Cuando mamá se despidió de mí, estaba tranquila, pues sabía que me marchaba solo unos días y que estaría con una de sus hermanas. Yo también me encontraba en calma, pensando en que todo estaría igual a mi regreso y que no había nada de qué preocuparme.
Recorrer los kilómetros entre la ciudad y el pueblo duraba alrededor de una hora y media, pero a mí se me hacían algo eternos, los mareos aparecían y el olor a gasolina se me hacía insoportable y asqueroso. Para distraerme decido pensar en el pueblo, puedo ver a mi madre y mi abuela dándoles el baño a mi abuelo y posteriormente también su cena, en ese momento aparecen mis otras tías que como todas las tardes llegan a la visita, inclusive casi puedo escuchar sus risas de los chismes que cuentan de la gente del pueblo. De nuevo me repito que no me pierdo nada y que pronto estaré de nuevo con mamá para ayudarla con los trabajos de mi abuelo, quien ya lleva años en la hamaca. No puedo recordar cuando fue la última vez que lo vi de pie, ya casi no puede hablar y tampoco moverse demasiado; por eso es atendido como a un bebé, de esos a los que hay que hacerles de todo, pero sabiendo pero que carecen de gracia, que no aprenderán nada nuevo cada día y que el cansancio que provoca su atención es casi lamentable.
Al llegar a casa de mi tía para pasar unos días de las vacaciones me sentí muy nerviosa, todo me pareció extraño no sólo por la distancia sino porque que sabía que ya no me encontraba en el pueblo, estaba nerviosa de estar entre ellos pues nunca antes había salido de casa; recuerdo que me era muy incómodo a la hora de comer o platicar pues no estaba acostumbrada a los cubiertos, ni a hablar demasiado, en realidad no tenía nada que decir y a ellos solo les parecía una típica pueblerina penosa, olvidando que mi tía venía del mismo pueblo que yo y que era totalmente natural mi comportamiento.
Aunque los días se me hacían algo largos no me molestaba. Tenía tiempo para estar sola y observar a detalle el ritmo de vida que llevaban en la casa, donde generalmente mi tía le dedicaba muchas horas a la cocina o a estar en el sofá frente a la televisión, su hijo pasaba la mayor parte del tiempo en la tienda de abarrotes que tenían en la casa y una de sus hijas iba todos los días después del trabajo.
Al cabo de unos días, llegó otra de sus hijas a la casa, era la que tenía más dinero. Me llevó a pasear a aquella plaza que estaba a un costado de la avenida principal de la ciudad y en la que todavía iba gente, a pesar de que ya había otras plazas en la ciudad, la verdad no le presté tanta atención. Tiempo después recordé que me dijeron que era la plaza más reciente de aquel entonces y que se llamaba Plaza Cristal. Durante ese paseo, dentro de aquella camioneta verde familiar, la ciudad no me cautivó demasiado, mucho menos ese momento cuando viajamos por el periférico, donde todo se mostraba oscuro y lleno de maleza que inclusive me provocó miedo; como cuando en el pueblo miras esas partes que no están iluminadas y tratas no ver profundamente hacia allá para no quedar atrapado entre pensamientos oscuros.
Mi prima me llevó a dormir a su casa, ella estaba casada y tenía tres hijos; aunque dos eran muy pequeños y a mi encantaban, detestaba esa parte de convivir con mi prima y su esposo pues la conversación con adultos siempre termina en una especie de interrogatorio.
Esa noche, al llegar a su casa y después de cenar, recuerdo que me enseñó un álbum de fotografías en ella además de su fotos familiares se encontraba una de mi abuelo; tomé la foto entre mis manos, talvez el hecho de encontrarme distante me enterneció demasiado, pero lo más sorprendente fue que en ese momento llegó una llamada; mi prima nos comunicó lo sucedido, al principio yo no sabía que sentir, luego empecé a sentirme confundida, incluso culpable de haber viajado, como si mi ausencia , la distancia y la foto estuvieran conectados en una especie de hechizo y la magia negra hubiera echo de las suyas en ese momento ¿cómo pudo suceder?
A la mañana siguiente, nos dirigimos al pueblo; los otros hijos de mi tía y ella, también iban. Ya no sentía mareos al viajar, ahora me sentía inmóvil, no pensaba en nada, incluso no me importaba si me apretaban entre mis primos gordos, o si discutían por el desayuno.
Siempre había sido muy callada pero ahora de plano me molestaba hablar. Mi cabeza estaba llena de pensamientos que se entrecruzaban, pero mi boca no quería decir nada.
Dentro, solo pensaba en los recuerdos de mi abuelito sentado en la puerta de su casa tocando su filarmónica o las veces que pude verlo rasurarse con su rastrillo metálico frente al espejo redondo que sostenía con una de sus manos. Mi abuelo siempre había sido fuerte y mientras pudo le dedicó todo el tiempo que pudo a su milpa, a su parcela o al campo en general que fue realidad su verdadero hogar, pero la enfermedad le había adormecido casi todo el cuerpo por lo que sus últimos años ya solo se mantuvo en la hamaca.
El viaje había perdido su encanto, ahora sólo quería llegar a casa y abrazar mamá o mejor aún, creo lo que realmente quería era pensar que nada de esto había pasado realidad, pero ¿por qué había llegado la llamada justo cuando la foto estaba entre mis manos?
Llegamos, era real, ahí estaba el ataúd, mamá lloraba, mi abuela, de pronto, se veía más vieja de lo ordinario y sus fuerzas parecían habérsele agotado por completo. Toda la familia estaba reunida, incluso más que en el día de muertos o navidad; mis tías lloraban y los hombres platicaban tranquilos, los niños que andaban por ahí, jugaban como sin nada. Mi papá les platicaba a mis tíos que habían tenido que quebrarle las piernas para poder cerrar el ataúd ya que la postura en la había permanecido por tantos años lo mantenía con las rodillas dobladas y eso les impedía cerrar la caja.
Yo no comprendía nada, pero me preocupaba mucho acercarme al ataúd para despedirme como lo hacían todos los demás.
El momento llegó, la foto, el viaje y la llamada eran reales. Me acerqué al ataúd, ahí estaba él y aunque ya no podía retroceder o cambiar nada, mi abuelo no era el mismo, su rostro pálido, quieto y frío lo mostraban plenamente diferente a como yo lo recordaba, pero ahí estaba. Mi abuelo había muerto y yo, estaba de vuelta en casa.
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Flores de Juan Diego. O por lo menos así es como creo que se llama. De niña, mis primas y yo jugábamos a decorar la entrada de la casa de mi abuela con ellas, tomando varios tramos de la enredadera y colocándolas en varios puntos de la puerta casa; mientras mi mamá y mis tías preparaban el altar para los difuntos y la comida.
Después esperábamos pacientemente a que el rosario terminara para poder probar todo lo que había sobre la mesa. Me sorprende, pero no recuerdo para nada la presencia de alguna mosca, era como si todo se mantuviera inmutable, suspendido en el tiempo, inmóvil, justo como fue colocado antes del rezo y al terminar todo volvía a su curso; incluso nosotras, volvíamos a reír y hablar de forma libre, ansiosas de que nos repartieran todo lo que estaba sobre la mesa, como los dulces o las frutas, ya que de la comida seguro nos tocaba; a mí me encantaba el dulce de coco o el de pepita con azúcar y por supuesto adoro las canastitas de papaya con coco de colores.
Al ver las flores de Juan Diego, de un rosa claro, casi brillante; de inmediato vuelven a mi mente los recuerdos de esos momentos y sonrío de nuevo.
Ya no soy esa niña, ya no está mi abuela, ni algunas de mis tías, ya ni siquiera estoy cerca de lo que fue su casa, mi madre ya no prepara su altar… pero yo sonrío, miro esas flores y todo para mí cobra sentido, como el amor y respeto a mi familia, a los muertos, las tradiciones, a los recuerdos o a los propios cambios que ocurren con el tiempo.
Florecen en esta época y el aire comienza a tornarse diferente, pronto será más frío, o así era antes. Este año… hace mucho calor.
Pueden enredarse en árboles altos o lugares amplios, pero siempre aparecen con la hierba. Se parecen mucho a los racimos de uvas, que cuelgan también de las enredaderas; al arrancarlas de su rama pierden su forma original, algunas veces se caen muchas mientras las arrancas, casi como si se desparramaran de los gajos y no pudieras detenerlas; por eso hay que hacerlo con suavidad, para no quedarte sin flores.
Las abejas siempre están con ellas, son parte del paisaje. Ellas no te harán nada si se dan cuentan que las tomas con cuidado, cuídate de hacer lo contrario.
Hoy sonrío, mientras las veo aquí en la ciudad, deseo poder conservarlas en mi futuro, pero dudo si será eso posible debido a que cada vez quedan menos lugares para ellas; mientras tanto, solo sonrío y deseo tanto tomar las manos de mis hijos y llevarlos a verlas, tocarlas, tal vez, arrancar unas cuantas, hacernos unas coronas o un pequeño ramo, platicar con ellos mi historia con las flores de Juan Diego o simplemente permitir que ellas nos guíen hacia nuevas experiencias.
No deseo otra cosa, el recuerdo de antaño no volverá, de eso estoy segura; pero se ha transformado, hoy me quedan las flores, los recuerdos y mis hijos.
Mi familia ya no es igual, algunos ya no están aquí y nuevos seres han llegado a ella. El altar de antes ya no estará más y, sin embargo, a mi alrededor siguen las celebraciones, unas más sociales y otras más íntimas, pero siempre celebrando lo mismo.
Los días se acercan, ver las flores me lo recuerda: el chocolate, el pib’, el xek’, los dulces, los panes… la mesa. No pienso en el nombre por su significado religioso sino como el símbolo de un hermoso recuerdo familiar, las sensaciones, el ambiente, la alegría, el festejo, las personas que hoy no son las mismas, pero el cariño, continua igual.
Entonces, ahora que las tengo delante de mí les tomo muchas fotos, fascinada como quien se encuentra un gran tesoro, un artista… Comparto y descubro nuevas sonrisas para estas flores, gente que también las reconoce.
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Verónica Mora. Egresada de la Universidad Tecnológica Metropolitana en el área de Informática y de la Escuela Superior de Artes de Yucatán en el área de teatro. Ha colaborado como actriz en diversos montajes; en el 2019 presento su performance titulado “Mujer” que pone de manifiesto las diferentes contradicciones del rol de la mujer en el matrimonio. Ha participado como tallerista de teatro para los programas Escuelas de tiempo completo y Más arte menos violencia. Dentro de su formación escénica y actoral ha participado en diversos talleres de teatro, dirigidos al entrenamiento, la animación de objetos, la dramaturgia del actor, entre otros. Desde el 2014 forma parte de la planta docente del CEDART “Ermilo Abreu Gómez”, bachillerato de Arte y Humanidades, perteneciente al Instituto Nacional de Bellas Artes.
© Fotografías de Nacho López. Indígenas purépechas en el cementerio de Janitzio durante la Noche de Muertos