La Rayuela de mi vida

No me dolerá reconocer que mi primer encuentro con La Maga fue aquel diciembre del 2004 en el Aeropuerto Internacional de la ciudad de Culiacán. Como es natural, no me dolerá recordar que esta mujer de rasgos delicados surgió para mí en las primeras páginas de Rayuela, mientras Horacio Oliveira la encontraba en uno de los puentes del Sena, tal vez al atardecer, con un agua de oliva y ceniza.

Por el contrario, hace falta saber que a pesar de los años, Rayuela sigue tan viva como la sangre que circula por las venas de cualquier organismo multicelular. Entrar a la aventura que es la novela del argentino afrancesado Julio Cortázar siempre ha sido un reto. Poesía e intelectualidad. Del amor-fuego al amor-banal.

Nosotros, mi generación quizá, tal vez yo y un par de compañeros, jugamos a inventar el Club de la Serpiente, los cafés literarios de Los Portales, en donde repentinamente surgían historias de nuestras andanzas por la ciudad. La mayoría de las veces, distorsionadas por nuestra ansia de comulgar con el mal.

La ciudad, entonces, en aquellos años iniciáticos de estudiante de Letras, se convirtió en el laboratorio literario de todas nuestras aspiraciones de escritores y poetas fracasados.

Ahí me tenían a mí, ilustrando la tristeza de La Maga que llora de noche por Rocamadour; los pasos por el Barrio Latino, la escritura que me hacía levitar como si de pronto mirar por la terraza del café era mirar al Mundo-Maga.

De la ensoñación del capítulo siete, ese recorrer intrépidas bocas y míopes cíclopes, a la calentura bajo la sombra de los olvidos negros que circundan la plaza.

Desde entonces, supe que Rayuela era una forma de vida. No un libro que una madrugada pierdes en el olvidado bar de la calle Escobedo, adentrándose a un húmedo y perfumado sótano donde todavía te espera Anabel y su tristeza diaria y diáfana como el recuerdo. No ese libro que un día se lo das a leer a la más fea prostituta de La Primavera, o el que sueñas robar en tus sueños diurnos.

Por eso la ciudad, en un momento de mi existencia, fue el París de mi propia Rayuela, los amores devastados que no sostenían puentes, el río tropical por donde tú y yo solíamos caminar, el parque que un desquiciado alcalde mandó construir en sus riveras, donde niños con globos correteaban y las parejas salían a pasear a sus perros.

Ahí estábamos, tú y yo, en el puesto de fritangas pidiendo una chimichanga pero prefiriendo los esquines con crema –yo mayonesa, ya sabes, aunque hagas un gesto de desabrida agonía.

Sin encontrar paraguas en medio de la lluvia, en las luces que flotaban en el Tamazula. Ese mundo había inventado yo, paralelo a la ficción de Cortázar.

Desde aquel diciembre de 2004 no paré de leer Rayuela. No paré de reinventarla en mi propia vida, porque como el mismo Cortázar decía, en su día de ochenta mundos, escribir es otra forma de vivir. Salud por ello.

Tratando de escribir un pequeño homenaje literario, redacté hace tiempo esta historia sobre Julio.

Las semanas sin Julio    

No he querido hablar con nadie de Julio estos días. Me deprime el paisaje grisáceo de la ciudad, las avenidas mortificadas por el tránsito y el esmog. Antes teníamos al río como el último reducto de la tranquilidad, como un remanso de verde-oscura alegría. Los reflectores nos lo han robado, el parque que mandaron a construir en sus riveras, un insulto para nuestra adhesión hacia la soledad.

A veces me da por pensar en Julio, en sus perras negras, como llamaba a las palabras, pero sin ti hablar de Julio es como hablar de un fantasma, de una persona que nunca ha existido. Inclusive, mi afición al tabaco viene de él, y al hilar esto una nube de humo hace surgir de nuevo el Sena, los esperados pasos sobre las aceras del Sain-German, el Barrio Latino.

No he querido pensar en ti estos días. De pronto en la madrugada me veo cercado por una marabunta de pesadillas. Todo empieza porque me duermo con el estómago vacío porque otra vez se me ha olvido hacer la alacena, llenar el refri.

También a veces me la paso pensando en la muerte. Y siento que hay momentos en que alguien sigue mis pasos, que algún inquieto vehículo me sigue al bajar del camión y al pasar por la calle Arboledas me interceptan y me suben.

Al día siguiente los titulares en los periódicos serían deliciosos. Pero ese mismo miedo a la muerte, es el que me hace más amar a la vida. Así como amé muchas cosas en Julio, en ti y en los árboles.

Al salir de la redacción del periódico en la tarde, me sorprende que el verano se haya ido entre un puño de adioses mal dichos, proferidos a la hora equivocada, en el momento equivocado. Como un artero crimen. Como el sujeto que llegó al banco a abrir una cuenta y se fue con un tiro en la cabeza porque al policía de la entrada se le ocurrió resistirse al asalto.

Las lluvias ya se fueron. Lo siento en los huesos que me amanecen llenos de frío. El agua de la regadera comienza a calar más. Me paseo por la sala después del baño y la sombra de Julio me sorprende en la esquina de la casa.

Ya son muchas semanas sin hablar con nadie de Julio, de sus travesuras y de sus gatos. Los mismos que alguna vez quisiste tener en tu casa. Ya no recuerdo cuál fue la suerte del último. Sigue creciendo tal vez en una granja olvidada, a kilómetros de tus cariños. A veces me da por pensar en el pequeño Leoncillo (así le pusimos en tu ausencia), y en sus hermanos perdidos. Y me da por creer que antes, en la eternidad, tuve una existencia de felino. De niño alguna vez fui pajarito y solía hacer vuelos alrededor del pueblo, ver las lejanas casas bajo mis alas, a las personas chiquitas, chiquitas, y mamá Licha me regañaba porque salía corriendo del patio a la calle con las manos estiradas, en busca de un viento que me elevara por los aires.

Pero nunca me dio por ser gato, aunque siempre hubo algo en ellos (esa mirada de tigre en miniatura) que me sorprendía. Tal vez por eso los asediaba con trampas. Por eso una vez uno me asestó una fuerte mordida que me aterró al creer que me convertiría en gato. Así nació el temor por los hombres lobos, las culebras y las abejas. Las transmutaciones llegaron a mi vida en medio de una devastación de sueños.

A veces sueño que Julio viene a buscarme. Primero me saluda con su manaza y me invita a subirme a una moto negra para ir en busca de la Maga. Dejamos atrás la ciudad y cuando las últimas luces se borran, me dice que emprenderá de nuevo sus sueños comunistas, sin darse cuenta que esa frase encierra una contradicción. Le hablo de ti y me pregunta “quién es esa pibe que te trae loco, che”. Y me acuerdo que Julio más que argentino, habla afrancesado. Me recomienda, mientras conduce la moto rumbo a la frontera, que hable contigo. “Y esa fémina, n´arretera-t-elle donc pas de secouer l´arbre à sanglots?”, me dice mientras le contesto que es injusto, que apenas se entristece, que no es de las que ven una película sentimental y sale del cine acomodándose las lágrimas.

“¿Pero no hemos vivido así todo el tiempo, lacerándonos dulcemente?”, inquiere mi amigo. Avanzamos por una carretera poblada de arbustos a los lados, pero bruscamente el sueño termina. Despierto a mitad de la madrugada y estoy en mi cuarto, con una sed que viene del estómago y se aprieta en la garganta. Son varias semanas sin Julio, recuerdo, y me vuelvo a la cama a fundirme con el silencio.

Pienso que nunca tocaré tu boca nuevamente ni jugaremos al cíclope, ahora que empiezo estas nuevas experiencias interplanetarias, y vendo al mejor postor mis mejores recuerdos. Ahora que vendrá el frío, la dulce estación de la fiebre que tienen tus labios, el rostro de ti mañana. Regreso de aquel verano, con mi maleta de mendicante.

Cuando Julio me habla de la Maga me dice: Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente. Así una vez, cuando nos encontramos a mitad de la función. Si tú ibas por un lado del puente, yo iba por el otro lado. Si entraba por casualidad al café de la Buelna, preferías visitar una exposición reciente de arte. No sabíamos que el mejor camino para llegar a ninguna parte, era ir por la vereda más angosta: ahí nos esperan tal vez los gatos, las palabras con que Julio me convenció de que te convenciera, su sonrisa de niño gigante.

 

Por Martín Durán

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