Con las horas contadas (II) | “Penitencia”, de Manuel Aceves y Juan Diego Macías

La siguiente es una crónica realizada por Manuel Aceves en base a una historia relatada por Juan Diego Macías. Forma parte de un proyecto de colaboración en el que se narran historias reales de interacción entre la policía y la criminalidad de nuestro estado, en la que los personajes siempre están al filo de la navaja.

 

“Tenías todo para ser un buen policía y lo echaste a perder por mugres quinientos pesos, vales madre, vales puritita madre”, fueron las palabras del comandante Montalbán antes de cachetearlo.

El agente Gonzales no podía sacarlas de su cabeza y presentó su renuncia a la corporación un día después de la tragedia. No se la aceptaron. De todos modos, jamás más volvió a ser el mismo: era un buen policía hasta que en ese operativo encontró a un viejo amigo de la colonia Las Cucas.

Aquella noche el reloj marcaba las 11. Una camioneta Cherokee color pistache había sido reportada a través del radio Matra por circular a exceso de velocidad y causar alteraciones al orden público. En ésta circulaba el Paco de la catorce, el amigo arremangado de Gonzales que torció el paso hacia los virulentos caminos del narcotráfico, ese mismo que terminó casado con su amor platónico de la secundaria. Pobre Mónica, llevaba una vida de perros y todo mundo lo sabía.

Cuando el Paco bajó la ventanilla y vio a su amigo de la infancia no pudo evitar sentir alegría y notó reciprocidad en el gesto de Gonzales.

—Cabrón, ¡me pusiste un susto! —, le dijo al tiempo que sorbía un bote de cerveza y soltaba una carcajada.

—Viejo, ¿cómo andas?, ¿traes drogas?, ¿traes armas? —cuestionó el agente.

—Hasta el tope pariente, ¿apoco no me vas a dar quebrada? — le dijo extendiendo la mano y entregándole 500 pesos.

—Híjole, pinche Paco, me metes en aprietos, cabrón; en la patrulla viene el comandante y ese güey es bien duro, voy a tener que arrestarte carnal— respondió nervioso.

—No viejo, si me arrestan me hunden, traigo un encargo de “hielo” (metanfetamina) pa’ entregar de ya. Si me quitan esa madre me van a dar piso. ¿Dónde quedó la amistad, pariente?

El policía se rascó la cabeza, dudó. Luego se acercó al comandante.

—No trae nada. El compa va para su casa.

El comandante no le creyó. Era uno de esos hombres parcos con mirada de cuervo y nariz de gavilán.

— ¿Y el billete que te echaste a la bolsa? ¿Apoco crees que no te miré, pendejo?; voy a tener que ir a revisarlo yo. — espetó en tono bravucón al tiempo que se bajaba de la patrulla.

—¡Aguante! ¡Aguante! Jefe, deje le pego otra checada— dijo el policía en tono desesperado.

—Vete a la chingada pinche vendido— respondió el comandante empujándolo.

Gonzales reaccionó por inercia y sometió al jefe policiaco. Dos agentes corpulentos intervinieron para separarlos.

La cherokee pistache rugió. El achichincle de narco pisó el acelerador y arrancó como alma que lleva el diablo.

— ¡Se nos fue!, ¡se nos fue, pendejo! —, recriminó el comandante a Gonzales.

Ambos subieron a la patrulla, los corpulentos hicieron segunda al montarse en la parte trasera de ésta, y lo corretearon hasta donde pudieron. El malandrín dominaba los vericuetos de la colonia Las Cucas y logró perderse en sus entrañas. Gonzales conocía la zona como la palma de su mano pero no hizo nada para encontrar a su viejo camarada.

No sabía muy bien como sentirse. Era la primera vez que transgredía el orden policial que le habían enseñado en la academia y no tenía muy claro si lo había hecho por esa vieja amistad o por no causarle sufrimiento a la pobre Mónica. Sí, su amor imposible, ese que te deja un hueco en el pecho de por vida.

“Si no le cantas tú le voy a cantar yo, pariente”, le advirtió el Paco en la secundaria. Un día después le llevó una caja de chocolates, le invitó una torta de jamón de la tiendita escolar y le demostró a Gonzales que “el plomo se hunde” y que el mundo está hecho para los valientes.

En el presente, las siguientes dos horas fueron una tortura lenta junto al comandante Montalbán, quien lo castigaba con el látigo del silencio y la cara fruncida. Llegaron las tres de la mañana, hora del diablo para muchos agentes, y sonaron los radios matra.

“Fox muerta en Bosques del Álamo, Fox muerta en Bosques del Álamo”, repicó la radio,

Reportaban una mujer sin vida cerca del sector Las Cucas donde se encontraban. Llegaron de inmediato para descubrir que la vida está llena de ironías y lecciones amargas. El cadáver que reposaba con el cuello roto sobre la sala de una casita de interés social era el de Mónica. Junto a ella, unos vasos de plástico rojos, restos de cerveza y cocaína esparcida en los sillones desvencijados. Apenas estaba vestida con un andrajo. Había dolor en su rostro.

Gonzales sintió rabia y le hirvió la sangre cuando los testigos le revelaron que el marido había llegado bien drogado en su Cherokee pistache y una vez más la había golpeado como lo hacía cada noche.

Montalbán miró de reojo al joven policía y una vez que los curiosos se fueron de lugar se lo llevó a un punto solitario para aplicarle un escarmiento al más puro estilo de la vieja guardia policial.

“Vales madre, vales puritita madre”, le dijo el comandante.

Con los labios reventados, el rostro desencajado y el corazón pulverizado, el agente se tiró al suelo y comenzó a llorar repitiendo: “valgo madre”.

Otras patrullas arribaron al punto provocando que el ambiente se estremeciera con el sonido de las sirenas, el ruido de voces, el ajetreo. No fueron nada ante los gritos de Montalbán.  Los agentes corpulentos se quedaron colocando cinta amarilla alrededor de la casa.

 

Manuel Aceves es jefe de Información de Luz Noticias zona centro de Sinaloa y es colaborador de TDN Noticias, televisora de Argentina. Ha sido corresponsal de Grupo Radio Fórmula, freelance de RioDoce, periodista televisivo en Meganoticias, trabajó en el periódico Noroeste y ha colaborado en La Pared Noticias, Reporte 18, Radar Sonora, Códice de Baja California, NN Noticias, entre otros, en coberturas de nota roja, temas sociopolíticos, locales, de carácter nacional e internacional.

 

 

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