Diván de Letras. Por favor, déjenme morir

Por favor, déjenme morir

Por Gabriela Camacho

Si enfermo, quiero ser libre. Libre como nunca lo he sido, por eso pido que me dejen morir.

Dejarme así, luchando ¿Para qué? Si no tengo ya por qué vivir, el destino me ha alcanzado. Lo debía hacer. Llegar hasta este día.

Por favor, déjenme morir. Lo pedía a gritos, ya era algo infeliz. Lo bonito ya había pasado, las etapas se habían acabado. Estaba estancada.

No digo que no haya disfrutado el sol, el cielo, el aire en la cara, la lluvia. No digo que no haya disfrutado de ustedes, de esas risas, de esta vida que apenas pude colgada a mi espalda. No me hago la mártir, pero la sentía pesada.

A veces no podía con la carga.

Por favor, déjenme morir porque ya cumplí con el trayecto y en realidad, fue bastante largo. Siempre me pregunté cómo sería este día. Sin embargo, nunca avisa, solo llega. Esta no es más que una cruda verdad, que todos necesitamos, es nuestra transformación, quizá allá lejos será mejor.

Llega un momento en el que se acaban los sueños, las metas previstas se han cumplido, te preguntas ¿qué más sigue? Ahí es cuando te sorprendes y esto sigue. Así que, por favor, déjenme morir. No sabes tú que lo que sigue es más inmenso que el mar, más que ese horizonte que se pierde y no se alcanza a ver. Incluso la vista se te pierde, no es para nada real. Llega un color blanco, más bien unos destellos. Y aunque no lo concibas, escuchas esa luz, pita fuerte. Ahí es cuando despiertas en otro lado, eso, eso me han contado. Solo quiero sentirlo, por eso pido que me dejen ir.

¿Yo, a que más me quedo?

Ya no hay razones terrenales, pero las tendré después y los seguiré cuidando desde otro lado. Sean pacientes y no lloren, ahorren esas lágrimas, esas que pueden ser de dicha, de alegría, no de dolor.

Me quedo con sus flores, con las flores de amor.

Me quedo con las flores de mis cumpleaños.

Me quedo con sus detalles con flores en mis triunfos.

Me quedo con las serenatas, aunque solo recuerdo una, la de mi padre y mi cuñado en plena pandemia, desde lejos y desde mi balcón aquél 27 de abril del 2020.

Me quedo con las palabras de aliento, de las lágrimas que me hicieron limpiarme y ahí estuvieron quienes estuvieron. De las risas, de esos abrazos tan llenos y plenos. Todo eso yo lo agradezco.

Ya después, no quiero nada. Solo un café bueno. No quiero marcas, pero saben cómo me gustaba. Así lo quiero.

Quiero un retrato, el retrato más bonito. Ya elegí la foto, la encontrarán en el escritorio de mi laptop.

No quiero llantos, quiero que abracen a los que se quedan, esos son los que cuentan. Quiero que se amen y que no les robe nadie ni un segundo de su vida, porque díganmelo a mí, esto se va rápido.

No quiero nada normal. Quiero algo extraordinario. Algo serio. Algo sencillo. Algo raro. Puede haber pastel y ya saben cómo: de chocolate, relleno de chocolate y con chispas de chocolate.

Pero, por favor, déjenme morir.

Lo más difícil, es que no te dejen ir. El destino te alcanza.

Gaia, Dios y el Universo ya han hecho lo propio, no los presionen, yo los presioné todos estos años y siempre me ayudaron. Tuve todo en las manos, y todo me refiero a ustedes, esos que siempre estuvieron a mi lado. No se preocupen por nada, no quiero que haya estrés después de esto, quiero que se sienta la paz, la tranquilidad, esa que quizá no le pude dar siempre. Ya todo está arreglado. Lo tuve todo, nadie nunca me faltó. Me hicieron muy feliz.

Por favor, déjenme morir

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