EL EJÉRCITO ACORRALADO

Editorial

La emboscada al convoy del Ejército no solo dejó las cinco bajas militares y los heridos. El ataque también demostró hasta dónde es capaz de llegar el crimen organizado que reina en Sinaloa para lograr sus objetivos, en este caso, se dijo, rescatar a un hombre herido que llevaban detenido.

Pocas veces los narcos en Sinaloa le hacen frente al Ejército o a la Marina; cuando lo han llegado a hacer es más bien para tratar de salvar la vida de un operativo, no porque vayan a rescatar a alguien. Entre los jefes del cártel todavía hay el lema no escrito de no enfrentar a las milicias de no ser necesario.

Más allá de que si quién era el hombre al que rescataron, el punto de inflexión en este hecho es que ya hay una guerra abierta entre los cárteles, y que el ataque del viernes 30 de septiembre acorraló al Ejército, y de todo esto el gobierno sinaloense ha ido reconociendo a cuentagotas que el problema es grave y profundo. Y lo es.

Ahora debe saber Mario López Valdez y los integrantes de su gabinete de seguridad que no todo era equipar a policías y pagarles más, que no todo es control de confianza, si es que lo tienen, y que el verdadero problema está ahí, en el lavado de dinero, el tráfico a gran escala de drogas y en las corruptelas de políticos y mandos policiacos.

A los Beltrán Leyva se les quiso erradicar al inicio del sexenio, villanos favoritos, pero siguen sobre todo en Mazatlán levantando y ejecutando a narcomenudistas del cártel de Sinaloa (según la versión oficial), y no solo eso, sino que han ido ganando terreno en el sur del estado, ¿eso es bueno o es malo para la sociedad?

Del cártel de Sinaloa las versiones oficiales poco dicen, porque durante todo el sexenio pesó la sospecha que era el cártel “oficial”. Por ejemplo, en Culiacán grupos armados patrullan en convoyes y hasta instalan retenes y nadie los ve por ningún lado, excepto los ciudadanos de a pie que terminan siendo interrogados por pistoleros. También se desatan balaceras en colonias populares sin que ninguna autoridad se haga presente.

En Badiraguato son los grupos de gatilleros los que defienden sus terrenos, e incluso parece que el Estado prefiere salirse y dejar el campo libre para que entre ellos arreglen sus asuntos.

En otras regiones de la sierra, como en Sinaloa municipio, ya de plano desde hace mucho que el Estado claudicó, y optó por permitir el desplazamiento de miles de civiles antes que enfrentar el problema.

La corrupción con el narco inmoviliza al Estado, pudre sus cimientos, y termina con las consecuencias que desde hace décadas vivimos, pero más desde 2008, y luego con brotes más o menos intermitentes.

Ahora en la nueva guerra que se vive le tocó la sacudida a una institución como el Ejército, que no es una “perita en dulce”, y siempre ha estado bajo sospecha. La militarización, como se ha visto, siempre ha sido un fracaso.

Hace poco un general comentó a un grupo de reporteros que la guerra en Badiraguato, como en otros lados, era por la siembra y el trasiego de enervantes, que en estas fechas es cuando comienzan las plantaciones.

¿Y quién va ir a tumbar los cultivos?, le preguntaron.

“Eso lo hablamos después”, soltó y se marchó.

¿Qué sabemos de lo que hace y no hace la milicia en la tierra de nadie –bueno, sí, de los cárteles-, que es la zona serrana?

No sabemos qué hace el Estado aquí en la ciudad…

*Editorial publicado en la edición número 11 de LA PARED impresa de circulación en Culiacán.

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