Diván de Letras: “Yo alto mando, tu soldado”

Yo alto mando, tu soldado

(Poema)

Por Gabriela Camacho

 

El comandante dio orden del inicio de vuelo.

Nos elevamos. Pensamos. Ya íbamos preparados.

En las alturas medité si sería siempre así la vida misma, ascender y luego ir en decadencia. Esa paz y seguridad que te permite volar para después llegar al destino en tierra y comenzar la batalla.

Las batallas de lo mundano, contra el tiempo, contra los enemigos, contra los que hacen daño. Peleaba.

Todo esto cansa y así se pasan los días haciéndonos más viejos.

Siempre era igual, alistábamos las tropas, nos vestíamos como debíamos y guardábamos en nuestra alforja municiones necesarias para contraatacar, de ser necesario.

Siendo mujer en esta guerra, en este mundo, no es nada fácil. Te juzgan, te esfuerzas el doble, cansa más, duele más, sobre todo por las miradas masculinas en las que evidencian su debilidad. Esa yo la mido en sus ojos.

¡Total, vienen tiempos mejores! me digo a mi misma viendo las nubes por la ventana. No era momento de reflexión, pero siempre en las batallas debía replantearme un rumbo.

Observé a todos, todos iguales, todos uniformados siguiendo órdenes. Así son, así de leales entre ellos, pero no en la lucha. En tierra se mueren de miedo, se les nota valor, pero se matan entre ellos mismos, así son los hombres. Se esfuerzan para mantener su rango sin declive alguno, pero conforme pasan los años van progresivamente perdiendo su fuerza, esa que siempre presumen.

Por eso me integré a la contienda, porque no hay barrera que una no venza. Si debía luchar y hacerme fuerte, habría que hacerlo bien. Si la mente puede, el cuerpo también obedece.

Mi preparación no fue tanto en el batallón, eso era más fácil. Me había preparado en vida. Seguía dispuesta a luchar y defenderme.

El comandante dio aviso para comenzar el descenso, todos se prepararon. Siempre se les tiene que avisar, nunca saben qué hacer desprevenidos, yo seguía observándolos. Sus manos temblaban, se ajustaban el cinturón, mascaban chicle, ubicaban su “equipo” para tenerlo listo, evidenciaban el vaivén acelerado de sus piernas. Siempre lo mismo.

Y así se iniciaba una con una guerra más.

Me enaltecía el no tener miedo, que estaba en desesperanza, serena, mecánica, escéptica, pero valiente. Total, algún día moriremos, pero es mejor morir así que temblando como tú, sin defender a los tuyos, sin compasión, en sumisión.

Tocó mi turno. Anuncié la guerra. Dirigí a mi tropa.

Yo era alto mando y tu un simple soldado.

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