Desde que llegué aquí hace poco más de un año, paso deambulando entre tumbas y nichos mientras repaso con el dedo los pequeños surcos de las letras de los epitafios tallados sobre la piedra. Me gusta correr para hacer crujir la hojarasca que dejan los almendros. Siempre vigilado por una legión formada por estatuas de santos mutilados y ángeles sin cabeza.
Conozco bien este lugar. Dos o tres veces al año mí mamá y mis tías organizaban una visita a la tumba donde están mis abuelos a los que nunca conocí. Lo hacían como se planea ir de excursión al campo o de pasadía a la playa. Todo el rato hablaban con sus muertos, se reían con ellos; se quejan de los vivos que ni por equivocación se paran por ahí. Después de hacer la limpieza de hierbas y basura, dejaban flores nuevas y encendían veladoras. Mientras ellas limpian yo me paseaba entre las criptas, sigiloso, para no molestar a nadie.
Muchas veces las escuché contar historias de aparecidos. Recuerdo la muerte del novio de mi hermana Laura. Yo no entendía nada. A todos en casa se les descompuso el gesto. Nadie me explicó y no supe los detalles. Mucha gente pasó por la casa, abrazaban a Laura, hablaban en voz baja. Todo giraba en torno a ella que solo lloraba y se secaba las lágrimas con un Klennex hecho bolita. Quise que algo así me pasara, por una vez ser el centro de atención.
Estoy acostumbrado a estar solo. Crecí en una casa rodeado de adultos, eso para un niño no significa verdadera compañía si no se tiene con quien jugar. Ahora las cosas no cambiaron en nada. No hay ninguna diferencia entre esa soledad y la de ahora. Mamá me había dicho que el novio de Laura estaba en un lugar mejor, en paz y junto a las personas que, como él, también se había adelantado. Pero yo no corrí con la misma suerte. Lo que mamá no sabía es que aquí del otro lado solo te encuentras con aquella gente a la que conociste en vida. No sé cuánto tendrá que pasar para tener conmigo a mis amigos de la escuela, a mis primos, a mis papás. Como yo son muchos los que también están solos. Los he visto deambular, salir de las tumbas abandonadas, la mayoría de esos muertos solitarios venían de los osarios más antiguos y de la parte donde se encuentra la fosa común. Aunque entre nosotros no podemos hacernos compañía la soledad repartida entre todos se hace menos pesada.
De mi familia, solo mis tías regresaron a visitar la tumba un par de veces, a pesar de los regalitos que me dejaban, me enojó escucharlas hablar muy mal de mamá y decir cosas peores de Laura.
-Entiendo que quiera no pararse por aquí- decía Tía Dalia- ¿Con que cara? Si fue su culpa. Pobre niño. Y suspiraba.
En realidad, no había sido culpa de nadie, mucho menos de Laura. Al principio fueron leves dolores de estómago, náuseas y vómitos, según el doctor parecía un problema con la vesícula, extraño para un niño de mi edad. Programó unos estudios mientras mamá se dividía entre bajarme la temperatura con trapos de agua fría en la frente y vigilar a Laura encerrada sin comer ni querer ver a nadie; antes de enfermar me gustaba asomarme en su cuarto y verla inmóvil sobre su cama, tan flaca, menos pesada que una sombra. El colchón apenas dibujaba su silueta.
Los síntomas agravaron, lo estudios que ordenó el doctor de poco sirvieron. La fiebre no cedió, ya no podía retener nada en el estómago, y entonces comencé a toser sangre. Al mismo tiempo Laura, en su cuarto, rompía con los puños los cristales de las ventanas. Se rebanó las manos y las muñecas. Mamá la encontró de rodillas bañada de sangre de la cintura para abajo todavía con pedazos de vidrio incrustados. Cargó a Laura y salió hasta la calle a pedir ayuda, dejando un rastro de sangre sobre la alfombra blanca. Todo en la casa parecía estar dispuesto para que el color rojo se avivara.
Al final, Laura y yo terminamos juntos en el hospital. Los paramédicos pudieron detener la hemorragia y salvarle la vida. Yo llegué inconsciente. No volví a abrir los ojos. En ningún momento deje de escuchar a mi mamá. Pasaba todo el día ahí, dividida ahora entre dos camas hospital. Escuché la explicación que los doctores le dieron. De un momento a otro todos los órganos de mi cuerpo se habían detenido. Solo me mantenía vivo el aparato al que conectaron. Mamá decidió apagar las maquinas, luego vinieron las despedidas. Papá fue el último en llegar. Me costó reconocer su voz. Era muy diferente a la que siempre escuché por teléfono.
Nunca me dieron miedo los cementerios, al contrario, encuentro en ellos un encanto y una paz que pocas cosas o lugares me provocan. Siempre me ha gustado andar entre las tumbas leyendo los nombres en las lápidas, divertidos con los más extraños: Nicodemo, Leovigilda, Ildefonso y sorprendido por la cantidad de muertos que comparten el nombre de Perpetuidad. En vida no conocí a nadie llamado así. Aun con todo eso ya comenzaba a aburrirme. Extrañaba pasar tiempo con mamá y con Laura. Me gustaba ir al cine solo por palomitas y regresar a la casa a ver un maratón de películas. Pasaba mucho tiempo en el cuarto de mi hermana, ella me prestaba sus libros y su computadora. Viajar con ellas los fines de semana para reunirnos en la casa que fue de mis abuelos, donde mis tías cocinaban para toda la familia para después comer alrededor de una mesa larga donde invariablemente siempre faltaban sillas.
Estaba sentado junto a una cripta recién sellada cuando las vi llegar. Distraído colocaba mis manos sobre el cemento fresco, esperando ver mis huellas estampadas pero el cemento seguía intacto. No reconocí el auto, me sorprendió ver que se hayan estacionado tan cerca. En esa sección era la única que recibía visitas. Tardaron un rato en bajarse. La primera en bajar fue mi mamá, le siguieron tía Dalia y tía Miriam. Me dio gusto ver que Laura era quien manejaba el auto, al fin había aprendido a conducir. Esta vez no hubo risas, por ratos un silencio incomodo se instalaba entre ellas. No me gusto verlas llorar. Era momento de volver.
Había bajado el sol y el aire se sentía más fresco, se acercaba noviembre. Algo cambia en el clima cada que se aproxima el día de muertos. El cementerio –cierra a las 6 de la tarde y nadie quiere quedarse ahí encerrado por voluntad propia.
–Vámonos niñas–gritó mi tía Miriam.
Mientras recogían sus cosas yo aproveché para adelantarme y colarme dentro del auto por una de las ventanas abiertas. Nos despedimos de la tumba y avanzamos rumbo a la calle principal que divide el cementerio, pero al dar vuelta el auto entró en una calle idéntica a la anterior.
–Ya doblaste por aquí– reprendió mi mamá a Laura.
Yo miraba, con la cara pegada al vidrio de la ventana, como la luz se iba apagando y las sombras subían como enredaderas entre los pequeños mausoleos. Lo que al principio eran risas por las vueltas sin sentido, que no llevaban a ningún lado, dio paso al miedo.
–Sigue derecho –dijo mi tía Dalia– a algún lado vamos a llegar.
Pero solo nos topamos con el largo muro que delimita el terreno, del otro extremo, demasiado lejos de la entrada principal. Todo sería tan fácil si con el auto se pudiera atravesar la pared para salir directo a la calle.
–Ya nos alejamos demasiado –dijo molesta mamá-. Regrésate se está haciendo de noche.
Sin decir una palabra vi a mi mamá con esa cara de preocupación que tuvo todo el tiempo que estuve enfermo. Note que se mordía las uñas, nerviosa. Quizá recordaba lo que pasó; mi enfermedad, el accidente de Laura, nuestra sangre por toda la casa.
Quieto, intentaba que no advirtieran mi ausencia y así no incomodar a nadie. Tía Dalia, de copiloto, se asomaba por la ventaba buscando descifrar ese sombrío laberinto en donde dábamos vueltas en círculos que daba la impresión de irse cerrando poco a poco alrededor del auto. Laura, temblando, sostenía el volante como si fuera a escapársele. En un impulso metió reversa, el auto retrocedió varios metros, luego se detuvo y el motor se apagó de golpe.
Ahogue un par de risas al ver a tía Miriam rezando un padre nuestro, con los ojos cerrados, tan rápido que ya no se le entendía nada. Alba giraba la llave para arrancar, pero el auto no respondía. Regresé la mirada hacia afuera y de entre los pequeños pasillos que separan las tumbas miré un hombre mayor y una niña que caminaban hacia nosotros.
Seguro también se les había hecho tarde para salir, ellos podrían ayudarnos a encontrar el camino, pero de la nada aparecieron más personas todas vestidas de blanco. Salían de todos lados, detrás de los árboles de almendro, de las fosas vacías ya abandonadas. Solo había visto tanta gente junta en las ferias que hacen en las iglesias. Mi mamá y mis tías preocupadas por hacer andar el auto y salir de ahí no veían la multitud que comenzaba a rodearnos.
En lugar de cerrar los ojos, miraba fijamente buscando reconocer en alguno de ellos a mis abuelos. No pude verles la cara, estaban cubiertos como por una delgada tela transparente que difuminaba sus rasgos, como envueltos por humo. La imagen de los fantasmas cubiertos por una sábana blanca y dos agujeros negros que había visto en la tele no estaban tan alejados de la realidad. Eran muchos y se movían muy rápido, visto desde fuera parecía que estábamos cubiertos por una capa de niebla.
Todos ponían su atención sobre mí, estiraba sus brazos y movían las manos intentando agarrarme, jalarme de la ropa, sacarme del auto y ponerse en mi lugar. Los había visto hacerlo antes, irse colgados de la gente, de los autos para poder salir. Pero yo no los conocía de nada, como iba a llevarme a un extraño conmigo a casa.
Los gritos de mi hermana me hicieron creer que ella había visto todo el gentío que nos rodeaba. La oscuridad reptaba veloz por todo el cementerio, como si una serpiente gigante se devorara la luz. El aire dentro del auto comenzaba a sentirse más frío.
–¿Qué te pasa? –gritó mamá con los nervios despedazados.
–Hay alguien ahí– dijo Laura, aterrada con la cabeza escondida en el volante, la voz apenas le salía de la garganta–. Viene alguien caminando entre las tumbas.
La luz de una linterna se movía de un lado a otro. Era uno de los veladores. Un hombre mayor, bajito con el cabello todo blanco apareció, alumbró dentro del auto y con los nudillos golpeó el cristal del lado del copiloto. No sé si fueron los rezos de mis tías o la presencia del anciano pero los aparecidos se evaporaron. Solo tía Dalia pudo reaccionar, bajo la ventanilla y explicó al velador, lo que había pasado. Como quien despierta de una pesadilla a mitad de la noche el auto encendió repentinamente y avanzamos rumbo a la salida siguiendo al velador.
–No son los primeros que se pierden buscando la salida– el viejo se reía mientras habría el portón para dejarnos salir. Yo movía la mano diciéndole adiós. Lo vi devolver el gesto mientras el auto se alejaba y él se hacía pequeñito.
Durante el trayecto nadie dijo una palabra. Quise romper el hielo pero todas estaban demasiado espantadas todavía. Ya en casa encontraría la forma de mostrarles que estaba con ellas para que no se sintieran tan solas; aunque con esas demostraciones de mi presencia, las asuste un poco.
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Alexis Álvarez Lara (Mérida,1992). Principalmente lector. Egresado de la carrera de Mercadotecnia de la Universidad Tecnológica metropolitana. Ha tomado cursos y talleres de narrativa en el Centro de Experimentación Literaria y la escuela de escritores Leopoldo Peniche Vallado. Integrante de Hipogeo taller de cuento. Ha publicado textos en la revista Letrantes y la plaquette Incidentes (2019) de la colección escritores de Hipogeo. Obtuvo el premio estatal Tiempos de Escritura, en la categoría Minificción (2020). Titular desde 2017 del espacio Libros al Aire en Radio Yucatán FM.com.mx.
© Fotografía parte del archivo de los Warren sobre Amytiville.