Mazatlán, Sin.- El miedo en este negocio se delata en el paso apurado. Bastó que los sospechosos vieran el reflejo de los uniformes para que el instinto de fuga los traicionara, dejando claro que en las calles de Sinaloa la prisa casi siempre equivale a una confesión.
El drama principal se cocinó en el asfalto caliente de Mazatlán, en la colonia Pradera Dorada Etapa 6. Una patrulla integrada por militares y policías avanzaba despacio cuando se topó de frente con un Kia Forte negro. No hubo intercambio de palabras, sólo el lenguaje del pánico: las cuatro puertas del coche se abrieron en seco y sus ocupantes corrieron a ciegas buscando el refugio de una casa cercana.
Los uniformados reventaron la entrada tras ellos. Adentro no había una fortaleza, sino el eslabón final de una cadena de violencia: dos personas atadas de manos, con los ojos vendados y el tiempo contado, quienes aseguraron que los tipos del Kia los traían sometidos desde hacía horas.
Al final, la sorpresa no fue el rescate, sino la edad de la jauría: de los cuatro detenidos, tres eran apenas unos adolescentes que ya cargaban con una pistola 9 milímetros y 18 balas en la recámara.
Cuestión de instinto en el norte
Casi a la misma hora, pero en el ejido Compuertas de Los Mochis, el libreto se repitió a menor escala. Un tipo avanzaba en una Italika con el cuerpo tenso y sin casco, retando a la suerte.
Cuando el convoy oficial le cerró el paso visual, el instinto lo traicionó.
Dejó caer el acero de la moto contra la tierra e intentó perderse a pie entre los callejones de la zona. No llegó lejos; los agentes le cayeron encima antes de que pudiera ganar terreno.
Tras una revisión al número de serie, el sistema cantó lo obvio: la Italika era ajena, robada apenas 24 horas antes.
Cinco detenidos en total. Todos entregados a las fiscalías correspondientes, donde el silencio o las confesiones decidirán cuántos inviernos pasarán bajo la sombra.
Redacción/LaPared