La rebeldía lúcida

Centenario de Albert Camus

No fue un filósofo ni un pensador, sino un hombre que habitaba entre nosotros, un narrador de mundos, un extranjero, ha dicho sobre su padre, Jean Camus, en el suplemento cultural Babelia, del diario español El País. El hijo de un soldado zuavo y una mujer sorda y semianalfabeta ganó el Premio Nobel de Literatura cuando tenía 44 años. Su obra defiende el derecho de cada ciudadano a “elevarse sobre el colectivo para construir su propia libertad”. Lucidez, desobediencia, ironía y obstinación debían distinguir al buen periodismo, escribió durante la Segunda Guerra Mundial cuando, incapaz de combatir, pasó a formar parte de la resistencia francesa con otras armas. Su literatura también comparte esos valores. Un acucioso periodista llamado Oliver Todd es quien le ha rendido el mejor y mayor homenaje a este escritor. Su biografía de 884 páginas publicada por Tusquets en 1997 se llama Albert Camus. Une vie.

Por Arturo Mendoza Mociño

Catherine Hélène Sintès es morena, pequeña y de ojos oscuros. Es la segunda de nueve hijos de una familia de origen español que emigró a Argelia a finales del siglo XIX. Y es delicada en formas y en trato desde niña ya que es parcialmente sorda. No sabe escribir ni leer como las mujeres argelinas de su generación ya que una de cada cinco es analfabeta.

Muda, la creen algunos. Caccio, retrasada, la llaman otros. Víctima de una meningitis mal cuidada, consideran sus cercanos.  Catherine Hélène Sintès, en palabras que plasma su hijo, Albert Camus en su primera novela, “es sorda parcial, con problemas de lenguaje, a raíz de una tifoidea o de un tifus”.

Ella se desliza con palabras breves, silba las eses y las equis, dice “cucú” para decir “cuscús”, y agita las manos para expresarse. Cuando habla de un hombre y una mujer une su palma derecha con la izquierda para decir que esos dos están juntos. Catherine Hélène Sintès se expresa así, insiste su hijo, porque sufrió una conmoción cerebral porque es una joven viuda que enfrenta pobreza y soledad por igual.

Catherine Hélène Sintès se enamoró de Lucien Auguste Camus por sus ojos azules, pelo y cejas castaños, frente despejada y una boca mediana coronada por un bigote. Eran los primeros meses de 1910. Como soldado, con una buena estatura de un metro y sesenta y ocho centímetros, este hombre forma parte del primer regimiento de zuavos de Marruecos, acantonado en los alrededores de Casablanca entre 1907 y 1908.

Lucien Auguste se casa con Catherine Hélène Sintès, tres años mayor que él, el 13 de noviembre de 1910. Tres meses después nacerá Lucien Jean Étienne Camus. Tres años después nacería Albert Camus.

El 8 de noviembre de 1913, Lucien Camus se presenta en la alcaldía de Mondovi con dos testigos, el comerciante Piro Jean y el empleado Frendo Salvatore, y declara el nacimiento, el día 7, de su segundo hijo. Por esa época, de cada 40 franceses, uno lleva el nombre de Albert. En aquellos días de noviembre Le Réveil Bônois, diario republicano, ofrece como folletón Salvator, de Alejandro Dumas. El teatro municipal tiene puesta en escena La viuda alegre, y en el Éden Cinéma se proyecta El anillo roto, comedia dramática. Los Camus no utilizan el coche de la finca donde trabaja el padre para divertirse. Un herrero gana seis francos al día, un jefe de cultivo o un buen bodeguero como Lucien Camus entre 10 y 20 francos. El Renault de 112 caballos y cuatro cilindros cuesta 4 mil 900 francos.

Camus. Narradar de mundos.
Camus. Narradar de mundos.

Bône, donde Lucien Auguste se gana la vida, es tan hermosa como Argel, por su bahía, por su calles donde se embalsaman el jazmín y el melocotonero cantados por novelistas argelinos. Los que no frecuentan los libros ni los diarios también cantan a su manera tanta belleza:

Tous les matins/Todas las mañanas

Bône la coquette/ Bône la coqueta

Fait sa toilette/ se hace la tualeta.

Este puerto también exporta centenares de toneles de vinos y sus muertos reposan en suntuosos panteones italianos. En la avenida National, juran tantos, las raíces de un algarrobo, se hunden a mil metros bajo tierra. A la desmesura se suma otro rasgo que distingue a los bonenses: las blasfemias. “Se jura ‘por los huesos de tus muertos’, o, en versión más fina, ‘por la muerte de tus huesos’”. Y nunca, nunca, se habla de los muertos ante una persona “que los tiene recientes en su familia”.

Francia tiene en Argelia una de sus colonias más cercanas y aplica en ella un objetivo: “la substitución de la barbarie y del fanatismo por la civilización y la razón, es decir la asimilación, la unificación y el afrancesamiento de las razas”.

Pero ese afán civilizatorio poco hace con la pobreza y sus enfermedades. El paludismo amenaza a la madre y a los dos hijos, Lucien, de tres años, y Albert, de ocho meses. No acaban ahí las preocupaciones. En 1914 ya soplan vientos de guerra en Europa y el bodeguero piensa mandar en julio de ese año a su familia a Argel para que mejoren su salud. En agosto recalarán ahí.

Cuando Francia declara la guerra a Alemania, ya en agosto, el padre de los Camus, matrícula 17.032, se embarca hacia París con su uniforme de zuavo. Casaca azul, pantalón bombacho rojo y fez. No han entrado aún en combate pero a todas las tropas argelinas las hacen gritar “¡A Berlín!”

Lucien Auguste Camus, con su uniforme suavo.
Lucien Auguste Camus, con su uniforme suavo.

Esos pantalones rojos ofrecen hermosos blancos a las ametralladoras y Lucien Camus, integrante del décimo ejército, cuerpo 33, división de infantería 45, primer regimiento de zuavos, primer batallón, cae herido por las ráfagas alemanas.

Una tarjeta postal con la imagen de una fuente en Noisy-le-Sec es enviada por Lucien Camus desde Montreuil-sous-Bois. “Recibe tú y los niños un beso muy grande y saluda a los amigos. Hazme llegar noticias tuyas: la salud y las noticias son muy buenas; nada de mala sangre”. Lucien miente un poco para que su mujer no se preocupe.

Otra postal llegará pocos días más tarde despachada desde Saint-Brieuc. Se ve un grupo de alumnos delante de la escuela del Sacré-Coeur, convertida ahora en el hospital auxiliar 107. En la parte frontal sobresale, en una ventana, una cruz. Al reverso se leen las líneas que dicen: “Querida Hélène, te envío la vista del hospital donde me cuidan, justo encima de la cruz”. Le pide también que bese a los niños y, de forma seca, remata con un “Tu marido”. No es él quien escribe esta tarjeta porque Lucien Camus muere el 11 de octubre de 1914.

El cuerpo del soldado Camus no será repatriado. La viuda recibirá, por parte de la burocracia militar, una cartilla militar que acredita que la “campaña de Alemania (abarcó) del 28 de agosto al 11 de octubre de 1914”, una cruz de guerra, una medalla militar a título póstumo y unas esquirlas de obús. El padre del escritor es un número más entre el millón 357 mil muertos franceses, 173 mil argelinos.

Albert hijo y Lucien padre, el primer hombre en la vida de Camus, vivieron juntos sólo ocho meses.

Demasiado joven para morir

El primer hombre abre con una dedicatoria a Catherine Hélène Sintès. “A ti, que nunca podrás leer este libro”. Es la primera novela de Camus, Premio Nobel de Literatura en 1957, antagonista de Jean Paul Sartre en una polémica que le ganó enemigos y prestigio por igual al definir el papel de las ideologías en el convulso siglo XX.

En últimos años se ha especulado que el accidente que segó la vida del escritor y su editor fue una venganza de la KGB soviética por la condena que hiciera Camus de la invasión soviética a Hungría y por su apoyo al escritor ruso disidente, Boris Pasternak, para que obtuviera el Nobel. Lo cierto es que la firma Facel Vega cayó en bancarrota en 1964 porque sus autos eran más inseguros e inestables que otros veloces automóviles de la época, los Lamborghini y Aston Martin.
En últimos años se ha especulado que el accidente que segó la vida del escritor y su editor fue una venganza de la KGB soviética por la condena que hiciera Camus de la invasión soviética a Hungría y por su apoyo al escritor ruso disidente, Boris Pasternak, para que obtuviera el Nobel. Lo cierto es que la firma Facel Vega cayó en bancarrota en 1964 porque sus autos eran más inseguros e inestables que otros veloces automóviles de la época, los Lamborghini y Aston Martin.

Amigo cercano de los Gallimard, Anne, Michel (editor de La pléiade) y Janine Gallimard, Camus comparte con ellos los primeros días de 1960. En el maletero de un Facel-Vega está ese manuscrito que ha escrito y reescrito durante años. Son 144 hojas de una escritura apretada. Las primeras 68 ya tienen membrete, márgenes y añadidos. Las demás esperan el filo de la crítica de su autor para ser más enmendadas.

El 3 de enero “los amigos enfilan la Nacional 7, almuerzan en Orange, paran en la hospedería Le Chapon Fin, junto a Mâcon. Cenan y se acuestan. Vuelven a ponerse en camino a la mañana siguiente, recorren 300 kilómetros, toman una comida ligera en Sens. Los Gallimard pinchan a Camus: ¡él y sus mujeres! Pero las he hecho felices a todas, contesta él. Michel va al volante, Albert a su lado, porque Janine le ha cedido el sitio:

“—Eres más largo que yo.

“A 24 kilómetros de Sens, en la Nacional 5, entre Champigny-sur-Yonne y Villenueve-la-Guyad, el Facel-Vega, después de un bandazo, se sale de la carretera, totalmente recta, y se estrella contra un plátano, rebota contra otro árbol y se parte. Michel está herido de gravedad, Janine ha salido indemne, Anne también. Albert Camus ha muerto en el acto. En un campo, el reloj del salpicadero se ha detenido a las 13:35 horas (del 4 de enero de 1960).

“Camus decía con frecuencia a sus amigos que no había nada más escandaloso que la muerte de un niño y nada más absurdo que morir en un accidente de automóvil”.

Cuando Catherine Hélène Sintès se enteró de la muerte de su hijo ni siquiera pudo llorar:

—Es demasiado joven —dijo.

Le premier homme fue publicada en 1994. Una versión fílmica fue rodada en 2012 por el italiano Gianni Amelio. En ambas obras se muestra a un huérfano que se hace a sí mismo, encuentra a su padre y se deshace de él. Está una vida de carencias donde “se compran las cosas en pequeñas cantidades: media libra de azúcar, medio cuarto de mantequilla, cinco céntimos de queso rallado”. Está la dura abuela, viuda también, que ha perdido demasiados parientes en la guerra de 1914: su yerno, sus sobrinos, y la madre tierna, silenciosa, frágil, que no maldice como la abuela. Una tiene mano de hierro, otra de terciopelo. Camus muestra sus orígenes donde los pobres comen menos carne que pescado y los menesterosos sueñan con el pescado, donde los pobres se lavan con jabón de Marsella y los miserables no se lavan, donde los pobres cuentan los pocos francos que ganan y los miserables aceptan lo que les dan.

Viven, arremolinados, abuela, madre, un tío y los hermanos Camus, en un aposento de tres habitaciones y un pasillo, en el número 93 de la Rue de Lyon, sacudidos de vez en vez por el paso de los tranvías. Afuera, esos chirridos, se mezclan con voces francesas, árabes, españolas e italianas. Huele a canela, anís, azafrán, agua de Javel, ajo, oliva y pimientos morrones caramelizados. Lucien, el hermano mayor, es quien recibe más palizas de la dura abuela, por travieso, por sonsacador, ya que Albert siempre despierta ternura en Madame Sintès, quien siempre le pregunta:

—¿A quién quieres más? ¿A tu madre o a tu abuela?

La paz familiar la brindan los cines Musset o Alcázar. La otra paz la hallará el pequeño Albert en la escuela. En 1923, en el segundo año de educación básica, el futuro Premio Nobel de Literatura conocerá a Louis Germain, a quien le dedicará su discurso en Estocolmo. Para ese maestro aquel niño siempre fue especial. La luz que desprendía era tan grande que oscurecía a los demás. Así que lo formó y le aconsejó que escribiera, le ayudó a publicar, le presentó a editores.

—Grenier y mi padre se querían mucho —dice Jean Camus, hijo del escritor a El País—. Mi padre solía decir que tenía un amigo inglés para subrayar la elegancia y la caballerosidad de Grenier. Y es maravilloso ver que en su libro de recuerdos titulado Albert Camus. Souvenirs (1968), escribe: “Releyendo El extranjero y otros textos de juventud, me emociono por las cosas que creo entender”. Nadie ha hablado nunca tanto de la parte de silencio involuntaria, de esa parte secreta que mi padre no quería ver ni que se viera.

“Ante mi madre siento que pertenezco a un noble linaje: el que no envidia nada”, diría Albert Camus.
“Ante mi madre siento que pertenezco a un noble linaje: el que no envidia nada”, diría Albert Camus.

Germain desea que Albert entre en sexto en el liceo. El maestro ve que su alumno es bastante feliz, pero no sabe hasta qué punto es pobre: “Tu gusto por estar en clase se notaba en todo”, le dirá. “Tu cara manifestaba optimismo. Y, estudiándote, nunca sospeché la verdadera situación de tu familia. Tuve una ligera idea cuando tu mamá vino a verme para hablar de tu inscripción en la lista de candidatos a becas”. La abuela no quiere becas, quiere que Albert se una a su hermano y trabaje. El maestro junto con la madre expone los méritos del pequeño: lee, escribe, habla y recita bien el francés. Una beca le ayudará a cubrir los gastos de escolarización y, cuando termine sus estudios secundarios, podrá conseguir un buen trabajo. La intervención de Grenier es fundamental en la vida de Camus. Él siempre recordará aquel diálogo donde salió la verdad de la pobreza familiar:

—Dile a tu padre que venga a verme, tengo que hablar con él.

—Mi padre no puede, está trabajando.

—Entonces que venga tu madre.

La madre se excusará:

—Los estudios cuestan mucho dinero. No tenemos medios.

—De acuerdo, pero Albert tendrá éxito. Más tarde no lo lamentarán ustedes. Ayúdenle por lo menos hasta el diploma de estudios.

Granier no se equivocó. Cuando recibe los resultados del concurso de becas para el gran liceo felicita a su alumno:

—Bravo, mosquito, has aprobado.

Vergüenza de haber sentido vergüenza

1937 es otro año axial para Albert Camus. Su primera novela publicada, El extranjero, que es el libro más vendido por la editorial Gallimard desde su aparición en 1942, ya está en buena parte redactada. Ese año también es importante porque Camus deja el partido comunista por discrepar con el pacto germano-soviético y por apoyar que el partido comunista argelino se más autónomo frente al partido comunista francés. Ahí empiezan sus desavenencias con la izquierda y comienza a perfilarse su talante crítico.

Dos décadas después, el 2 de abril de 1957, en una carta dirigida a Bernard Clesca, mucho antes que algunos grandes y pequeños maestros de moda, Camus declaraba: “Sabemos que la era de las ideologías ha terminado”. Por eso siempre aconsejó hasta el final no confundir creación y propaganda: “Me parece que el escritor no debe ignorar ninguno de los dramas de su tiempo y que debe tomar partido cada vez que puede o que sabe. Pero también debe guardar o recuperar de vez en cuando cierta distancia respecto a nuestra historia”.

Por esa actitud fue aislado en los ambientes franceses donde triunfaba el marxismo bruto y no pocos fueron los que difundieron una imagen suya como conservador blando y tibio. A diferencia de sus detractores Camus prefería los libros comprometidos a las literaturas comprometidas, “servicio militar obligatorio”, decía. Se consideraba un artista capaz de adoptar una postura antes que militante que escribe.

Al margen de las corrientes filosóficas imperantes, Camus elaboró en sus libros una reflexión sobre la condición humana. Se opuso simultáneamente al cristianismo, al marxismo y al existencialismo que encarnaban Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Pensaba que todas las ideologías, las fundadas en la fe en Dios, en la historia o en la razón, alejaban al hombre de lo humano. En L’homme revolté, de 1951, expone, cuestiona y filosofa sobre sus convicciones que abrevan tanto en una simpatía anarquista como en su paso por el periodismo.

Lucien Jean Étienne y Albert Camus, huérfanos de padre a temprana edad.
Lucien Jean Étienne y Albert Camus, huérfanos de padre a temprana edad.

Francis Jeanson, simpatizante sartreano, escribe al año siguiente una crítica feroz a El hombre rebelde en Les Temps Modernes, la revista fundada en 1945 por Sartre. Camus le replicó y Sartre le acusó de ser un burgués. Buena parte de esa polémica la analiza Mario Vargas Llosa en un excelente libro llamado Entre Sartre y Camus. La inteligencia dialéctica y sin mesura del autor de La náusea se enfrenta al afán libertario de El extranjero. Es una perfecta tormenta de ideas y de argumentaciones.

Saldo de esa lid es la decisión de Camus de acallar a sus críticos con El primer hombre y mostrar la extrema miseria en la que había vivido durante su infancia, sobreponiéndose al pudor del que dejaron numerosos testimonios sus maestros y amigos, y liberándose de pronto, como él mismo explicaría en Le premier homme, de “la vergüenza y de la vergüenza de haber sentido vergüenza”.

Las escaramuzas prosiguen intermitentes. Y el conflicto siempre será avivado en cuanta presentación pública tenga Camus. El 14 de diciembre de 1959, ante estudiantes extranjeros en el Instituto de Estudios Franceses de Aix-en-Provence, el escritor acepta hablar de su oficio. Es “un oficio de hombre”, explica, no una “gracia inspirada”. Le hacen por escrito una pregunta: ¿es usted un intelectual de izquierda? Camus responde:

—No estoy seguro de ser un intelectual. [Pausa.] En cuanto a lo demás, estoy a favor de la izquierda, a pesar mío y a pesar de ella.

Para él, la izquierda encarna la justicia, la libertad, la conquista de la dignidad. No se encuentra a gusto en las ideologías sistemáticas y sometidas, en los partidos y sus prácticas que en Francia invocan a la izquierda, la antigua o la nueva izquierda. No acepta ser clasificado en la derecha.

¿No es un intelectual? Habría podido precisar: “A la francesa”. Se ha explicado 15 años: “No soy un filósofo. No creo suficientemente en la razón para creer en un sistema. Lo que me interesa es saber cómo hay que comportarse. Y más exactamente, cómo puede uno comportarse cuando no se cree ni en Dios ni en la razón”.  No ha cambiado, no dice que sabe pensar. En 1959, muchos intelectuales se inclinan por una moral en que el fin justifique los medios, con frecuencia hablan en jerga, y sin el talento de Sartre. Con sus frases bien compuestas, engoladas pero huecas, con su estilo sonoro —al que no siempre escapa Camus—, son en esa mitad del siglo una especialidad francesa. Hombre de izquierdas a sus ojos, Camus piensa también, como cuando trabajaba en El hombre rebelde, que el socialismo industrial no ha cambiado la condición obrera o campesina, ni sobre todo la organización del trabajo. Camus no elogia los méritos del mercado o los del capitalismo.

Una tuberculosis mal llevada le impidió tomar las armas cuando Francia fue invadida por los alemanes. En 1939, las ideologías entrechocan en tormentas de acero. Desde entonces data su afán libertario. Cuando era jefe de redacción del diario argelino Le Soir Républicain intentó publicar una defensa de la libertad de prensa en esos tiempos violentos. Ese artículo jamás fue publicado pero las palabras de Camus permanecen con toda la sabiduría que era capaz de plasmar:

“Y precisamente, quisiéramos aquí definir las condiciones y medios por los cuales, en el seno mismo de la guerra y sus servidumbres, la libertad puede ser no solo preservada, sino también manifestada. Son cuatro: la lucidez, el rechazo, la ironía y la obstinación.

“La lucidez supone resistir a las tentaciones del odio y el culto a la fatalidad. En el mundo de nuestra experiencia, todo puede ser evitado. La misma guerra es un fenómeno humano, que en todo momento puede ser prevenido o detenido por medios humanos. Basta con conocer los últimos años de la política europea para estar seguro de que la guerra, cualquiera que sea, tiene causas evidentes. Esta visión clara de las cosas excluye el odio ciego y la desesperación que deja hacer. Un periodista libre, en 1939, no desespera y lucha por lo que cree que es verdad, como si su acción pudiera influir en el curso de los acontecimientos. No publica nada que pueda incitar al odio o provocar la desesperanza. Todo eso está en su poder.

El espíritu de Camus, la rebeldía.
El espíritu de Camus, la rebeldía.

“Frente a la marea creciente de la tontería, igualmente es necesario oponer cierta resistencia. Todas las coacciones del mundo no harán que una mente limpia acepte ser deshonesta. Ahora bien, para aquellos que conocen el mecanismo de la información, es fácil corroborar la veracidad de una noticia. Es a eso a lo que un periodista libre debe dedicar toda su atención. Si no puede decir todo lo que piensa, siempre es posible no decir lo que no piensa o lo que considera falso. De tal manera que un periódico libre se reconoce tanto por lo que dice como por lo que no dice. Si uno sabe mantenerla, esta libertad negativa es de lejos la más importante de todas, ya que prepara el acceso a la libertad verdadera. Por consiguiente, un diario independiente menciona el origen de sus informaciones, ayuda al público a evaluarlas, repudia el lavado de cerebro, suprime las invectivas, mitiga la uniformización de las informaciones con comentarios; en fin, sirve a la verdad de acuerdo con la medida humana de sus fuerzas. Dicha medida, por relativa que sea, al menos le permite rechazar lo que ninguna fuerza en el mundo podría hacerle aceptar: servir a la mentira.

“Así llegamos a la ironía. Podemos empezar diciendo que una mente con el gusto y los recursos para imponer la coerción es impermeable a la ironía. Por ejemplo, uno no se imagina a Hitler utilizando la ironía socrática. La ironía es un arma incomparable contra aquellos que tienen un poder excesivo. La ironía completa el rechazo en el sentido de que, más allá de rehusar lo falso, permite a menudo decir la verdad. Un periodista libre, en 1939, se hace pocas ilusiones en cuanto a la inteligencia de aquellos que lo oprimen. Es pesimista respecto al hombre. Una verdad enunciada con tono dogmático es censurada nueve de cada diez veces, mientras que la misma verdad dicha agradablemente será censurada por mucho cinco de cada diez. Esta disposición configura de manera bastante exacta las posibilidades de la inteligencia humana. También explica el que periódicos como Le Merle o Le Canard Enchaîné puedan con cierta frecuencia publicar los artículos audaces que conocemos. Pues en 1939 un periodista libre es necesariamente irónico, aunque muchas veces lo sea a pesar de sí mismo. Pero la verdad y la libertad son amantes exigentes, ya que tienen pocos pretendientes.

“Sobra decir que la actitud mental que acabamos de definir brevemente no se podría mantener de manera eficaz sin un mínimo de obstinación. Numerosos obstáculos se oponen a la libertad de expresión. Pero no son los más severos los que pueden desalentar el ingenio. En Francia, por lo general, las amenazas, las suspensiones y las persecuciones producen el efecto contrario al que se buscaba. No obstante es preciso reconocer que existen obstáculos desalentadores: la constancia en la babosada, la apatía organizada, la falta de inteligencia agresiva, por citar solo algunos. Se trata del gran obstáculo que debemos vencer, y para ello la obstinación es la virtud cardinal. Por una curiosa aunque evidente paradoja, la obstinación se pone al servicio de la objetividad y de la tolerancia.

“Esas son un conjunto de reglas para preservar la libertad hasta en la servidumbre. “¿Y después?”, preguntarán. ¿Después? No nos apresuremos tanto. Si al menos en su esfera cada francés quisiera mantener todo lo que cree verdadero y justo; si quisiera, aunque modestamente, ayudar a mantener la libertad, resistir al abandono y dar a conocer su voluntad, entonces, y solo entonces, esta guerra se ganaría en el sentido profundo de la palabra.

“Sí, con frecuencia la mente libre de este siglo hace sentir su ironía a pesar suyo. ¿Qué cosas agradables podemos encontrar en este mundo incendiado? Pero la virtud del hombre consiste en mantenerse frente a todo aquello que lo niega. Nadie quiere revivir dentro de veinticinco años la doble experiencia de 1914 y 1939. Entonces hay que probar un método totalmente novedoso, basado en la justicia y la generosidad. Sin embargo, ambas se expresan solo en los corazones libres y en las mentes todavía clarividentes. Por lo que formar esos corazones y esas mentes, o más bien despertarlos, es la tarea a la vez modesta y ambiciosa que le corresponde al hombre independiente. Hay que ceñirse a ella, sin mirar más allá. La historia tendrá o no tendrá en cuenta estos esfuerzos. Pero habrán sido hechos”.

Cuando, en 1957, recibió el Nobel de Literatura, Camus, además de rendir homenaje a sus maestros Louis Germain y Jean Grenier, habló sobre el papel que le tocó desempeñar a su generación tras la victoria sobre los nazis: “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida, en la que se mezclan las revoluciones frustradas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; cuando poderes mediocres pueden destruirlo todo, pero ya no saben convencer; cuando la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en criada del odio y la opresión, esta generación ha tenido, en sí misma y alrededor de sí misma, que restaurar, a partir de sus negaciones, un poco de lo que hace digno el vivir y el morir”.
Cuando, en 1957, recibió el Nobel de Literatura, Camus, además de rendir homenaje a sus maestros Louis Germain y Jean Grenier, habló sobre el papel que le tocó desempeñar a su generación tras la victoria sobre los nazis: “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida, en la que se mezclan las revoluciones frustradas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; cuando poderes mediocres pueden destruirlo todo, pero ya no saben convencer; cuando la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en criada del odio y la opresión, esta generación ha tenido, en sí misma y alrededor de sí misma, que restaurar, a partir de sus negaciones, un poco de lo que hace digno el vivir y el morir”.

Durante cuatro años, en Combat, el diario de la Resistencia contra Vichy y el Tercer Reich, ejemplo de periodismo insobornable, libre, “intratable”, en palabras del general Charles De Gaulle, Albert Camus aplicó sus ideas de libertad que fueron extendiéndose, con el paso de los años, a toda su obra hasta culminar en El primer hombre.

No hay verdadera creación sin secreto

Eso pensaba Albert Camus como también afirmaba que “ninguna gran obra se ha fundado nunca realmente sobre el odio o el desprecio. En algún lugar de su corazón, en algún momento de su historia, el verdadero creador termina siempre por reconciliar”. La siguiente bibliografía selecta lo prueba:

Novelas y relatos

El extranjero /L’étranger (1942)

La peste /La peste (1947)

La caída /La chute (1956)

El exilio y el reino/L’exil et le royaume (1957)

Teatro

Los justos/Les justes (1950)

Ensayos

Cartas a un amigo alemán /Lettres à un ami allemand (1948)

El hombre rebelde/L’homme révolté (1951)

El verano/L’Été (1954)

Reflexiones sobre la guillotina/Réflexions sur la guillotine (1957)

Nota. Foto de portada: En la oficina de Combat, en 1944. De izquierda a derecha: Albert Camus, Jaques Baumel, André Malraux and Albert Ollivier, sentado. (Foto cortesía de René Saint-Paul)

 

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