CRÓNICA. Tamazula bajo el fuego de la Armada

Por Martín Durán

Uno: escena de guerra

Las lluvias borraron las huellas de los marinos, pero ahí quedaron los vehículos calcinados, reducidos a un montón de escombros y cenizas. Son cuatro. Uno los puede contar viniendo de Los Medios hasta llegar a la entrada de Topiba, a lo largo del lecho seco y pedregoso de un río que más adelante se convertirá en el Tamazula.

“Marcela” va explicando cómo ocurrió todo, lo que los pobladores vieron, no lo que las versiones oficiales difunden: que todo acá fue un enfrentamiento entre un grupo armado y elementos de la Armada de México, con un saldo de dos muertos, un menor herido y cuatro estudiantes detenidos, acusados de portar armas y de agredir a las fuerzas castrenses.

Aquí debajo de un guamúchil a medio quemar está el Razer que conducía José Roberto el domingo pasado. Él es el menor de 13 años que resultó herido tras ser atacado desde el aire. Se encuentra hospitalizado en Culiacán, allá abajo, a donde su madre en la desesperación pudo trasladarlo.

-Al niño lo venían persiguiendo con los boludos hasta que lo hirieron; su mamá fue la que vino por él y se lo llevó a Culiacán.

Más adelante, pasando la entrada de Acachuane, está una camioneta doble cabina, también como el Razer reducida por las llamas.

-No sabemos de quién era esta camioneta –comenta la mujer-, solo sabemos que la arrastraron los marinos hasta acá y le prendieron fuego. Como está identificable aún no sabemos a quién se la robaron.

Camioneta doble cabina incendiada.
Camioneta doble cabina incendiada.

La excursión se convierte en zona de guerra. A poca distancia de la camioneta está el primer Jeep, a un costado del camino, mordiendo una pradera de pastura. Al revisar los restos del vehículo, todavía sobre el suelo se observan casquillos e indicios de balazos en la carrocería incinerada.

Se supone –porque así lo cuentan los pobladores-, que en esta unidad viajaban los dos jóvenes ultimados por los infantes de marina: Jesús Omar Vidaña Fuentes, de 24 años, y José Ángel Ramírez Reyes, de 17 años, estudiante del segundo grado de bachillerato.

A unos metros se encuentra el segundo Jeep, un Rubicón que también fue pasto de las llamas.

En éste iban los cuatro niños que fueron detenidos –relata “Marcela”, sin bajarse de la camioneta desde la cual se convirtió en nuestra guía.

Se trata de puro chamaco estudiantes de preparatoria y secundaria en Tamazula. Sus nombres: Víctor Manuel, alumno de la secundaria en Aguacaliente; Juan Carlos, también de secundaria, José Luis, alumno del Colegio de Bachilleres, y Jeovany, también estudiante. Los cuatro fueron acusados de agredir a los marinos y de cargar armas, lo suficientemente grandes como para no poderlas cargas en donde iban.

Jeep Rubicón donde viajaban los cuatro menores detenidos.
Jeep Rubicón donde viajaban los cuatro menores detenidos.

Dos: el corte de la caña

Mientras algunas mujeres habían madrugado para la misa dominical, otras prefirieron quedarse a realizar los quehaceres. Los chicos llegaron temprano a la huerta en Topiba para cortar la caña que crecía entre árboles de aguacate, naranjos y lichis.

Arribaron en los Jeeps y los dejaron estacionados a la entrada. Para entrar en Topiba es necesario pasar una reja color negro con cancel. La comunidad, de fincas que parecen acabadas de construir con un estilo minimalista, está rodeada de cerros y pastizales donde pacen las vacas bajo el calor de junio.

Las mujeres de Topiba cuentan que los muchachos se fueron a cortar la caña en compañía de algunos adultos, para llenar una doble rodado. Frente a la huerta está un cerro de punta filosa por donde vieron aparecer los helicópteros.

Aparecieron dos sobrevolando el pueblo. Dos boludos que en un principio parecían como otros que pasan de vez en cuando.

“En cuanto los vimos dieron una vuelta  y comenzaron a disparar”, relata un testigo: “Serían después de las 11 de la mañana”.

Los hombres se dispersaron. Unos agarraron para el monte, otros se montaron en cuatrimotos y salieron a toda prisa: “Uno escucha disparos y lo primero que piensa es esconderse”.

Los siete chicos de Tamazula salieron en desbandada.

Razer donde viajaba José Roberto, herido por elementos navales.
Razer donde viajaba José Roberto, herido por elementos navales.

“Se subieron a los Jeeps y agarraron para Tamazula dejando la caña y todo”, dice una joven que recuerda cómo la comunidad se conmocionó por los balazos que llovían desde los helicópteros.

Presa del pánico, José Roberto fue el primero que salió en el Razer para intentar tomar la vereda del río seco. Enseguida iban Jesús Omar y José Ángel en uno de los Jeeps, y los otros cuatro iban en el segundo.

Según los testigos, desde el aire los boludos escupieron su artillería hasta parar las unidades que circulaban por la salida de Topiba y Acachuane.

Una vecina alcanzó a observar cómo disparaban a los vehículos. Enseguida vio cómo uno de los helicópteros descendía en un claro.

La confusión reinó. Los helicópteros –al menos tres-, se dirigieron hacia donde iba José Roberto en el todoterreno. En la persecución fue atacada una familia que circulaba en una camioneta Ranger color roja.

Cañas cortadas antes de la balacera.
Cañas cortadas antes de la balacera.

“Iba con mi esposo y mis tres niñas, nos asustamos porque vimos cómo las balas nos pasaron por un lado de la camioneta”, narra la madre de familia.

Su esposo optó por detenerse y bajar a sus hijas y hacer señas a los marinos de que no dispararan, que iban niñas pequeñas con ellos. Al parecer funcionó porque ninguna bala rozó la unidad.

Sin embargo, adelante quedaría herido José Roberto en el Razer. Para entonces, a través de radios y celulares, todo Tamazula se estaba enterando del ataque.

“A mí me golpearon los marinos porque querían saber de quién eran el Razer”, dice un hombre de la tercera edad.

Él iba en una cuatrimoto, cerca de donde quedó José Roberto.

“Me preguntaban para quién trabajaba, que si quién era mi patrón, pero yo les dije que yo trabajaba por mi cuenta, que no trabajaba para nadie, y me dieron varios golpes”, cuenta el hombre.

Desde Los Medios, una madre de familia vio cómo perseguían a los ocupantes de una camioneta color rojo, que se internó entre las brechas. Disparaban desde el aire a la unidad en plena huida. Al pasar por el caserío, los marinos soltaron un par de granadas que cayeron en el patio de “Susana”.

Y mientras un grupo de marinos sitiaba el camino hacia Tamazula, otros más arribaban en camionetas a las comunidades. En Topiba reunieron a las mujeres en la casona de la huerta y ahí las dejaron en tanto la tropa se dedicaba al saqueo.

Al menos en dos casas rompieron puertas con marros y revolvieron todo. Se llevaron lo que pudieron, denuncian los dueños, desde botellas de Bucannas hasta joyas, relojes, laptops, Ipads.

Los marinos cargaron con motocicletas, radios, celulares, objetos de valor, llaves de vehículos e incluso hasta la ropa interior de la mujer del arquitecto.

“Nunca nos preguntaron a qué venían ni por qué estaban haciendo todo eso, comportándose como delincuentes”, suelta una señora entrada en años.

Una de las casas saqueadas por la Marina, según la denuncia.
Una de las casas saqueadas por la Marina, según la denuncia.

Los infantes navales hasta se dieron el lujo de cocinar o las mismas mujeres les cocinaron los alimentos. Llegaron a mediodía y permanecieron ahí alrededor de 12 horas, en una especie de secuestro en el que todos los habitantes deberían permanecer silentes.

Hacia las 4 de la tarde del domingo, cuentan, vieron cómo agarraron los bidones de gasolina. Los sacaron fuera del pueblo, por el rumbo donde habían detenido la marcha de los Jeeps.

“Para dónde se llevan la gasolina”, preguntó la muchacha de la tienda.

“Ahorita la devolvemos”, recuerda que le dijo un marino.

Al oscurecer, supieron que los vehículos ardieron en llamas. Todavía muchas horas después, las unidades despedían humo sobre el lecho pedregoso.

 Tres: la protesta y el funeral

José Ángel era dicharachero y le gustaba cantar las de Chalino Sánchez. Tocaba el bajo eléctrico. Junto con dos amigos del bachillerato había formado un grupo musical al que sus amigos le decían por mal nombre “Los Pesados”, en referencia a que Tacho –como apodaban a José Ángel-  y el acordeonista tenían sobrepeso.

El trío de amigos ya tenía ensayado el repertorio que tocarían en la clausura de cursos del bachillerato. Ningún corrido, dice el del bajosexto que esta mañana vino a la plazuela central de Tamazula, donde se erige una estatua de Guadalupe Victoria, para protestar por la muerte de su amigo y el arresto de los otro cuatro estudiantes.

Estudiantes en protesta, plazuela de Tamazula.
Estudiantes en protesta, plazuela de Tamazula.

“Era bien carrilludo, pero se llevaba bien con todos nosotros”, refiere Alondra, una de sus compañeras del cuatro semestre. De hecho, José Ángel ya había aprobado el curso y pronto entraría al penúltimo semestre, dice uno de sus maestros.

Los cuerpos de Tacho y de Jesús Omar fueron entregados esta mañana de martes. El funeral se realiza en un domicilio de la entrada de Tamazula, en el sitio conocido como Las Palomas. Ahí, madres, hermanas, y compañeras lloran.

Todo el grupo vino esta mañana a despedir a su compañero. Para recordarlo se pusieron playeras blancas con su nombre y frases que le gustaba repetir constantemente: “No se metan con Érika”, decía cuando alguien molestaba a la chica de sus sueños.

“No manches…”… “Chacorta”… “Tengo el alma enamorada”… frases que día a día repetía y que había hecho muy suyas, muy de Tacho.

Tacho quería ser integrante de un grupo importante, uno que fuera solicitado para todas las fiestas del municipio y en el cual pudiera entonar sus canciones favoritas: Cada día más, Concha del alma, pero las que más, las de Chalino.

“Se la pasaba cantando en el salón la de Tengo el alma enamorada”, dice otra de sus compañeras que vino con su pancarta a la plazuela.

Por eso, sus amigos del bachillerato le decían al trío de amigos que “parecían rockola”, pues todo el tiempo libre se la pasaban cantando, alegrando el vecindario.

Así lo recuerdan hoy, estas caras adolescentes que gritan en la plazuela, a voz en cuello ¡Justicia!, estos jóvenes que piden dejar el miedo a un lado y exigir a las autoridades que los hechos brutales se aclaren.

“¡No tengan miedo que no van a venir los marinos!”, grita uno que encabeza un recorrido con las pancartas en lo alto a lo largo de la plaza.

En el micrófono se siente la indignación, el emputamiento de los adolescentes que hoy perdieron a un amigo, tienen herido a otro en el hospital y detenidos a cuatro más en Durango.

El resto de los manifestantes son adultos, apenas algunos curiosos. Los más grandes entregan testimonios a los activistas de derechos humanos Leonel Aguirre Meza y Óscar Loza Ochoa. Se aglomeran, cuentan sin orden los hechos ocurridos.

Los gritos de justicia se difuminan en la plazuela, en el quisco, mientras en las afueras le lloran a Tacho y a Jesús Omar.

Epílogo:

Familiares de los cuatro menores estudiantes detenidos denunciaron que sin aviso previo los elementos de la Marina trasladaron a los jóvenes a Durango, para ponerlos a disposición. Desde Tamazula, la familia de los cuatro adolescentes iniciaron la defensa legal reunieron comprobantes de estudio así como cartas de buena conducta que señalen que se trata de menores que no se dedican a actividad delincuencial alguna.

Este martes, 48 horas después de atacar los pueblos, la Semar informó por medio de un comunicado que los detenidos portaban 34 armas de fuego, incluido un Barret, aunque los testimonios refieran otra cosa, que los muchachos solo llegaron a Topiba con machetes para el corte de caña.

El comunicado de la Semar asegura que todo ocurrió dentro de un enfrentamiento, pero nunca señala las casas saqueadas ni las comunidades aterrorizadas. Si iban por alguien en particular, la Marina de nueva cuenta guardó silencio.

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