Ataúd y mediodía | “Hanal Pixán”, de Jenn Calderón

(Hanal (Comida) y Pixán (Alma),

es decir “Comida de las almas”.

La primera vez que mamá y yo tuvimos una plática íntima fue después de celebrar el Hanal Pixán en Dzemul, hace veintiséis años. Cada Día de Muertos acudíamos al pueblo natal de mi abuela a comer pibes y convivir con su familia, a la cual sólo veíamos en esa ocasión. Bajábamos de la combi blanca y el mundo ya era otro. La brisa fresca de los finados me recibía y jugaba con mi melena de rizos dejándola más despeinada que de costumbre.

El tío Cheto y sus hermanas vivían en una casa amarilla, pequeña pero llena de recovecos para explorar y con una iluminación de contrastes acentuados que no le pedía nada al cine expresionista. La cocina estaba separada; en el patio, tenía de cubierta un techo de huano y las paredes estaban negras por los guisos que a diario preparaban las tías con leña. En Hanal Pixán iniciaban el ritual de los pibes poco antes del amanecer. Cuando llegábamos al mediodía la casa emanaba un cálido aroma a pollo, masa, hoja de plátano y madera quemada. Las agujas del reloj en Dzemul giraban lento y el tiempo se eternizaba. Esa serenidad era lo que más disfrutábamos. En la ciudad casi nunca estábamos todos juntos, las prisas, el trabajo y los compromisos nos alejaban. Ese único día en el pueblo lo exprimíamos hasta la última gota: los adultos platicaban en una sobremesa larga y los niños nos perseguíamos hasta el hartazgo en el parque. De vez en vez me asomaba al comedor para ver a los adultos, para verla a ella; me gustaba contemplarla, imaginarme sus pensamientos, los motivos de su risa, las razones del muro que parecía haber entre nosotras. Ahora con la distancia emocional me doy cuenta de los matices incontables que guarda la maternidad.  Las manos llenas de miles de arrugas de las tías nos recibían con una taza humeante de chocolate recién batido. Ellas decían que estamos ligados a los difuntos a través de la memoria, que los invocamos al recordarlos y ellos acuden a nuestro encuentro.

Esa celebración comimos el mucbipollo más delicioso que hubieran preparado las tías; tenía la sazón de una tierna despedida. El sol nos abandonaba y mis primos adolescentes nos contaron —a los pequeños—, historias sobre ahorcados, apariciones, aluxes y mujeres que se esconden detrás de los árboles. Ella se escondía detrás de la música y unos lentes oscuros.  Sólo mi hermano mayor no departía del convivio familiar, gran parte de la tarde la pasó dormido en una mecedora. Era el responsable de conducir nuestra combi donde cabía la familia entera: mis papás, mi hermano mayor, su esposa, mi sobrinita, mi tía y mi abuela; sólo mi hermano el de en medio no estaba con nosotros. Comimos un último pedazo de pan de muerto y la cuarta taza de chocolate caliente. El tío Cheto y las tías se despidieron recordándonos que el día en que nos llegaran a faltar los trajéramos al corazón con un altar como nos habían enseñado a hacerlo. Cada año pongo el altar y la llamo a través de una herida sin sanar con la convicción ciega de sentir el aroma de su piel.

La noche estaba sin luna y en la combi casi todos dormían a excepción de mí quien iba en el último asiento contando con la cabeza apoyada sobre los muslos de mi tía, contando cada unos los lunares que tenía en la cara y el cuello.  Había hallado el más pequeño de ellos e iba a dar a conocer mi hazaña  cuando un golpe seco hizo que cayera al piso, intenté levantarme pero la combi se volteó sin piedad. El panorama cambió, en mi mente reproduzco la escena como la de una película de guerra, cuerpos tirados, vidrios rotos y una nube de polvo nublaba mi vista mientras trataba de entender lo sucedido. La voz de mi mamá: «¡nena!, ¿¡dónde está la nena!?». «¡Aquí, aquí estoy!», respondí. Había perdido uno de mis calcetines de la sirenita y el que aún estaba en mi pie tenía manchas de sangre, sangre que no era mía. Salimos de la combi y reinaba el caos, busqué a todos con la mirada: estábamos vivos y completos; los de mi familia al menos. Mi hermano por intentar esquivar a dos ciclistas volteó la combi pero fue en vano; los dos perdieron la vida en el acto. Papá asumió la responsabilidad del accidente, la policía se lo llevó a declarar y yo estaba inconsolable, pensaba que jamás regresaría a casa.

Camino a Mérida en la cama de una camioneta de redilas tuve un diálogo sincero e íntimo con mamá, los detalles son difusos como una fotografía borrosa, pero la esencia del cariño y sus besos permanecen intactos en mi interior. Sus palabras me daban certeza acerca del destinó de papá y poco a poco fui recuperando la calma. El muro se desplomó en esa camioneta destartalada y construimos un puente inquebrantable, sólo nuestro, sobre ese puente transitamos incontables películas en el cine, tardes en el parque tomando paletas de limón y partidas de ajedrez en las que muchas veces me aniquilaba y hacía un esfuerzo por ocultar la satisfacción que le causaba esto. Estar cerca de la muerte despierta una fe profunda en la vida. Nos despedimos una tarde irrepetible en la misma casa donde me perseguía para hacerme cosquillas, me consolaba en las noches de tormenta y daba los mejores consejos para atravesar mis tantas crisis existenciales. Como cuando le platiqué que quería estudiar mi carrera en otra ciudad pero estaba dudosa porque me causaba temor alejarme de ella, recuerdo que dijo: — Jamás dejes que te paralice el miedo, siéntelo, abrázalo, pero muévete. En sus últimas exhalaciones con los roles invertidos me vi obligada a amarrar mis miedos, acariciar el dorso de su mano y hacer un esfuerzo por sacarle alguna sonrisa que le diera calma.

Después del accidente nos alejamos de las festividades de Hanal Pixán, en la familia enterramos ese día en lo más profundo. Pero desde su reciente muerte no encuentro otra forma de acercarme a ella sino es a través del ritual. Como decían las tías: no celebramos a los muertos sino a la vida. Por primera vez en veintiséis años me dirijo a Dzemul, tengo la carretera para mi sola, bajo la ventana y el viento me revuelve el pelo. Llevo conmigo su fotografía para poner en el altar y cobijo la esperanza de que algún día nos volveremos a ver.

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Jenn Calderón (Mérida, 1985), No sabe dibujar pero es egresada de la licenciatura en Arquitectura por la Universidad Autónoma de Yucatán. Su gusto por el vino le ha llevado a ser Sommelier por la Asociación de Sommeliers Mexicanos. A.C. Durante una crisis existencial estudió en la Escuela de Creación Literaria del Centro Estatal de Bellas Artes. Su tribu literaria es el colectivo Atorrantes Escritores. Publicó en la antología, Regreso a Gutenberg (2013) y es blogger de Efecto Ultravioleta donde escribe sobre feminismo y temas de género. Le gustan las historias de zombies y dice que algún día terminará de leer el Quijote.

© Con ilustración de Paola Alamilla Herrera.

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