Ataúd y mediodía | En las negras aguas de Phoebe Bridgers

Por Sergio Ceyca

Quería escribir sobre Phoebe Bridgers (Los Ángeles, 1994) para estas fechas. En especial por su segundo material discográfico, que salió este año y cuya campaña de difusión fue ahogada por la pandemia.

Llegué a su música por una página de memes de Instagram. Es curioso como ahora vamos encontrando nuestro nuevo contenido favorito a través de cualquier lugar menos de la radio o los canales enfocados al tema; y también observo que, cada vez más seguidos, los nuevos artistas parecen tener identidades más definidas y más estrafalarias, por decirlo así, aunque no me gusta la palabra. Por ejemplo, Phoebe Bridgers tiene el cabello blanco y en la mayoría de los promocionales viste un traje de esqueleto de cuerpo completo con una chamarra gris encima, justo como se disfraza el personaje de Jake Gyllenhaal en el clímax de Donnie Darko (2001).

Sus canciones, especialmente las de Strangers in the alps (2018) siempre están al borde de caer en lo deprimentes, pero son salvadas por cierto toque de humor.

En aquella ocasión que vi el meme la busqué rápido y, en cuestión de segundos, me encontré con “Halloween”. Pero, para ser sincero, no me gustó. No me adentré lo suficiente en la canción y, rápido, pasó al olvido; semanas más tarde, me apareció una noticia de Consequence of Sound sobre la misma canción con una gran reseña de un crítico. Otra vez volví a escucharla. Era una pieza muy lenta, con sonidos ambientales en los que, a veces, no alcanzaba a reconocer los instrumentos. La música sonaba lejana.  Las letras igual. Así que la olvidé, de nuevo.

Pero la página de memes seguía haciendo material de ella: que cuando quieres tener un buen día y, mejor, pones una canción de Phoebe Bridgers para arruinarlo; que cuando están las cosas bien, y sale una canción en aleatorio. ¿Quién es, por qué importa tanto?, me preguntaba. Así que ahora, en lugar de escuchar a la canción aislada, decidí darme un clavado en Punisher (2020), su segundo disco, en una sola sentada; e inundándome en su música, dejando que se infiltrara en todo mi ser.

Punisher tiene diversos momentos en que la melodía va cambiando, a veces es sólo una guitarra acompañando a la voz, a veces hay más instrumentos que generan un muro de sonido; sin embargo, lo que atrapa, en lo que uno puede perderse, es en sus letras.

En ellas existe un humor que sabe mezclarse con la tristeza, la desilusión o la ansiedad. Las canciones con las que abre, “Garden song” y “Kyoto”, parecen explicarle al escucha con la manera en que Phoebe ve al mundo: con algo de distancia, siempre burlándose un poco de ella misma o de los que lo rodean. Siempre rodeada de una sensación de que “no hay resonancias que rasguen el silencio”, como dice Ámparo Dávila, “ni claridades que perturben las tinieblas”.

Luego continúa “Kyoto” –que en plena pandemia tendría un video musical en que Phoebe aparecería frente a una pantalla verde ya que fue filmado en su casa– habla de la relación distante con su padre, al tiempo que fue a su primera gira fuera de Estados Unidos. El no poder quitarse la sensación de ser una impostura, de no merecer estar ahí. Quizá cómo la canción no habla de su vida cotidiana, es la más movida, la más activa.

Y después, ‘Punisher’ expresa el miedo que nos da conocer a tus ídolos y sentirse un poco decepcionado por ellos; y, viceversa, pensar en que en algún momento tú puedes volverte el ídolo de alguien y que lo decepciones, así mismo. En especial, Phoebe narra su relación con el cantante Elliot Smith, su ídolo, un cantante muerto, sobre quién “todos saben que eres el camino para llegar a su corazón”.

Las inseguridades van ahogando el sonido, van barriendo los arreglos de fondo. Y es entonces que, con ‘Halloween’, empieza la parte más emotiva del disco; aunque decir esto podría asemejarse a pensar que la música es arrebatada e intensa, cuando más bien es calmada y lejana. Igual que si se le estuviera escuchando desde debajo del agua: adentro de un útero entumecido, en medio del líquido protector.

Si bien es una canción lenta, igual que la sentí en la primera ocasión, es el humor de sus letras y sus arreglos los que permiten que la canción no se ahogue totalmente en medio de la tristeza. “Odio vivir por el hospital/ las sirenas suenan toda la noche./ Suelo decir que si me despiertan/, más vale que alguien se esté muriendo”. El humor, sin embargo, es un mecanismo de defensa: “Estoy enferma de las preguntas que continúo haciéndote/, te hacen vivir en el pasado/. Pero puedo contar con que me digas la verdad/, cuando estás borracho y usas una máscara/. Bebé, es Halloween/, y podemos ser lo que deseemos.”

Las canciones que continúan (“Chinese satélite”, “The Moon Song”, “Savior complex” y “I see you”) reflexionan, de la manera ha dicho Bridgers misma, sobre estar enamorada de una persona que se odia a sí misma. Y que, por ende, siempre te lastima: “Me pediste acompañarme a casa/, pero tuve que cargarte”. Una persona que hecha toda su carga emocional sobre tus hombros. Una persona que no pregunta por tus emociones. Que siempre está en problemas con su mente. Y a quien, por qué no, siempre quieres proteger de sus demonios internos.

Además, hay una línea muy divertida en “I see you” es “Odio a tu mamá./ Odio cuando abre su boca./ Me sorprende todo lo que uno puede decir/ cuando no sabe de qué está hablando”.

“Graceland too” marca el inicio del final del disco. Una Phoebe Bridgers ‘que no es más un peligro para ella misma ni para los otros’, inicia un viaje en coche hacia Memphis. Busca alguna respuesta. Aún piensa en la relación que acaba de terminar. Y es justo ahí donde inicia “I know the end”, regresando al sentimiento de ahogo, a la música escuchada debajo de las aguas negras de la tristeza. Inicia lenta, rememora el dolor. La pérdida. Una canción que más que buscar sanar las heridas y los medios del pasado, busca cimentar el inicio de otra manera de sentirse.

Phoebe Bridgers continúa en el viaje por “una parte de Texas que odia” y de pronto extraña su vida cotidiana. Su vida aburrida y llena de miedos. Acepta que debe de volver para vivir la vida de la que su ex pareja tuvo que irse. Y cuando empieza a cantar más constante, menos cortado, describiendo el viaje de regreso, la música pasa a algo más explosivo, que va subiendo de intensidad, en lo que parece sentirse que el mundo está explotando con el retumbe de los tambores y las trompetas; que parece recordar, tras el ahogo, que uno sigue ahí, que uno siempre seguirá ahí, aunque el mundo explote y todos los que queramos fallezcan.

Y, aun así, quizá uno tiene que lanzarse contra él para no ser destruido. Para continuar viviendo. Sólo queda seguir haciendo planes: “No, no tengo miedo de desaparecer./ El anuncio dice que el final está cerca,/ miré alrededor, no había nada ahí./ Así que supongo que el final está aquí”. Por eso en los últimos segundos la canción sube de tono, explota, y es acompañada por gritos: porque el final nunca parece ser el cierre de nada.

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