Carvajal tomó asiento mientras se revisaba las bolsas del saco negro. Se puso de pie y sacudió el pantalón para de nuevo esculcar frenéticamente hasta que dio con lo que buscaba. Sacó un sobre de Splenda y lo colocó sobre la mesa.
—Entonces deseas lo último que hemos preparado —le dijo Sebastián con voz amable.
—Todo lo que me puedan dar es bueno, ¿siguen con la emulación de los dioses? —respondió mientras miraba de reojo el pequeño sobre amarillo.
—Sí, seguimos con eso.
Pedro Carvajal detectó que su compañero olía a hospital, como si acabara de salir del trabajo. Al verlo recordó que ya había probado casi de todo: las últimas semanas fueron un frenesí, una montaña rusa de la que no quería bajar, cada emoción era la catalizadora para demandar más, todo lo que pudiera comer, todo lo que su cuerpo pudiera aceptar, cualquier sustancia que alterara la percepción y le diera unos minutos de paz, de desalojo de imágenes en su memoria.
—Siento lo que pasó con María José —dijo Sebastián.
—Lo pasado se queda atrás.
Estaba decidido a buscar los medios necesarios para borrar esa parte de las filminas en su mente. El momento era ahora o nunca.
—No tienes por qué hacer esto —mencionó al tiempo que se acomodaba los lentes.
—Tú qué sabes, solo dame lo que necesito.
—No sé lo que necesitas —respondió.
Estacionas el auto justo donde pensabas encontrarías lugar. Todo va de perlas, Carvajal.
Antes de bajar tomas un puño de sobres amarillos que guardas en tu bolsa, sabes que sin un salvavidas no podrás enfrentar lo que se avecina en el techo del edificio de más de veinte pisos.
Te aflojas la corbata, no por sentir que está apretada, no por que haya sido un largo día de trabajo, solo lo haces para aparentar que eres suelto y que todo te puede valer una mierda. Pero sabes que por dentro te quemas, Pedro. Sabes que por dentro sube ese maldito fuego y pasa por debajo de tu piel, llegando a tu rostro, a tu memoria, a las filminas que por semanas has tratado de eliminar, de desecharlas para que no vuelvan y quemarlas como si fueran cucarachas que caminan en tus recuerdos.
No las deseas, Carvajal, no esta noche.
Sales del auto, incluso el BMW recién lavado te parece una mierda, una mierda en comparación con lo que llevas en la otra bolsa de tu saco. Lo tomas y lo miras con detenimiento, no dudas en hacerlo, ya has probado cosas similares decenas de veces en los últimos días. «Es de lo mejor», te dijo Sebastián.
Así, dentro del empaque, puedes ver la membrana de látex cubierta de líquido similar a la luciferina de las luciérnagas, pareciera un condón femenino, de esos nuevos que dicen dar el placer natural. Abres la envoltura y recuerdas el procedimiento. Lo colocas en la parte baja atrás de tu cabeza, empujas fuertemente para que la sustancia se libere y pueda ser absorbida por el cuero cabelludo. «¿Cuándo llegará el efecto?», te preguntas esperando que sea rápido, que en menos de dos minutos ya estés disfrutando de todo lo que te tiene por ofrecer ésta membrana que frenará de una vez por todas las filminas que siguen cayendo en tu mente, las mismas que te siguen despertando todas las noches. Las deseas disolver en una ácido, en un odio apagado bajo brasas alimentadas por el cebo de tu propio cuerpo.
Dejas que la membrana haga su trabajo. Cierras la puerta del carro. A tu lado vienen personas que ríen, que discuten y aceleran el paso. Tú vas tranquilo, sabes dónde se encuentra el elevador, vaya, conoces el edificio como si fuera la palma de tu mano. «Cómo la palma de tu mano», Carvajal, te dice tu voz casi en un susurro.
Antes de que se cierren las puertas del elevador, entra un grupo de cuatro mujeres, ni una mayor de veinte años, las respiras, Carvajal, sabes que esa colonia dulce puede estar en tu cama en un par de horas, pero esperas, esperas a que la membrana haga efecto y detenga las imágenes que pudieran llegar. Solo sonríes mientras ellas discuten, se han fijado en ti, una te mira de reojo y te acompaña en la risa.
Cruzas los brazos y te muestras estoico mientras el elevador asciende. Respiras Carvajal, inhalas el olor fresco de su cuerpo. «Acaban de salir del baño», piensas, se acaban de perfumar, «es un olor dulce que sabe a algodón», te dices mientras lo absorbes con fuerza.
Ella a tu lado sigue riendo, y el rostro de ojos grandes, labios largos y piel blanca, te mira fijamente. Tal vez un rostro familiar, tal vez alguien que hayas visto en tu otra vida. Aleja esos pensamiento ahora mismo.
—Vamos a donde mismo —afirmas obedeciendo a tu voz al cambiar el tema de tu mente.
—Sí, a donde mismo —responde la de los ojos grandes y te das cuentas que es una voz aguda, casi una niña.
El elevador se detiene, suena el timbre y la puerta se aparta. Es entonces cuando la verdadera fiesta empieza, cuando sientes el golpe en la nuca, tan intenso como el de una vía de tren.
Ahora estás allí, Carvajal, con el sonido, la música, el viento, las luces, el aroma algodón, la luna llena y ellas que salen mientras la otra aún te mira de reojo esperando a que la acompañes, emanando su aroma dulce que inhalas con profundidad.
Te tocas la nuca, sientes la membrana fría y rígida: ahora se ha moldeado a tu cráneo. Entonces caminas para tomarle la mano que te ha ofrecido y unirte a los cientos de personas que se encuentran esta noche en la terraza del piso veinticinco.
—Desde ahora te llamaré Pasífae.
Y la membrana comienza a funcionar.
Pedro y Sebastián se habían conocido hace años. Fue la ocasión en que Carvajal acompañó a María José para trabajar como donadora de sueños, había sido aceptada tan solo una semanas antes de que iniciara oficialmente.
Entonces la amistad se fue cuajando poco a poco, con cada visita semanal tenían la oportunidad de platicar y de hacer uso de las mejores sustancias, de la cosecha especial de la casa que obtenía Sebastián.
Sin embargo, ahora era diferente, Carvajal aumentaba la dosis día a día desde lo sucedido con María José, se le veía nervioso, impaciente. El alto consumo de Experiencias Vívidas lo podían llevar a un estado de lucidez aislado, y posteriormente a la muerte.
—¿Cómo te has sentido?
—Bien, muy bien, mejor que nunca.
—No lo parece, te estás muriendo.
—Imposible.
Llegó el mesero y ordenaron cortes de carne término medio y cerveza oscura para acompañar. El ambiente ahora olía a romero, a ajo, a albahaca y otras especias. Antes de que el mesero se fuera, Carvajal verificó que el sobre amarillo estuviera en su lugar.
—Aún los llevas, siempre a la mano.
—Sí, siempre a la mano, me han salvado un par de veces —respondió mientras recordaba el último episodio donde, al inyectarse una fuerte dosis directo en el ojo, sus pensamientos lo habían traicionado, y las filminas, aquellas que intentaba borrar, se habían apoderado de la situación. Tuvo que recurrir a la guía de un amigo para que le insertara diez Splendas en su boca de un solo golpe.
—Lo curioso con estos sobres es que necesitas estar lúcido para tomarlos. De lo contrario, ¿quién carajos va a recordar que detienen las Experiencias Vívidas de tajo?
A Carvajal le importaba una mierda lo que Sebastián decía, tenía plena confianza en su capacidad de sobrevivencia dentro de una dosis fuerte.
—En fin, no puedo entender cómo te sientes. Pero si necesitas algo cuenta conmigo.
—Ya te dije lo que necesito, ¿lo trajiste?
—Sí.
—Dámelo.
Sebastián buscó en la silla vacía de su derecha. Tomó un maletín metálico y lo abrió, sacó un empaque que llevaba dentro una membrana parecida a un condón femenino y lo colocó sobre la mesa, justo a un lado del sobre de Splenda.
Entonces Carvajal lo tomó.
¿Dónde te encuentras, Carvajal?, ¿por qué corres de un lado al otro del pasillo, por qué sientes que las puertas de los departamentos no se abren y las escaleras no llevan hacia arriba o hacia abajo?
Acéptalo, has perdido las ventanas, te tienes que detener en cada una de las esquinas para examinar que no hayas pasado por el lugar. Acéptalo. La alfombra se ha convertido en tu enemiga y las paredes blancas se cierran frente a ti.
Buscas en las bolsas de tu pantalón, en el saco, incluso en el suelo, y no puedes encontrar los malditos sobres de Splenda. Los perdiste de nuevo, Carvajal, eres un idiota.
La música es solo un susurro que va dejando secas la paredes, y ahí afuera, donde ya no puedes ver, donde la fiesta se ha quedado en el piso veinticinco, ahí el mundo se destapa. Se vuelve en tu contra. ¡Mejor corre Carvajal! Sin los Splenda nos quedamos adentro, los dos encerrados para siempre.
Para siempre. Acéptalo, has entrado a un maldito laberinto vertical. Es por eso que subir y bajar escaleras no servirá de nada. Todo está enredado. Esta vez no trajiste contigo el hilo de los recuerdos que te pudiera liberar.
Temes que las filminas vuelvan. Que las imágenes entren como un taladro a tu cabeza y te dejen sin otro espacio dónde pensar.
Allí están Carvajal, ¿las extrañaste? Las memorias llegan a tu mente. Y con ellas las imágenes de María José. De ella en el rincón. De ella triste mirando hacia la infinidad de la habitación que habían compartido por más de seis años. Ríe María José, ríe. La invitabas a moverse hacia donde la luz reflejaba su piel blanca. No obedecía. Su mente la tenía atada a esa esquina, donde la encontrabas cada vez que llegabas del trabajo. Ahí, embarrada de su propio excremento, del hedor de su orina.
Ríe María José, ríe. Lo repetías para que se hiciera realidad. Para que al momento de salir de las consultas tuvieran la oportunidad de pasar un rato juntos y recordar aquellos tiempos. Pero jamás volvió a reconocerte.
Y entonces María José se alejaba de tus recuerdos. De la imagen que formaste por seis años. De su sonrisa, Carvajal. Su sonrisa. La recuerdas ahora que te encuentras tirado en el pasillo, ahora que estas revolcándote en la alfombra café. Esa sonrisa larga, expedita, donde solo al verla se te iluminaba el mundo. Imaginarla alegraba tus tardes. Solo con eso podías estar bien. Con eso valía la pena todas las noches en vela. Aunque fuera un momento, pero la podías ver.
Recuerdas sus ojos grandes y su pelo negro. La recuerdas risueña. Su rostro se va difuminando, Carvajal. ¿Querías esto? ¿querías que esta imagen se borrara para siempre de tu memoria?
La luz cambia a una sombra gris que cubre el rostro de María José, y te recuerdas ordenándole: Ríe María José, ríe.
Terminaron el corte de carne y pidieron otra ronda de cervezas oscuras.
—Entonces esto es lo último que han venido trabajando.
—Sí, es lo último, Dreamhosst siempre se encuentra en la punta tecnológica. Es similar a lo que tomaste la última vez. Solo que mejorado. Nanotecnología inorgánica de última generación.
Carvajal miró detenidamente el sobre similar a un condón vaginal. Dio un trago a la cerveza y pensó que esta vez lo lograría, que al fin alcanzaría borrar de su memoria todas las imágenes que lo aterraban por las noches.
—Es cierto que sacan estas cosas de los libros, de las historias que hay en ellos.
—Bueno, a veces hay que basarse en los clásicos, y con una buena pizca de memorias actuales podemos darle verosimilitud a las historias.
Era impresionante, todo lo que había probado Carvajal eran variantes de esa nanotecnología, y ahora, con lo mencionado por Sebastián, no podía resistir la tentación de colocarse la membrana allí mismo.
—Guarda eso, Pedro, no necesitamos exhibirnos —le dijo.
Carvajal obedeció instintivamente.
—Nada de lo que nosotros te demos ayudará a borrar las escenas de tu mente, eso es imposible, por lo menos hasta ahora.
—Pero me divertiré en el intento.
—No puedo asegurarte eso, recuerda que todo lo que te he dado aún sigue en pruebas. Y al parecer serán rechazadas, no saldrán al mercado. ¡Mira nada más cómo estás!
—Estoy bien, estoy vivo, he decidido vivir. Lo otro fue problema de ella —respondió Carvajal, evadiendo al máximo las filminas, tratando de alejarlas conscientemente para que no aterrizaran en su memoria.
—Lo que buscas en estás Experiencias Vívidas son efectos secundarios. Esos síntomas no los podemos controlar. Lo que tú buscas es un daño en la memoria.
—También busco diversión.
Llegó el mesero con más bebidas. Carvajal se fijó en la decoración del lugar, todo en arte barroco, era como si estuvieran en una posada del siglo XVIII. Los ángeles en las paredes los veían sin juicio y el aroma a romero, a ajo, a albahaca, llegaba más intenso de la cocina: salían los pedidos para el resto de los comensales.
—Lo siento, no sé qué decirte.
Ahí está la escena, Carvajal, lo sabes porque en tu memoria se implanta su rostro.
Ríe María José, ríe. Intentaste decirle cuando de nuevo llegaste del trabajo y estaba así, en el mismo rincón de siempre. Y corriste a su ayuda. ¿Cuántas veces le dijiste que viviera? ¿Cuántas veces le dijiste que dejara todo, que eso solo era una ilusión?
Y en ese rincón, cuando ella miraba al suelo, fue que la alfombra de su cuarto humedeció, pero esta vez no era orina, Carvajal, ¿cierto? Una alfombra similar a esta donde das vueltas sobre ti mismo para no perderte en este laberinto vertical en el que te han encerrado.
Caminas por los pasillos, el olor a lavanda te está matando. Sí, Carvajal, también es un rincón, ahí está.
Llegas junto a la figura frágil. Aún temblando se intenta esconder detrás de tu propia sombra. Se orina del miedo.
María José, invocas su nombre cuando ya la tienes frente a ti. María José, y la ves triste, cabizbaja. Llora, llora como siempre lo hacía. Y su imagen, la imagen de su sonrisa se desvanece por completo.
«No es María José», te dice la voz que ahora está muy dentro de ti, enterrada bajo tus huesos. «No es María José», te repite y observas con cuidado.
—No soy María José —habla la frágil figura que se encuentra en posición fetal, que tiembla incansablemente mientras te mira de reojo, y su voz la escuchas como la de una niña.
Sobre tus manos el recuerdo de una muerte. De una sensación ajena ahora recurrente al hilo de la memoria. «Lo volvimos a hacer, Carvajal, volvimos a confundir las cosas». Es más una felicitación que un reproche.
Entonces aspiras el olor dulce que sabe a algodón y tu boca comienza a salivar. «Come, Carvajal, come». Con un impulso insaciable tomas con fuerza el brazo de la frágil figura y das la primera mordida. Ella se estremece, patea, te araña hasta encontrar la sangre. Gime y grita mientras intenta liberarse de tu mandíbula, de las manos que encierran su cuello. Llora y sigue pataleando. Es imposible liberarse. Lo sabes porque ya lo has hecho. Ya has probado ese aroma que sabe a algodón y la delicia te deleita el paladar.
Así es, Carvajal, María José ya ríe. Su boca sonriente comienza a iluminar tu camino, como si fuera un hilo que te va dando dirección. Y la ansiedad, las preocupaciones y el resto de las imágenes se van perdiendo. «Come, Carvajal, come».
Ordenaron otra ronda más y Sebastián tomó de nuevo al maletín, sacó un folleto, en la portada se podía ver las imágenes de dioses en batalla, asemejaba a un cómic de los años sesenta.
—Por lo menos lee lo que te metes —Sebastián se lo extendió.
—Tengo mis Splendas, Sebas, no necesito saber más —Carvajal miró con desgano el folleto.
—Como te dije antes, debes estar lúcido para tomarlos, si los pierdes, no podrás regresar.
—Todo bajo control. Además el viaje será más divertido. ¿No crees?
—Te recomiendo que por lo menos le eches un ojo a esto —le dijo mientras le ofrecía de nueva cuenta el cuadernillo.
Sin embargo, Carvajal lo rechazó una vez más.
Ordenaron la cuenta y Pedro Carvajal pagó. Se guardó la membrana en una bolsa del saco y en la otra el sobre de Splenda.
—Me tengo que ir, Sebas, esperemos que esto funcione mejor que lo anterior, casi me vuelvo loco.
—Ya te dije que no te puedo dar ni una seguridad, solo ten cuidado en las fiestas. ¿Vas a donde mismo?
—Sí, al mismo lugar —se puso en pie dando un trago largo a la cerveza.
—Carvajal —lo llamó Sebastián antes de que partiera —no todas las mujeres llegarán a Creta, a algunas las tendrás que buscar— dijo mientras señalaba el folleto.
No prestó atención, se acomodó el saco y salió del restaurante.
Ya no grita, Carvajal, se ha quedado calladita, te pones en pie y vas dejando un rastro que ya ni siquiera puedes olfatear. Todo el olor dulce que sabe a algodón te tiene satisfecho. No corres por los pasillos. La imagen de María José se encuentra frente a ti mientras caminas y va dictando el recorrido que tienes que hacer. Es una brújula, su imagen es una brújula que te muestra el orden de los pasillos y escaleras de este laberinto vertical. Sonríes junto con ella. Casi puedes tocar su rostro. Cierto. Casi puedes besarla mientras continúa mostrándote por dónde ir.
Entonces encuentras la ventana. Es tu salida hacia el mundo. Abres y miras el cielo luminoso a causa de la luna llena. María José ríe desde allí, invitándote a que la acompañes. Y así lo haces, Carvajal.
+++
*Ríe María José, obtuvo la mención honorífica en el XVIII Nacional de Cuento Magdalena Mondragón 2012
Hermann Gil Robles, Culiacán, Sinaloa (1983) Narrador, periodista.Becario del Centro de Escritores de Nuevo León 2006 y del programa de Residencias Artísticas FONCA 2013, Barcelona, España. Autor de No hay buen puerto (Harakiri Plaquettes, 2004); de Fuera de la Memoria (IMCC, 2011); Los Sueños de los Últimos Días (Andraval Ediciones, 2012) y La Ciudad del olvido (FETA, 2017), libro con el que obtuvo el Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras.
© Imagen de la película Lost Highway, de David Lynch.