Crónica. Libros y balazos en Mazatlán

Por Julio Zatarain

Los clientes de la otra mesa sabían que los andaban cazando, por eso bebían de pie mirando hacia todos lados. Ojalá hubiera sabido esto para no pararme. Recién había salido de la Feria del Libro de la Universidad Autónoma de Sinaloa: de pequeño no sabía que existían estas ferias, pero conocía muy bien las balaceras. No es mi culpa. Yo sólo conocía de la vida lo que me enseñaba el barrio y la tele.

¿Quién iba pensar que después del olor a libros y esa seguridad absoluta entre los pasillos, iba a sentir tanto miedo?

Cuando te toca te toca, dicen. Yo quería comer. No tardaron en ponernos tostadas, limón y sal. Pedí una salsa habanera y puse sobre la mesa un par de libros que compré. Era un día para volverlo a hacer, hasta que pasó lo que pasó. El sol caía, la música de reggae sonaba en vivo y el ceviche que nos sirvió una mesera tatuada, enchilaba como nos gusta a los sinaloenses. La cerveza sudaba su servilleta. No tardé en notar que los sujetos de enseguida emanaban una alegría que jamás había visto. Traían un griterío de risas y se daban abrazos. Después supe que esperaban la muerte, de una forma en que solo ellos podrían sentirlo.

Pistola Libro

La Feria del Libro de Mazatlán resultó ser de un entretenimiento fugaz. ¿Desde cuándo se hace en el polideportivo de la universidad? Al entrar a la duela miré a unos amigos en la lejanía. A la derecha estaba el stand de la librería Educal, lo atendía una jovencita de rostro amargo. El aire acondicionado disputaba con el calor humano. No había niños ni estudiantes porque era sábado. Me gustó no ver acarreados. Un viejo que fue director de un periódico durante mucho tiempo presentaba su libro de anécdotas policiacas. Caminé entre la gente, escuchando las preguntas del público al escritor. Llegué al stand de El Colegio de Sinaloa y una adolescente, distraída con el celular, se estrelló conmigo. Seguí caminando y me detuve cuando un joven barbón desde las gradas comentaba al escritor sobre un jefe de policía en Culiacán que estuvo en la lista de buscados por la PGR. Además –agregó–, hace poco un periodista lo cuestionó y él lo amenazó frente a las cámaras. Todo el mundo supo que se refería a Chuy Toño, excepto el escritor del estrado.

¿Qué representa para una democracia las amenazas a un periodista por parte del jefe de la policía del estado?

Llegué ansioso por comprar libros de historias como las que hablaban los que hacían uso del micrófono, de la realidad corrupta. Tenía muchas curiosidades. Un amigo dice que nunca se sabe quién trabaja para quién. Yo insisto en la singularidad de la verdad. Le decía que atrás de cada muerte hay una deuda, un rencor, un ajuste, un engaño, lo que fuera. Y casi siempre una petición y un permiso. Pero poco me interesaban esas cuestiones muy difíciles de saber. Lo mío era más sutil.

¿Qué siente la gente cuando está en una balacera? ¿Hacia dónde huye? ¿Cómo se sienten los balazos?

casquillo1He escuchado algunas detonaciones a lo largo del tiempo, lejanas, sobre todo, pero jamás había visto, frente a frente, la maldad de quien dispara, hasta ese día que fui a la Feria del Libro, luego a la marisquería y pasó lo que pasó. Yo era uno de los cien cuerpos que se tiraron al piso como si también nos hubieran disparado. Escuchamos estruendos y al darnos cuenta de que no era pirotecnia, sino un prieto de rostro rabioso, mirando sin parpadear, abrazando un cuerno de chivo chapeado de oro, disparando hacia la multitud, provocó entre nosotros un terror personificado.
¿Quién no pensó que el sujeto nos iba a matar a todos?

Nadie es el mismo después de ver la mirada del tipo que masacra. Ni después de escuchar a la señora que grita por su bebé. Yo no iba solo. Mi compadre se levantó tembloroso a medio paso del colapso. Yo extasiado, con un hueco en el estómago. Varios cuerpos muertos a mi derecha. Un hombre clama tranquilidad en medio de lloriqueos farragosos. ¡Ya se fueron, ya se fueron! ¿Quiénes? Yo sólo vi a una persona.

Lo puedo imaginar antes de llegar: el conductor habría dado una vuelta para cerciorarse de la información que recibió. Los muertos bebían a dos pasos de la banqueta, allí en ese restaurante playero al aire libre. Tenían varias cubetas de cerveza y estaban rodeados de amigos. Bebían, picaban camarones y se reían de algo que jamás sabré. Ya sabes lo que vas a hacer, rápido y conciso, le habría dicho el jefe al que iba a disparar. Era más fácil así en vez de comenzar una balacera. Uno puede imaginar que el sujeto se dio un pase de cocaína antes de bajar y disparar más de treinta balazos.

Debo concentrarme más si quiero imaginar ese sentimiento que resulta luego de domar a cien personas, que te miren mientras las matas, cayendo sincronizadas por el miedo.Carnaval de Mazatlan COMBATE NAVALLos únicos lobos que mueren en manada son los narcos, que esperan en silencio el golpe de los corderos. Lo presencié. Era el primero de varios golpes, a los días murieron detectives y ministeriales. Casi nadie se mete con marinos y militares. Los muertos lo sabían, por eso algunos portaban chalecos antibalas, pero “casuales”. Me pareció raro porque no hacía frío. De hecho, había tanto calor que mi amiga, la que no bebe, pidió una cerveza. Ella fue laprimera que se tiró al piso, yo me tiré porque los demás lo hicieron. Escuché unos cuetes y fue en la cuarta detonación en la que caí al suelo. La cerca eran tres tablas horizontales por donde pude ver el AK-47dorado. Los que decidieron usarla, habrían dicho, esta arma se hizo para matar. Así fue. Murieron cuatro hombres y varios heridos. La prensa dijo que fueron 36 balas. Eran narcotraficantes, dueños de tiraderos locales.

El periódico no lo dijo, incluso dijeron que nadie murió, tampoco nadie habló cuando patrullas municipales y bandas sinaloenses protagonizaron un desfile fúnebre con los cuerpos.

El sujeto que los mató sabía que eran personas importantes de la empresa, por eso explotó al máximo su potencial, su cuerpo lánguido cimbraba ante cada detonación, movía el arma con oscilaciones leves, la sujetaba con fuerza, eran balas profesionales dirigidas a los de enseguida de mi mesa, a quienes vi muertos cuando nos pusimos de pie. Duramos alrededor de treinta segundos en el piso, hasta que alguien gritó que ya se habían ido. Las mesas estaban patas arriba. Muchos gritaban. Mi amigo temblaba, mi amiga lloraba y yo sentí un indefinido hueco en el estómago por ver la mirada del tipo que masacra en público.

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