Con las horas contadas (VII) | “Los sicarios también lloran” de Manuel Aceves y Juan Diego Macías

La siguiente es un relato realizada por Manuel Aceves en base a una historia relatada por Juan Diego Macías. Forma parte de un proyecto de colaboración en el que se narran historias de interacción entre la policía y la criminalidad de nuestro estado, en la que los personajes siempre están al filo de la navaja.

Mientras los mariachis tocan, todos lloran junto a un féretro. La madre del difunto se aferra a la caja, grita, se retuerce: “¿Porque tú? ¿Porque tú, mijito? ¿Ahora quien me va a traer flores el 10 de mayo? ¿quién me va a decir, viejecita chula?” El vocalista canta: “Nadie es eterno en el mundo, ni teniendo un corazón/ que tanto siente y suspira por la vida y el amor./ Todo lo acaban los años, dime que te llevas tú,/ si con el tiempo no queda ni la tumba ni la cruz”.

La muerte ha dejado a su paso una fragancia narcótica que deforma la realidad, y borra de un plumazo todas las acciones malas del difunto. El Chore ya no era más un sicario ni un asaltante de carretera. No, el muchacho de la caja, se había ganado el derecho a ser recordado como un santo.

“¿Porque a ti, mi niño?”, continúa llorando la mujer. “Ya mamá, ya por favor”, responde una de las hermanas del muerto. “Déjela que llore, comadre, se tiene que desahogar”, le sugiere una amiga de la familia.

Dos mujeres jalonean a la señora como suele ocurrir en los velorios, los abrazos, los apretones, la fricción de las manos en la espalda. Reconforta, pero nada alivia el dolor. Los corazones laten de prisa, se agitan en honor a uno que ya no lo hace. En el rancho lo querían mucho a pesar de su antecedente criminal. Era un cabrón bien hecho, más era su cabrón.

Los plebes también están dolidos: el Chore era su compa, el que nunca se rajó, el que estuvo al cien con el Javi cuando todos se le voltearon. “El perro del Chacal, compró a toda mi gente, Chore, nos quedamos sin punteros y varios pistoleros se nos torcieron”, le había advertido el Javi desesperado. Las finanzas del grupo criminal que encabezaba el Javi estaban más golpeadas  que el tambor de un percusionista. La Marina les había reventado varias casas de seguridad y casi todos sus clientes estaban descapitalizados, aún así, llevaban meses enfrascados en un pleito sangriento que sólo había mermado su capacidad logística.

El Javi y el Chore se conocían desde morritos, uno de Culiacán qué parte y el otro del campo El Diez, el primero era el hijo de un mafioso de la vieja guardia, el segundo, un cholo que un día cambió la navaja por los cuernos de chivo. “Yo estoy al cien contigo, viejón, tú eres mi carnal, no voy a dejar que ese tango te quite el negocio”, le había dicho el Chore. Sabía de sobra el coraje que el Javi le tenía a los policías desde que su padre lo hizo disculparse con uno por haber intentado matarlo.

Haciendo honor a los violinistas del Titanic, el Chore y unos cuantos estuvieron ahí cuando el barco fue tragado por un océano de problemas, cuando un grupo de policías por error dio con uno de sus laboratorios y fueron acribillados en el descuido. El Javi andaba enardecido, ya tenía planeada la venganza y era cuestión de horas para ejecutarla, pero antes tenía que hacer algo.

Pidió a sus pistoleros más cercanos que lo acompañaran al rancho. Nunca iba a funerales, pero este lo ameritaba.

Los mariachis continuaban cantando: “…cuando ustedes me estén despidiendo/ con el último adiós de este mundo/ no me lloren que nadie es eterno/ nadie vuelve del sueño profundo./ Sufrirás, lloraras mientras te acostumbres a perder”.

El Javi aparece en el sepelio. Los plebes se le cuadran, los saluda sin decir palabra. Rostro sombrío, entra a la casa sin enjarre, agacha la cabeza y abraza a la madre de su amigo, ella lo mira, llora sobre su pecho, él le dice unas palabras al oído: “Esos cabrones me la van a pagar, señora, de eso me encargo hoy mismo”, promete. “Quiero que sufran, que les duela hasta el tuétano”, exige la mujer sujetando la camisa del narco. “Les va a seguir doliendo en el infierno, téngalo por seguro”, jura.

Los plebes lloran afuera, se empinan una botella de whisky, se termina y la estrellan contra el suelo. Les arde el pecho. ¿Alguien habrá dicho, alguna vez, que los sicarios no lloran?

Las coronas de rosas entran y salen de la rustica vivienda. Ninguna sirve para revivir al difunto, el Javi se persigna, se acerca a la caja y refrenda su promesa de venganza: “Va por ti, carnal”.  Sus sicarios lo esperan en lujosas camionetas blindadas. Se retira del lugar, las trocás arrancan levantando una nube de polvo.

A mitad del camino una de las camionetas se detiene. Uno de los ocupantes de la camioneta laza el cuello del Javo desde la parte trasera y comienza a ahorcarlo, como si fuera un cerdo que arrastran hacia el matadero.

El conductor de la camionera le pone una pistola en las costillas y las hace estallar jalando el gatillo.

La sangre corre, los pistoleros se van del lugar, lo dejan solo, abandonado, sacudiéndose por los espasmos que anteceden la muerte. Ya se sabe de quién será el siguiente funeral.

Manuel Aceves es jefe de Información de Luz Noticias zona centro de Sinaloa y es colaborador de TDN Noticias, televisora de Argentina. Ha sido corresponsal de Grupo Radio Fórmula, freelance de RioDoce, periodista televisivo en Meganoticias, trabajó en el periódico Noroeste y ha colaborado en La Pared Noticias, Reporte 18, Radar Sonora, Códice de Baja California, NN Noticias, entre otros, en coberturas de nota roja, temas sociopolíticos, locales, de carácter nacional e internacional.

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