridad Pública en el estado.
Eurídice González Robles, gerente de la compañía y presidenta del Consejo Empresarial Minero de México, capítulo Sinaloa, había aceptado una entrevista para el viernes 8 de mayo a un grupo de tres periodistas que investigaban el tema.
Pero un día antes habló para cancelar bajo el argumento de que dar información sería entorpecer las investigaciones. Ni siquiera aceptó que los medios entraran al complejo en El Magistral para tomar imágenes.
El traspié que cometió el empresario Rob McEwen al soltar en televisión canadiense que llevan buena relación con los cárteles de la droga, llevó al gobernador Mario López Valdez a solicitarle disculpas al dueño, al grado que éste más tarde se retractó, y envío un “sorry” a Malova.
Con las puertas cerradas a los medios, los mandos de seguridad en Sinaloa tomaron la sartén por el mango, y concluyeron que fue la empresa la que no siguió rígidos protocolos de seguridad para proteger sus intereses.
“Cuando fui comandante de la Décima Zona Militar en Durango en la mina de Tayoltita se sacaba el material custodiado con personal federal y se sacaba en una avioneta; nosotros no decimos que así lo hagan en Mocorito, pero sí debieron cuidar al personal que contratan”, comenta Melo García sentado en su oficina en Culiacán.
Y mientras se culpa a la empresa de uno de los robos más grandes del siglo, la Procuraduría General de Justicia mantiene una línea de investigación que señala que una de las camionetas usadas, al parecer una Mitsubishi, que estuvo en el taller de la mina, y que fue a parar a Sonora.
A pesar de las decenas de declaraciones de empleados, todavía no hay nada claro en las investigaciones: ¿fueron trabajadores activos o ex empleados? ¿Algo tuvo de participación las huestes del Cholo Iván, más dedicados al narcomenudeo, robo y venta de combustible y trasiego de mariguana? ¿Fueron delincuentes foráneos quienes participaron en el robo?
La sospecha de todos
El Magistral es un yacimiento que fue descubierto hacia la segunda mitad del siglo XIX, pero por décadas quedó en el abandono, hasta hace alrededor de 15 años en que Pangea, de capital mexicano, comenzó a explorar y explotar a menor escala la zona que se extiende por al menos 500 hectáreas.
En el 2008 entra McEwen Mining Inc., con exploraciones profundas hasta que en 2013 comienza de manera formal a explotar los cerros de la región, con una concesión otorgada por el gobierno de Mario López Valdez.
Para Genaro García Castro, secretario de Seguridad Pública, la empresa no realizó el protocolo acostumbrado.
“Hay muchas cosas que se hicieron fuera de un protocolo que ya existía dentro de la operación de la mina, como que se abrieran las puertas antes de la hora acostumbrada, de que se almacenara tanto material, no se hacía así, el protocolo decía que era por semana”, detalla el funcionario.
“Creo que ya tenían tres o cuatro semanas sin extraer ese material, (además) que tuviera las llaves alguien que no se acostumbra que tuviera la llave, todo eso habla de que presumiblemente haya alguna complicidad de alguno de los trabajadores de la empresa”, dice.
Asegura que para llegar a donde se encontraba el material robado, los ocho delincuentes que usaban pasamontañas y armas largas tuvieron que pasar por varias puertas.
“Entonces no te explicas y luego hay varias puertas para llegar a la bóveda, y esas puertas las abrió una persona que no acostumbraba a abrirlas”, apunta.
El general Melo también dirige su discurso, en entrevista separada, hacia un protocolo que impidiera que los delincuentes robaran el oro.
“Nosotros en lo particular consideramos que no hubo esos protocolos, sobre todo hubo fallas fuertes en la seguridad interna, donde la gente que trabaja ahí debe ser muy bien seleccionada”, sentencia Melo García.
Cuando se le pregunta si el grupo del Cholo Iván pudiera estar detrás del gran robo, Melo García en un principio dice que no ha habido elementos, sin embargo, destaca que “todos son sospechosos, desde los empleados hasta los grupos que operan ahí”.
“Hay más gente que trabaja alrededor (de la mina), pudieron ser de un pueblo equis o de la ciudad más cercana o incluso fuera del estado, ver si no tenían nexos con gente de otros estados, rutas que pudieron haber utilizado”.
El testimonio del guardia
En cuanto “Gerónimo” se despidió de su compañero de guardia en la caseta de la entrada, la madrugada del 8 de abril, aproximadamente a las 4:00 horas, vio entre las sombras a un sujeto que le llamó.
En medio de la oscuridad alcanzó a notar que estaba encapuchado. Le preguntó por su compañero: “Ya se fue a dar el rondín”, le dijo. Con lámpara en mano, a través de la ventanilla, vio a otro hombre armado apuntándole con un fusil AK-47.
Ese turno solo había ocho personas en el complejo. A “Gerónimo” lo llevaron hasta un comedor y ahí lo ataron con el resto de los trabajadores.

En la oscuridad, también alcanzó a ver que los desconocidos traían una camioneta Jeep Cherokee color negra además de otra que no logró identificar.
No los trataron mal. Pero tampoco les informaron a que iban. Jamás dijeron que era un asalto o que entregaran llaves algunas. Los maniataron con cinta canela en el comedor, y ya no supieron de ellos.
El guardia resaltó que toda la operación fue en menos de media hora, lo cual le pareció raro y sospechoso pues el complejo es grande.
“Yo pienso que debió ser una persona muy inteligente, que tenía que haber sabido todo”, consideró el trabajador.
En cuanto se fueron, los trabajadores lograron desatarse, y al amanecer observaron rastros y huellas. En su defensa, “Gerónimo” alegó que ni él sabe dónde se guarda el material extraído.
“Ahí nadie debe saber nada…”.
Las balaceras
El domingo 10 de abril, en la víspera del robo, el ejército del Cholo decidió enfrentarse contra elementos del Ejército por los rumbos de La Tasajera, comunidad perteneciente a Salvador Alvarado.
El saldo fue de al menos dos militares muertos y varios heridos. El lunes 11 de abril, un convoy militar es atacado en la alameda de Mocorito, salida a la mina ubicada en la sindicatura de El Valle.
Los delincuentes burlaron a los soldados y abandonaron una camioneta en el extremo opuesto del pueblo. Cualquiera pudiera pensar que ambas acciones fueron ejecutadas como un plan de distracción.
Sin embargo, para Genaro García Castro ambos hechos no guardan relación con el millonario robo.
“No tengo elementos para relacionar estos dos hechos con el robo”, comenta tajante al ser cuestionado.
El general Melo tampoco se arriesga a relacionar los ataques.
“A lo mejor los que planearon el robo vieron ese momento para cometer el robo”, señala.

Especula que los delincuentes dedicados al robo de combustibles del ducto de Pemex que pasa por la región no son lo suficientemente sofisticados como para planear un delito de esta naturaleza.
En otras palabras, explica que una cosa es conectarse a un ducto y llenar depósitos con gasolina, que ingresar a un complejo minero con un plan bien diseñado.
Al final, el robo más peliculesco en Sinaloa sigue sin esclarecer, todo bajo el hermetismo de una empresa que cada vez se hace más rica gracias al subsuelo sinaloense.
